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Andrea Chénier: Profumo della rivoluzione

La Plata, 23/07/2006. Centro de las Artes Teatro Argentino, Sala Alberto Ginastera. Umberto Giordano: Andrea Chénier. Ópera en cuatro actos. Libreto de Luigi Illica. Eduardo Rodríguez Arguibel, dirección escénica. Daniel Feijóo, escenografía. Vestuario de producción del Teatro Colón. Eduardo Caldirola, adaptación de vestuario. Esteban Ivanec, iluminación. Gustavo López Manzitti (Andrea Chénier), Luis Gaeta (Carlo Gérad), María Pía Piscitelli (Maddalena di Coigny), Alejandra Malvino (la mulata Bersi), Vanesa Tomas (la condesa de Coigny), Lucila Ramos Mañé (Madelon), Alejandro Meerapfel (Roucher), Norberto Marcos (Fleville), Federico Sanguinetti (Fouquier Tinville), Oreste Chlopecki (Mathieu), Gabriel Centeno (el Incroyable), Daniel Zuppa (el Abate), Marcos Nicastro (Schmidt), Leonardo Palma (mayordomo), Mauricio Thibaud (Dumas). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director del Coro: Miguel Martínez. Dirección Musical: Mario Perusso.
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Los sucesos y el ambiente de la Revolución Francesa siguen siendo motivo de interés histórico y artístico para las audiencias del mundo. Quizás por ser una de las Revoluciones perdurables en la humanidad y porque su legado permanece firme en el imaginario colectivo.

Este trasfondo histórico con contornos teatrales no podía dejar de seducir a los operistas y así nacieron Charlotte Corday de Peter Benoit, Therèse de Jules Massenet, Il piccolo Marat de Pietro Mascagni, La Muerte de Danton de Gottfried von Einem, Maria Antonietta de Gargiullo, Danton and Robespiere de John Eaton, The Ghost of Versailles de John Corigliano y el drama íntimo Dialogo de Carmelitas de Francis Poulenc, entre otras.

No habiéndose concretado el proyecto sobre María Antonieta, en el cual trabajaron Giuseppe Giacosa, Luigi Illica y Giacomo Puccini entre 1904 y 1907, la gran ópera italiana sobre la Revolución es Andrea Chénier de Umberto Giordano.
Los condimentos de odio, violencia, guerra civil, resentimientos, lucha de clases, nobleza de intenciones, patriotas, arrepentimientos, delaciones y el infaltable romance, enmarcan la visión operística y romántica del poeta André Marie Chénier (que fue un personaje real, nacido en 1762 y guillotinado el 7 de thermidor del año II o sea el 25 de julio de 1794) y este entramado de personajes verdaderos con ficticios con la suma de acontecimientos históricos hacen una trama sin fisuras que convierte a la obra en un apasionante fresco de la Revolución Francesa, con la excepción de la posterior Diálogo de Carmelitas de Poulenc.

Entre otras licencias históricas nos encontramos con el inventado personaje de Carlo Gérad, que nunca Chénier podría haber estado en una provincia francesa en 1789 pues estaba en Inglaterra, ambientaciones y personajes que corresponden a la época del Directorio y no a la Convención (como los incroyables, las merveilleuses, el consejo de los quinientos, etc.), que Chénier es encarcelado junto con su amigo y colega Jean-Antoine Roucher y que por lo tanto no puede ir a visitarlo y sobornar a la guardia, que en Maddalena se funden una amante del poeta llamada Françoise Le Coulteux con una joven noble Aimée de Coigny, duquesa de Fleury (encarcelada junto a Chénier, pero salvada de la muerte). Pero aún así el buen trabajo de Luigi Illica produce un texto coherente y romántico con una gran pintura de ambiente en la que se puede verosímilmente encontrar el perfume de la Revolución.

La versión

La ambientación de época de Daniel Feijóo resultó pobre en los dos primeros actos y adecuada en los últimos. La escenografía del primer acto resultó poco elegante, sin la magnificencia requerida y con contrastes de los colores negros, dorados y blancos que ayudaron a crear un clima artificial y pobre. Tampoco resultó feliz el segundo acto donde no se podía entrever absolutamente nada de París. Sabemos que es un acto difícil donde tiene que estar el altar dedicado a Marat, la Terrasse des Feuillants (en los jardines de las Tullerías), el Café Hottot y el puente de Perronet (hoy de la Concorde), pero la ambientación no resultó la adecuada. Tanto el tercero como el cuarto actos fueron bien resueltos. Correcta la iluminación de Esteban Ivanec y bien elegido el vestuario de los archivos del Teatro Colón por Eduardo Caldirola.

Eduardo Rodríguez Arguibel en la dirección escénica efectuó un planteo tradicional, movió bien a las masas y marcó adecuadamente a los solistas. Hizo colocar siempre en algún lugar de la escenografía una guillotina y como pequeño guiño al espectador que se viera a Charlotte Corday en el segundo acto tratando apuñalar a la estatua de Marat.En el final optó por una especie de trasporte a otra dimensión de los protagonistas en su gran dúo y en respetar la indicación escénica de Illica que expresa: Gérard reaparece. Tiene en la mano la tarjeta escrita por Robespierre para no verlo, que dice: ‘Incluso Platón exilió a los poetas de su República’.

La concertación de Mario Perusso tuvo las dosis necesarias de lirismo, pasión, fuerza y dramatismo que la partitura demanda. Manejó siempre con corrección el balance entre el foso y la escena y logró un alto desempeño de la orquesta. El elenco vocal resultó solvente y homogéneo con tres protagonistas de parejo rendimiento y nivel.

Gustavo López Manzitti agregó un nuevo jalón a su más que interesante carrera con este ‘Andrea Chenier’. Actoralmente mucho más involucrado que en trabajos anteriores, su rendimiento vocal fue creciendo en intensidad a medida que se desarrollaba la función.

Su protagónico fue cantado con adecuada línea y homogeneidad, intensificando los tintes líricos pero sin descuidar los aspectos dramáticos. En el famoso ‘improvviso’ del primer acto se destacó por su fraseo y sutileza vocal, si bien es cierto que quizás era necesaria una voz de más cuerpo para este fragmento, esta carencia fue superada con creces por la calidad del canto. Heroico y romántico en el segundo acto fue realmente memorable su intenso ‘Sì, fu soldato’ del tercero y de calidad superior todo el cuarto. Una verdadera tarde de triunfo para el tenor argentino.

La soprano italiana María Pía Piscitelli creó una excelente ‘Maddalena di Coigny’ con gran presencia escénica y una depuradísima línea de canto. Conmovedora resultó su gran aria ‘la mamma morta’. Su voz tiene una calidez exquisita, su legato fue perfecto y logró alternar la frivolidad del primer acto, la ternura y romanticismo del segundo con la expresividad e intensidad dramática del tercero y cuarto.
Luis Gaeta fue, nuevamente, modelo de profesionalismo y calidad en su ‘Gérad’, logrando hacer creíble su personaje a la par de los otros dos protagonistas. Manejó estupendamente su resentimiento en el primer acto y su poderío en el segundo con el autoritarismo, arrepentimiento y nobleza del tercero.

Del numeroso elenco se distinguieron por su calidad vocal Alejandra Malvino (la mulata Bersi) y Lucila Ramos Mañé (Madelon) y por su irregularidad Daniel Zuppa (Abate) Gabriel Centeno (un Incroyable). Adecuados tanto Alejandro Meerapfel (Roucher) como el resto del elenco y con la solvencia y profesionalidad de siempre el Coro Estable que dirige Miguel Martínez

En suma: una muy buena versión de Andrea Chenier, a 110 años de su estreno mundial, que permite vislumbrar la plena recuperación del Teatro Argentino de La Plata.



Este artículo fue publicado el 28/07/2006

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