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Sutilezas y esplendores

Salta, 19/07/2012. Teatro Provincial. Orquesta Sinfónica de Salta. Director Titular Maestro Jorge W. Lhez. Claude Debussy, Preludio a la Siesta de un Fauno. Ottorino Respighi, Trittico Botticelliano. Sinfonía nº 4 op. 54 Alexander Scriabin, Poema del Extasis
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Dicen las notas del programa de mano que Camille Saint-Saens (1835-1921) escribió sobre la página de Debussy (1862-1918): “El Preludio a la Siesta de un Fauno tiene una bonita sonoridad, pero no se puede hallar en él la menor idea musical propiamente dicha. Se parece a una pieza musical, como la paleta de un pintor se parece a una pintura”. Lo curioso es que tenía razón aunque lejos de resultar finalmente un desprecio, como seguramente debe haber sido la intención, sirvió para reafirmar el carácter impresionista de la música del compositor francés. El solo de flauta inicial (perfecta Cecilia Ulloque), es uno de los pasajes musicales que abre las puertas del siglo XX con su carga de sensualidad y sutileza. Son diez minutos plenos de empastes, veladuras ya no pictóricas cuanto si musicales, difíciles de entender en la época en que fue estrenada, a fines del siglo XIX. Sus sinuosidades, es verdad, no contienen una definida linealidad, pero a cambio, envuelve al oyente en la exquisitez tímbrica.

Sandro Botticelli fue un notable pintor del siglo XV. Mucha de su obra está en Ca’Rezzonico del Setecento, a la orilla del gran canal veneciano. Pero mucha otra está diseminada por distintos museos del mundo. Uno de ellos es la Galería Uffizi en Florencia (Italia) que entre sus valiosos cuadros, tiene tres realmente maravillosos. La Primavera, La Adoración de los Magos y El Nacimiento de Venus componen un tríptico de gran belleza. En ellos se inspiró uno de los famosos compositores italianos del primer tercio del siglo XX. Respighi (1879-1936) da rienda suelta a su enorme poder de descripción para retratar musicalmente esas tres obras. Allí tiene especial relevancia el sonido de la trompa (también sobresaliente Elenko Tabakov) tan usual en este autor que si bien tiene páginas de mayor valía, no por ello deja de conmover con su descripción lánguida, fina y delicada. El maestro Lhez ya la había hecho años ha, pero la labor de esta noche fue mejor aún que en su estreno.

Finalmente la breve Sinfonía nº 4 subtitulada “El Poema del Extasis” del ruso Scriabin (1872-1915). Ustedes saben, porque lo dije alguna vez recogiendo expresiones del maestro Riccardo Muti, el concierto depende de la orquesta pero los ensayos, el trabajo previo, la preparación, depende exclusivamente del director. Lhez llevó a la orquesta donde él quiso y los músicos respondieron a la perfección. No hay otro modo de enfrentar este pentagrama de veintiún minutos donde impera la voluptuosidad y el timbre, la expresión suave, recatada, para llegar a la explosión sinfónica. Obra difícil, exigente, requiere la mayor concentración para poder concretar el fenomenal discurso sonoro. Tal vez peque de rimbombante en su pretendido desborde, pero brinda tanto placer escuchar la orquesta completa a todo vapor, que hasta uno no llega a darse cuenta cuando el autor trabaja el sonido por el sonido mismo.

El maestro Lhez entró por los ojos y los oídos del público. Dejó respirar la orquesta cuando hacía falta y apretó también cuando fue necesario. En un principio me pareció que el diseño del repertorio podría no haber sido tan aplanado en la primera parte, pero cuando finalizó el concierto entendí lo que él buscaba y era justamente el contraste entre la suavidad y la potencia, entre la mesura y el desborde. Me fui con la impresión de haber estado en una de sus grandes noches. El aplauso sostenido era de esperar.



Este artículo fue publicado el 24/07/2012

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Referencias:


Jorge Lhez