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Otoño en Munich (1): Dos intérpretes para el futuro

Múnich, 24/09/2009. Filarmonía (Gasteig). Intérpretes: Anna Vinnitskaya, piano. Orquesta Filarmónica de Múnich. Juraj Valcuha, director. Anton von Webern: En el viento del verano, idilio para gran orquesta. Sergei Rachmaninow: Concierto para piano y orquesta en Do menor opus 18. Piotr Illich Chaikovsky: Sinfonía nro. 1 opus 13 ‘Sueños de invierno’
imagen La Orquesta Filarmónica de Múnich ha inaugurado la temporada 2009-2010 con un concierto protagonizado por dos jóvenes intérpretes, la pianista rusa Anna Vinnitskaya y el director eslovaco Juraj Valcuha.

El poema sinfónico En el viento del verano (Im Sommerwind) muestra un aspecto muy poco conocido de la personalidad musical de Anton von Webern. En esta obra el compositor vienés aparece como autor de una pieza programática típicamente tardorromántica que, por otra parte, es la más extensa de todas cuantas forman su catálogo. Por momentos postwagneriano, con una orquestación y un lenguaje con reminiscencias de Humperdinck, en otros pasajes nada lejos de los poemas sinfónicos de Dvorak, sin renunciar a algunos leves toques impresionistas, el Webern de 1904, fecha de composición de la pieza, es un músico que domina los recursos expresivo-narrativos del género y que se encuentra estilísticamente situado en un punto equidistante entre Strauss y Janacek, pero que también, como se advierte en una escucha atenta, ensaya con grandes precauciones recursos que anuncian tímidamente su posterior trayectoria como uno de los grandes revolucionarios de la historia de la música en el siglo XX.

La dirección orquestal de Valcuha es escrupulosa. En los primeros compases el director deja a la música crecer y desplegarse, con esa admirativa solemnidad que caracteriza la evocación musical de la naturaleza en el sinfonismo centroeuropeo. Con gran esmero logra una diferencicación tímbrica transparente y un colorido rico, evitando sin embargo el brillo virtuosístico. Apoyándose quizás en la tradición programática checa, subraya fuertemente el carácter narrativo de la obra, equilibrándolo con convincente lirismo.

El moderato inicial del Concierto de Rachmaninov fue abordado por la orquesta con contundencia y enorme seridad. Valcuha buscó un colorido oscuro, un sonido a un tiempo dramático y sólido, no sin algún toque casi filosófico libre de sentimentalismo. Anna Vinnitskaya es, sin ninguna duda, una pianista excepcionalmente interesante. Gracias a un estupendo cantabile, que no abandonó en ningún momento, la austeridad de su interpretación no desembocó ni en ascetismo ni en sequedad. En el piano de Vinnitskaya no hay lugar para la percusión dura ni para el edulcoramiento. La joven pianista rusa logra un raro equilibrio entre contención, seriedad e introversión por una parte, y terso, casi belcantístico melodismo por otra. El fraseo, sereno y expresivo, tiene siempre los acentos justos. Quizás sería deseable un mayor volumen sonoro en algunos pasajes y una dinámica algo más matizada; pero en este juicio podemos equivocarnos, pues la acústica de la Filarmonía muniquesa es muy caprichosa y nada amistosa para con los intérpretes solistas, por lo que estos lunares podrían ser, simplemente, el resultado de una acústica distorsionada.

El adagio sostenuto fue más lo primero que lo segundo, pero el lirismo en sí mismo fue de algún modo viril, pese a alguna languidez ocasional. El legato de Vinnitskaya, que se muestra sobria en el uso del pedal, es excelente; sus notas surgen redondas y tersas, nunca débiles o blandas. La digitación es lo bastante enérgica y aun percusiva para mantener una línea melódica clara y sin desfallecimientos, pero está lo bastante arropada para sonar muelle y sin aristas. Notas y frases surgieron con nitidez, desgranadas una a una pero sin perder la continuidad. La pianista es también capaz de lograr un magnífico equilibrio entre ambas manos, consiguiendo con su muy dúctil izquierda matices de raro refinamiento. En el plano expresivo el adagio fue configurado con una melancolía meditativa muy interiorizada, seria, sin sombra de patetismo, a un tiempo oscura y leve, alejada de todo virtuosismo y libre de amaneramientos.

En el allegro scherzando se confirmaron las virtudes de la intérprete, acompañada por una orquesta estupenda, si obviamos algún exceso de volumen (pero también aquí puede ser que la acústica nos haya engañado). El piano atacó con vigor casi marcial, sin que por ello se perdieran el cantabile, el legato y la ternura. El tempo fue muy reposado, las frases bien pensadas y bien pronunciadas, la dicción muy limpia. Pero lo que más impresiona es la dignidad y la elegancia con las que los intérpretes supieron expresar los sentimientos contenidos en esta partitura de sobras conocida, en la que demostraron haber hallado terrenos aún poco explorados, todo un logro nada fácil de emular.

En el primer movimiento de la sinfonía Sueños de invierno, Juraj Valcuha subrayó el carácter poemático de la obra. Su lectura fue transparente, enérgica y vital, de fraseo amplio (que resultó especialmente brillante en la interpretación de las estupendas secciones de contrabajos y metales) y no falta de grandiosidad. Es interesante observar cóomo Valcuha sabe hallar en la partitura de Chaikovsky incluso rasgos humorísticos que la mayoría de las veces son pasados por alto. Ahora bien, lo que no consigue es captar la profunda melancolía que impregna toda la obra del gran compositor ruso; es una pena, pues la combinación de humor y melancolía nos habría acercado a un Chaikovsky mal conocido y que, desde luego, tiene una enorme afinidad con su gran modelo, el por el ruso veneradísimo Mozart.

En el ‘Adagio cantabile ma non tanto’ director y orquesta dan pruebas de extraordinaria precisión. Sin embargo, en este movimiento vuelve a sonar una dicha que de ningún modo concuerda con la indicación de carácter dada por el compositor: "país sombrío, país nebuloso", una acotación en la que Chaikovsky no se refiere en realidad al invierno como estación del año, sino que hace referencia a la situación política y social de la Rusia de su tiempo. El optimismo con el que Valcua aborda este segundo tiempo, y que apenas en algunos momentos rompeo insinuando un cierto misterio, se acerca peligrosamente a la superficialidad. En todo caso, los magníficos metales de la orquesta nos compensan de estas deficiencias.

En el tercer tiempo predominan una elegancia y una ligereza muy bellas, casi mendelssohnianas, aunadas a un colorido muy vivo, una acentuación muy marcada, un fraseo vivo y una rica dinámica. En los pasajes líricos Valcuha sabe mantener un pulso tenso y en algunos momentos obtiene de la orquesta un patetismo contenido y serio. En general predominan en lo expresivo arrojo juvenil y entusiasmo, pero con un cierto exceso que indica que en la expresión este director no ha llegado aún a la madurez que indiscutiblemente posee en el ámbito técnico.

El ‘Finale: andante lugubre, allegro maestoso’ es sin duda lo más logrado de esta versión. Aquí estamos ante una apoteosis en la que los inérpretes hallan el tono adecuado, a un tiempo lleno de inquietud y de solemnidad.

Este artículo fue publicado el 27/01/2010

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