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Juventud ante el desierto

Santiago de Compostela, 10/01/2012. Auditorio de Galicia. Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Diego García, dirección. Edgar Varèse: Déserts. Ludwig van Beethoven: Sinfonía Nº2 en re mayor. Ocupación: 40%
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Nuevo encuentro de la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia, y nueva demostración de la trascendencia a nivel formativo que el nacimiento de las orquestas profesionales gallegas ha supuesto a lo largo de las dos últimas décadas: revulsivo del cual la agrupación que hoy escuchábamos es, sin duda, el mejor exponente (al tiempo que esperanza para los no pocos lastres que atenazan a sus hermanas mayores, como veremos a lo largo de esta reseña).

A la joven orquesta coruñesa se unía el también joven director gallego Diego García, quizás la más prometedora de las batutas surgidas en nuestra comunidad autónoma en los últimos lustros, y sin duda el director que más música actual ha dirigido en los dos últimos años en Galicia (fundamentalmente desde su liderazgo del Taller Atlántico Contemporáneo).

Diego García proponía hoy a la Joven Orquesta de la Sinfónica de Galicia un programa especialmente atractivo en su primera parte, capitalizada por la mítica figura de Edgar Varèse (París, 1883 - Nueva York, 1965) a través de su revolucionaria Déserts (1950-54). La obra de Varèse, como tantas otras cruciales en la renovación de los lenguajes musicales en el siglo XX, ha sido sistemáticamente apartada de las programaciones de las orquestas profesionales gallegas; vacío éste que padecen no pocos creadores de los cuales el público gallego sólo puede tener conocimiento a través de las grabaciones discográficas, vía perfectamente digna pero que, en este tipo de partituras, no es más que un pálido reflejo de lo que supone la conformación del sonido en términos de espacio y timbre sobre el escenario. Déserts es, en este sentido, paradigmática, y su presencia gana muchísimos enteros con su audición en vivo, como esta noche pudimos comprobar a través de la muy notable interpretación dirigida por Diego García.

Al frente de la peculiar plantilla instrumental de Déserts (que comprende piano, cuatro maderas, diez metales y una amplísima batería de percusión), el director gallego ha optado por la versión antifonal de la partitura, con la intercalación de los tres bloques de ‘sonidos organizados’ (denominación vareseana para lo que otros coetáneos llamarían ‘música electrónica’ o ‘música concreta’) en las partes segunda, cuarta y sexta de la obra. A cargo de la cinta magnética ha estado uno de los responsables de la JOSG, el percusionista Alejandro Sanz, que proyectó las tres interpolaciones magnéticas a través de la requerida estereofonía, con dos altavoces emplazados a ambos lados del escenario, ligeramente inclinados hacia arriba, creando una sensación de enorme verticalidad: una presencia impactante quizás no tanto en el diálogo entre las dos fuentes emisoras, en la fluctuación entre ambas de sonidos organizados, como en las columnas acústicas que han erigido sus tres pasos a través de la transformación de sonidos de fábricas, del tratamiento de registros instrumentales, y de la síntesis final de ambos procesos. A día de hoy, sigo considerando como la edición más impactante de estas cintas la contenida en la grabación de Robert Craft para la CBS (reeditada por Wounded Bird Records WOU 1078). La audición compostelana ha dialogado perfectamente con la plantilla instrumental y ha adquirido una progresión ciertamente dramática, obscura y descarnada, plena de sentido a través de la espacialización y los rangos dinámicos: perfecto soundscape para la denuncia del horror que Varèse realiza en esta obra, de la desidia y aridez de los desiertos humanos.

Por lo que a los episodios instrumentales se refiere, la lectura de Diego García ha incidido en ese carácter descarnado de las cintas, enfocando su versión hacia lo más sombrío de la partitura, hacia su carácter histórico, poniendo de relieve su carga conceptual. Ello ha demandado un sonido de un exquisito equilibro técnico y precisión en voces, planos y registros, con las no pocas dificultades que la obra plantea para la audibilidad del conjunto y sus partes de forma tan plena como hoy ha sonado. Timbre y ritmo, dos elementos fundamentales en la estética vareseana, han resultado muy notables, con peso y definición. Es de agradecer, igualmente, la generosidad en el despliegue dinámico que Diego García ha impulsado, con crescendi furibundos y golpeos implacables para dar mayor sustancia a lo ‘programático’ (obsérvense las comillas) de la partitura, así como a las tensiones con las que Varèse estructura los intervalos y los bloques sonoros contrastantes: movimiento del sonido en masas a través del espacio que es verdadera esencia estilística de Déserts (de Edgar Varèse, en general, hasta en su producción pictórica contemporánea) plasmada en un contrapunto libérrimo y en el ensamblaje de intensas disonancias armónicas, acusando la subyugante comunión de rudeza y sofisticación que es seña de identidad en el francés.

Por tanto, agradabilísimo encuentro con la voz de un compositor verdaderamente genial, auténtica rara avis en nuestras programaciones orquestales. Afirmaba el propio Varèse, en sus aforismos de 1937, que "un artista no es jamás un precursor: él no hace más que reflejar su tiempo y grabarlo en la historia. No es él quien se adelanta a su tiempo, es el público en general quien está siempre retardándolo"... En nuestra actual escena interpretativa, soy de los que piensa que tal retraso es fundamentalmente debido a la reaccionaria labor de directores, gestores y programadores. Esperemos que estos jóvenes no sólo vayan descubriéndonos progresivamente otros repertorios más actuales y ambiciosos en su confrontación con los límites del sonido como arte, sino que mantengan este compromiso cuando les llegue el turno de liderar esos proyectos orquestales que parecen empantanados en lo más repetitivo y trillado de la tradición. La recepción de Déserts por parte del público compostelano -con una media de edad muy inferior a la habitual- me confirma estas sospechas: con proliferación de aplausos, no pocos ‘bravos’, y ni un solo silbido o reproche. Tome nota de ello quien le corresponda.

© 2012 by Luis Soto

Señalando un agudo contraste -en todo caso con un compositor que también hizo del inconformismo y de la búsqueda su credo musical-, la segunda parte del concierto se centró en la Sinfonía Nº2 en re mayor (1800-02) del siempre genial Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 - Viena, 1827). No ha resultado tan halagüeña la lectura beethoveniana como la vareseana (ni tan motivadora, por lo manido de esta partitura). Diego García ha buscado un Beethoven moderno, incorporando a su versión de este opus 36 algunos criterios de lo que el historicismo ha ido aportando a la interpretación de estas sinfonías en las últimas décadas, en cuanto a articulación sonora. Sin embargo, quizás ni los instrumentos de la orquesta ni el carácter de la misma sean los más idóneos para obtener de este planteamiento todo su potencial, a pesar de la flexible y entusiasta dirección del gallego. Faltó algo de garra y acentuación, de carácter y color; y aunque el pulso rítmico fue sólido y la construcción sinfónica de un elegante clasicismo en pleno cenit, se echa en falta un punto de convicción y arrojo final para cuajar una interpretación tan sólida como la escuchada en Déserts. El refinamiento y la sutilidad de esta partitura pedirían algo más en las maderas (uno de los pasos al frente sustantivos con respecto al clasicismo mozartiano), así como en el complejo equilibrio de totalidad y heterogeneidad del intrincado rondo del ‘Allegro molto’ conclusivo (verdadera filigrana tan compleja de tejer como unidad en la proliferación de sus distintas voces hacia su exuberante y afirmativa rúbrica).

Así pues, y visto lo que este conjunto de jóvenes puede dar de sí a nada que se apueste por la altura de miras a la hora de programar y por la excelencia a la hora de interpretar, resulta dramático que justo en el momento en que las generaciones musicalmente más formadas de nuestra historia llegan a su primera madurez -con manifiesta capacidad de liderazgo en el caso de Diego García-, éstas se encuentren con el desolador panorama económico que atenaza los más sustantivos proyectos musicales de nuestra comunidad autónoma (especialmente en el ámbito de la música actual). Hace escasos días, un también joven y sobresaliente compositor gallego me vaticinaba que quizás el 2012 sea el año de la muerte de la cultura en Galicia, tal y como se perfila el horizonte desde los despachos gubernamentales. Esperemos que sus augurios no se cumplan; en buena medida, ello dependerá no sólo de la pujanza de estas nuevas generaciones, sino de su compromiso -como hoy han demostrado- con una música artísticamente significativa y renovadora de nuestros apolillados auditorios. El futuro de esta juventud enfrentada a los más áridos desiertos musicales dependerá, igualmente, de la inaudita concentración de poder recientemente decretada por nuestros gobiernos estatal y autonómico, amalgamando educación y cultura en una fusión no exenta de sombras y dudas (especialmente conociendo en qué manos recae tal poder). Si tal cúmulo de recursos no es capaz de fomentar que se prodiguen rutas como las esta noche vivenciadas, asistiremos a una desertización de difícil reverdecimiento, precisamente cuando en la música gallega comenzaban a germinar ciertos brotes para la esperanza.



Este artículo fue publicado el 17/01/2012

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Referencias:


Diego García