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Un tal Klinghoffer ...

Londres, 25/02/2012. Teatro Coliseum. La muerte de Klinghoffer, ópera en dos actos y un prólogo con texto de Alice Goodman y música de John Adams. Nueva puesta en escena con el apoyo financiero de la Andrew W. Mellon Foundation, el English National Opera Trust y el Aaron Copland Fund for Music. Regie de Tom Morris con escenografía de Tom Pye. Vestuarios de Laura Hopkins, iluminación de Jean Kalman, y coreografía de Arthur Pita. Reparto: Klinghoffer: Alan Opie; Capitán: Christopher Magiera; Marilyn Klinghoffer:Michaela Martens; Molqi: Edwin Vega; Rambo: Sidney Outlaw; Mamoud: Richard Burkhard; Mujer austríaca: Kathryn Harries; Primer oficial: James Cleverton; Abuela suiza: Lucy Schaufer; Mujer palestina: Clare Presland. Bailarina británica: Kate Miller-Heidke. Orquesta y coro de la English National Opera (ENO). Dirección orquestal de Baldur Brönnimann
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La noche de la primera puesta londinense de La muerte de Klinghoffer, un apacible anciano nos esperaba a la entrada del teatro con una pancarta: “Minusválido asesinado por terroristas. Asesinado por ser judío. Disfruten de su velada en la ENO.” Y una de las hijas de Klinghoffer volvió a denunciar la obra en la BBC como un intento de humanizar el terrorismo, porque ¿cómo es posible siquiera concebir que los asesinos de su padre hayan tenido los rasgos de humanidad que insinúa la obra? Como reafirmando esta aprehensión, el poético coro inicial de los exilados que abre esta, la más bella ópera de John Adams, evocó los horrores del desplazamiento de los palestinos, mientras paneles de fondo proyectaban ese desierto donde la lucha por el agua y la vivienda se hace cada vez mas acuciante. Cuando nada se proyecta sobre ellos, los paneles exhiben su verdadera factura: son bloques de concreto gris, iguales a los del muro construido por el gobierno israelí. Mientras cantan el coro siguiente, el de los exilados judíos, los palestinos se quitan sus velos y túnicas para vestir más a la occidental, como sus archienemigos. Palestinos y judíos no se acusan mutuamente, sino que simplemente cantan lo único real, cierto e indiscutible: su sufrimiento.

La alternativa a la nada del desierto es la nada de un mar plomizo, gris y vivo en movimiento, proyectado sobre el ciclorama de fondo en los momentos decisivos de este docudrama operístico que esta nueva producción explica proyectando textos que informan cronológicamente sobre lo ocurrido en el Achille Lauro a partir de su secuestro por cuatro terroristas palestinos en octubre de 1985. Lo ocurrido es algo que ha venido ocupando mi vida profesional desde mi ingreso meses antes del secuestro a la Organización Marítima Internacional, una agencia de Naciones Unidas en Londres. Imposible olvidar la tensión de seguir el tema hora por hora analizando las implicaciones jurídicas del caso y las limitadas posibilidades de acción frente a un buque errando en alta mar entre Egipto y Siria.

Del asesinato de Klinghoffer recuerdo el horror de saber que el cadáver había sido arrojado sobre la borda con silla de ruedas y todo, como disponiendo de un residuo inútil. No hubo testigos del hecho porque la víctima, imposibilitada de abandonar su silla, no pudo seguir a su esposa y otros rehenes obligados a subir por una estrecha escalera a una plataforma superior con el objeto de prevenir el aterrizaje allí de helicópteros de cualquier comando especial que pudiera ser enviado al rescate. De cualquier manera, los diarios del capitán del Achille Lauro sindican a Molqui, uno de los terroristas, trayéndole el pasaporte de la víctima con sus zapatillas sangrientas, y comentando: “American caput!”

© 2012 by Richard Hubert Smith

En su mejor momento dramático, la ópera recopila lo último que se vio de Klinghoffer, cuando Molqui impulsó la silla de ruedas hacia el poniente, hasta que ambos, víctima y victimario, desaparecieron de la vista de la tripulación. Sobra, creo, la siguiente escena en que vemos a Molqui disparar sobre Klinghoffer y, con mi cercanía al caso, me molestó algo que Adams muestre a Klinghoffer provocando a Molqui con reproches sobre el sinsentido de la violencia terrorista. Mi impresión, la que quiero seguir teniendo, es de un inocente asesinado sin el menor motivo, ni la menor provocación. Pero ópera es ficción, y Adams y Goodman elevan a Klinghoffer a una altura de convincente valentía. Todos hacemos nuestras las palabras de este héroe operístico, que en esta producción hasta llega a levantarse de su silla, como recuperando su andar con la fuerza de la verdad que está proclamando. Alan Opie actúa y canta espléndidamente este protagonista de breve pero contundente aparición. Mas inquietantes y centrales en la polémica sobre la obra son los diálogos -documentados también en los diarios del capitán- entre éste y Mamoud, el terrorista de 17 años que tres años antes de embarcarse en el Achille Lauro, limpió la cabeza de su hermano decapitado luego de las masacres de Sabra y Chatila.

¿Es posible comparar obras tan distintas como La muerte de Klinghoffer, Nixon en China y Dr. Atómico? ¿O tiene sentido esta comparación? Creo que sólo se puede responder con opiniones personales. Nixon en China es casi un estilo musical diferente en su repetitivo post-minimalismo y su brillante, agresivo e irónico cromatismo. Dr. Atómico es en mi opinión la más floja, ya que trata de seguir el estilo de La muerte de Klinghoffer como ópera oratorio de apelación musical y política, pero naufraga en una retórica discursiva parecida más a unas jornadas académicas antinucleares que a una ópera. En Klinghoffer en cambio las armonías mas complejas y mejor apoyadas en desarrollos melódicos pasan un mensaje sin retórica de libro y de más credibilidad dramática; y la atmósfera general es de un poder evocativo de fuerza similar al de Billy Budd. El monólogo final de Marilyn Klinghoffer es emotivamente arrollador como expresión de un dolor casi pucciniano.

Comprendo las reservas de las hijas, pero,¡qué paradoja es el destino que luego de precipitarlas en una tragedia incomprensible, les impide apreciar una creación capaz de elevar nada menos que a su padre y su madre a las alturas de un mito representativo precisamente de la sinrazón del terrorismo! “Solo el sufrimiento es cierto” canta la mujer que se embarcó en un crucero para aliviar con sol y descanso la invalidez de su marido y el cáncer que la llevaría a la muerte cuatro meses después del asesinato.

Una espectadora operística normalmente atenta me confesó haberse dormido al final del monólogo, porque … ¡sí!, es demasiado largo, necesita de nueve minutos para decir lo que Puccini o Verdi hubieran podido decir en minuto y medio. El género operístico alcanza su mayor efectividad cuando condensa pero, ¿qué le vamos a hacer? Nos guste o no, Adams es irritantemente discursivo y difícil de tensionar a lo largo de su rapsódica narrativa. Fue una dificultad que Baldur Brönnimann al frente de la excelente orquesta de la ENO supo sortear con genial incisividad de expresión y expansivo dinamismo orquestal. Magistral también en proyección de canto, piedad y enojo fue la Marilyn Klinghoffer de Michaela Martens y, en un reparto de nivel antológico, sobresalió también la presencia y la impostación vocal de Christopher Magiera (Capitán) junto a un Mamoud que Richard Burkhard cantó con agresiva y convincente articulación.

© 2012 by Richard Hubert Smith


Esencial en esta puesta es el recurso de presentar a la acción como una reunión de sobrevivientes decididos a contar ante el público sus recuerdos. Este recurso no hace sino actualizar al nivel de psicodrama el conflicto judeo-palestino, y la producción termina siendo más provocativa que la obra misma al proyectar alusiones que van desde el levantamiento del Ghetto de Varsovia hasta la reclamación de Belén por la Autoridad Nacional Palestina, pasando “1948”, “1967”, “1973” y las masacres de Sabra y Chatila. El regisseur ha decidido pues tomar el toro por las astas al politizar al extremo esta ópera tan malograda en su progreso a la escena operística por acusaciones de antisemitismo o de connivencia con el terrorismo.

No está demás recordar que la ópera fue comisionada por La Monnaie, Glyndebourne, las óperas de San Francisco, Lyon, Los Angeles, y la Academia de Musica de Brooklyn, pero todavía no ha subido a escena en Glyndebourne o Los Angeles. Esta primera versión escénica londinense es coproducida con el Metropolitan de Nueva York. ¿Volverá el inefable Richard Taruskin a vilificar la obra en su diario cautivo, el New York Times, si el Met finalmente se atreve a presentarla? Tal vez Manhattan haya madurado como lo ha hecho Londres para hacer ello posible sin victimizar a Adams y a la perceptiva y valiente Alice Goodman. En pro de esta maduración de criterio, vayan las siguientes reflexiones.

Que la obra no es antisemita porque no incita al odio al pueblo judío acaba de repetirlo Norman Lebrecht. A lo cual me permito agregar que no es antisemita porque tampoco incita a odiar a los palestinos. Ninguno de estos dos pueblos abrahamicos son juzgados o criticados, sino simplemente mostrados en sus aspiraciones y desencuentros.

La condena de la obra por parte de las hijas de Klinghoffer es comprensible si se tiene en cuenta la irrupción publicitaria en la privacidad de su dolor, apenas seis años después de una tragedia que hubieran preferido no tener que sufrir, aún cuando culminara con una ópera interesante y capaz de duchar de publicidad a sus autores. Confieso que a mí mismo me incomodó el enfrentarme con Klinghoffer y su esposa cantando ópera mientras los sigo mencionando cada vez que hablo sobre el Achille Lauro. Klinghoffer y su calvario están todavía demasiado cerca de la realidad para verlos interpretados en teatro sin una sensación de incomodidad. Al ver a Michaela Martens haciéndo plañir a Marilyn Klinghoffer, no pude menos que comparar este artificial histrionismo de tablas con la inolvidable foto de la verdadera Marilyn, una mujer de robusta elegancia saliendo del Achille Lauro en estado de visible confusión y dolor, y escoltada por otros pasajeros. Puedo imaginarme lo que sentirán sus hijas, frente a esta musicalización para deleite público de lo que para ellas es privado e inmusicable. Quien lleva a escena acontecimientos catastróficos contemporáneos no bien ocurridos estos, provoca y encuentra lo que busca en las respuestas a esta provocación.

Pero el arte teatral es frecuentemente provocativo en el logro de sus fines y con La muerte de Klinghoffer John Adams ha llevado al sedado mundo de la ópera polémicas y reacciones archiconocidas en el mundo del teatro.

Durante la representación recordé mi estupor cuando la Asamblea General de Naciones Unidas sólo consiguió votar una condena por el incidente del Achille Lauro y el terrorismo a cambio de incluir en la misma resolución una referencia a la causa palestina. ¿No desmerecía a esta misma causa el tratar de asociarla como explicación, aún remota, de un asesinato sin sentido alguno? Pero las Naciones Unidas son muy mal teatro, y la obra de Adams es teatro de primera en esta poética y terrible exposición de psiques y mitos capaces de entronizarnos con lo más sombrío de nuestra condición humana.

El público aplaudió con ganas el estreno londinense de la ópera y también recibió a Adams sobre el proscenio con un cerrado aplauso. Por mi parte, al día siguiente del estreno volví a ocuparme de Klinghoffer al preparar mi enésima charla sobre terrorismo en el mar. No sé nada de la vida de esta, una de las tantas víctimas que ilustran las disertaciones jurídicas con alusiones típicamente desapasionadas y tersas. “Pero finalmente lo he visto, en su silla de ruedas, y ennoblecido por la ópera, mi forma favorita de comprender la vida” pensé, antes de contar, una vez más, lo ocurrido en aquellos fatídicos días de octubre de 1985.



Este artículo fue publicado el 16/03/2012

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Comentarios:


Albornoz 16/03/2012 20:54:25
Me sumo a los parabienes. Una crítica como dios manda, ponderada, equilibrada, informativa, sentida. Un lujo, vaya.

JCarrillo 16/03/2012 17:59:12
Enhorabuena, Agustín. Es una de las mejores críticas publicadas en MC desde que conozco la revista. Se ve a la legua lo vívido de tus recuerdos y tu implicación en el tema. ¡Bravo!

Hugo Alvarez 16/03/2012 1:21:58
Fantástica crítica Agustín. Completa, valiente y muy acertada. Muy interesantes todos los aspectos extramusicales; de los musicales no opino porque no he visto la función. Un saludo.

lectriz 16/03/2012 0:09:52
Bravo.


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