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Tres formas de entender el arte del canto

Bruselas, 21/05/2008. Palais des Beaux Arts. Pruebas finales del concurso Reina Elisabeth (canto). Primera prueba, 21 de mayo de 2008. Finalistas: Lim Changham (barítono, Corea); Elizabeth Bailey (Gran Bretaña, soprano), Szabolcs Brickner (Hungría, tenor). Orquesta Sinfónica de la Monnaie. Director: Kazushi Ono
imagen Como veo que en la prensa local se toma más o menos abiertamente partido por algunos candidatos (y en los comentarios televisivos y radiales lo mismo, para no hablar del blog que existe en la radio clásica francófona), no veo por qué debería yo guardar silencio hasta el final.

Hoy, ante una sala repleta, ante la reina Fabiola que patrocina el concurso que lleva el nombre de una gran reina, y ante un jurado impresionante por la cantidad y calidad (recordaré con gratitud a quienes de entre ellos me han hecho pasar grandes momentos y dejado enseñanzas imborrables en algún caso: Joan Sutherland, José Van Dam, Lella Cuberli, Anna Tomowa-Sintow, Tom Krause, por ejemplo) se presentaron no sólo tres de los doce finalistas (empezaron setenta, pasaron la primera selección veinticuatro, y ahora estamos en doce durante cuatro noches), sino tres formas de entender el arte del canto. Por cierto, la supresión de la prueba de canto barroco aligeró mucho los tiempos aunque el precio es que salvo algún Purcell y Haendel, lo más ‘antiguo’ sean Haydn y Mozart y no siempre.

La orquesta de La Monnaie se lució, tal vez demasiado. La sala privilegia el sonido instrumental y Ono ama la intensidad, con lo que puso en figurillas a algunos de los cantantes. Por otra parte, se comprobó que Verdi y los italianos no son su fuerte en interpretación, y que en cambio tiene especial afinidad con Mahler y Britten o los rusos.

El barítono Lim Changham, alumno de Bacquier y Michèle Command, demostró que saber francés, tener una voz importante y conocer las reglas básicas del canto no libran de zozobras aun en el repertorio de su elección, el del siglo XIX. Un Ravel (de las Canciones de Don Quijote a Dulcinea) cantado como aria de ópera demostró que además de conocer y articular bien la lengua (ay, esas ‘r ‘francesas) hay que frasear con intención y en forma distinta. Todo aquí se pareció bastante: el ‘Posa’ de Verdi, el ‘Tell’ de Rossini, el ‘Valentin’ de Gounod, el ‘Hérode’de Massenet, y la susodicha canción. No son tan parecidos, y aunque hubo algún desencuentro con la orquesta y, sobre todo, dos accidentes (al final de ‘O Carlo, ascolta’ y de ‘Vision fugitive’), eso no sería lo determinante sino que sólo el centro parece redondo y seguro: el agudo pierde color y firmeza y se crece, y el grave, con ser bueno, a veces no es suficiente; por otra parte, el fiato lo pone en evidentes apuros (escuchar la columna de aire no es grato).

La soprano Elizabeth Bailey es en realidad una ejecutante. No sé si eximia…Poco se entiende de lo que canta y sobre todo en su lengua original. Glitter and be gay de Bernstein fue una construcción artificial constante, un poco deslucida por la orquesta, aunque hizo delirar al público con una interpretación démodé que tal vez en 1950 hubieran hecho en el cine las Jane Powell o Kathryn Grayson -con mucho más efecto- Aquí, poco ‘glitter’ y un ‘be gay’ mustio. Le encantan las variaciones, no siempre de buen gusto, y convirtió a O luce di quest’anima de Donizetti en una serie interminable de sobreagudos y picchettati al tiempo que la bailaba en forma de vals de salón. Lo mejor -recitativo aparte- fue O quante volte de Bellini, pero allí demostró que tiene un timbre sordo, sólo brillante en el agudo (aunque pasa pronto al sonido metálico en el extremo). Pero nada fue comparable al más aburrido y antiestilístico Et incarnatus est de Mozart, que no es para una coloratura por el timbre, por las exigencias en centro y grave; el agudo sonó áspero y desplazado más de una vez (aquí también intentó algún adorno, pero curiosamente desperdició todas las oportunidades de ejecutar un trino decente), por no hablar de momentos de vacilación rítmica. El público la ovacionó.

Brickner también tuvo sus grandes aplausos, pero entiende la música vocal como un arte completo y lo que se había más que entrevisto en la semifinal se confirmó, y más, aquí. No hay muchos -y menos tenores- que se atrevan a presentar en una competición una de las Illuminations de Britten, dos de los Rückertlieder de Mahler (con orquesta dirigida por Ono, y no de los más fáciles, en particular el muy interior ‘Um Mitternacht’), Ah la paterna mano de Verdi, y Ô, paradis de Meyerbeer, para terminar con la gran aria -pero poco ‘efectiva’ en su final- de Lenski de Chaicovsqui. El cantante se mostró seguro incluso en un momento a voz sola, exhibió un timbre homogéneo con un buen grave para un tenor lírico y un agudo fácil (que no suele mantener más de lo debido), una expresividad de ojos y manos impresionante (que seguramente más adelante controlará algo más, y si no, pues mejor para él, que seguirá siendo joven siempre). Su dicción y articulación fue clarísima y utilizada siempre con efecto expresivo. Maldije no saber más ruso, pero lo casi nada me alcanzó para valorar su primer ‘Olga’ y sus dos ‘drug’. Nunca escuché el aria de forma tan acabada en vivo, salvo en un concierto en La Monnaie, por quien hoy es -¿casualmente?- su maestro: el inmenso Nicolai Gedda.


Este artículo fue publicado el 23/05/2008

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La semifinal del concurso Reina Elisabeth, en su modalidad de canto, se celebra en Bruselas del 21 al 24 de mayo.

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