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La peligrosa popularidad

París, 15/11/2009. Opéra Bastille. La Bohème (Teatro Regio, Turín, 1 de febrero de 1896), libreto de L. Illica y G. Giacosa y música de G. Puccini sobre la obra de H. Mürguer. Puesta en escena: Jonathan Miller. Escenografía: Dante Ferretti. Vestuario: Gabriella Pescucci. Intérpretes: Tamar Iveri (Mimí), Stefano Secco (Rodolfo), Natalie Dessay (Musetta), Dalibor Jenis (Marcello), Giovanni Battista Parodi (Colline), David Bizic (Schaunard), Rémy Corazza (Alcindoro) y otros. Coro (preparado por Alessandro De Stefano) y Orquesta de la Opera Nacional de París. Dirección: Daniel Oren
imagen Salía un señor con aspecto de ejecutivo importante detrás de mí diciendo ‘pese a mi forma de ser, se me han escapado las lágrimas y no me da vergüenza decirlo’. Juicio que resume el efecto que la ópera más célebre y más representada de Puccini sigue haciendo, base de su popularidad en buena ley (puede no ser la mejor de las óperas, pero con el público funciona siempre). El problema es que por eso se la programa a diestro y siniestro e incluso los teatros mejor colocados y más deseados se ven en la obligación de reponerla con gran frecuencia y cada vez con más riesgos de no poder presentar una distribución de importancia acorde con los méritos y la gran tradición. De golpe ocurre que se decide que una obra es fácil y casi cualquiera puede cantarla. Hasta ha pasado con La flauta mágica que hasta hace veinte o veinticinco años se programaba con muchísimo cuidado (al menos fuera de las casas de lengua alemana). El resultado es, también, que algunos tratamos de verla lo menos posible porque tenemos algo colmada la capacidad de escucha y de visión. Probablemente también injusto, pero es así; de éxito también se puede morir.

El teatro estaba por supuesto repleto y la serie de funciones (con dos elencos alternativos, al menos para tres de los papeles principales) es impresionante. Si esta vez me decidí (aprovechando además que veía otros espectáculos), fue porque era el debut de Dessay en Musetta. Se trata de una cantante completa, que admiro mucho aunque últimamente no estoy de acuerdo con algunos de sus roles, de sus afirmaciones y, más difícil para mí de aceptar, con su manera de cantar. Le había escuchado una gran versión del célebre ‘vals’ en un concierto en esta ciudad y otra menos interesante en otro en Bruselas. Si en el último acto salió a relucir la mejor Dessay, incluso cuando no cantaba, en el tercero casi no se la escuchó en el cuarteto, y es claro que la orquesta de Puccini -la dirija quien la dirija- no es la que mejor se acomoda a sus características vocales (desapareció salvo algún agudo en el gran concertante del final del segundo acto). Pero si el agudo se mantiene bien (sin la extensión de antaño y con algún ataque brusco) el resto de la voz está más mate, menos incisivo, y si ha ganado en volumen (no suficiente para Puccini) ha perdido en calidad. La intérprete también presentó una imagen (repito, no en el último acto) casi estereotipada, demasiado histérica, con todos los ‘tics’ que empiezan a ser habituales en sus interpretaciones ‘cómicas’ o ‘ligeras’, pero cuánta agua ha corrido, y no para bien, desde sus Olympias, primeras Zerbinettas y, muy especialmente, su Morgan en la Alcina de Haendel. Sorprendió, además, que una maestra de la intención en el fraseo no haya sabido acertar con ‘pittore da bottega!’ al final del tercer acto, aunque el ‘rospo!’ final salió mejor.



© 2009 by Opéra National de Paris

Por lo demás, se trató de una versión muy digna, loable, simpática, donde nada ni nadie fue genial, pero todo estuvo bien o bastante bien. La vieja producción de Miller sigue funcionando y su actualización a la década del treinta del pasado siglo también, a excepción del contrasentido del inicio del tercer acto con esos extraños aduaneros en la ‘barrière’ (que se alivian en el vespasiano de turno) o esa ‘buona donna’ que, claro está, es una prostituta, y por lo que se ve pareja o algo así del propietario del hotel cuya fachada pinta ‘Marcello’. Los artistas, y en particular el coro, conocen la producción, se mueven bien y con naturalidad (algunos más que otros) y el resultado es en conjunto bueno o aceptable. Como lo es la dirección de Oren que no cesa de hacer gestos enfáticos o de canturrear algunos momentos, pero conoce la obra y el estilo aunque algunos decibeles menos y mayor matización serían probablemente bienvenidos y seguramente mejores para comprender la paleta de Puccini.

Del resto de cantantes, Iveri hizo lo que para mí ha sido hasta ahora su mejor trabajo, aunque sigo considerando que el timbre es demasiado oscuro y sin suficiente squillo para los roles que interpreta y en este sentido su Mimì no es una excepción, pero es la que mejor se adapta a sus cualidades de canto e interpretación. De las dos arias célebres, la mejor fue el ‘addio’ del tercer acto.

Secco ha mejorado mucho, pero los agudos de ‘Rodolfo’ se le resisten un poco y sólo los vence -y se nota el esfuerzo- apelando a todas sus fuerzas y ‘abriendo’ más de una vez el sonido. Para mi sorpresa, Jenis hizo un Marcello todo voz y todo fuerte, lo que no suele ser su costumbre, ya que, por otra parte, no posee los medios para impresionar sólo con eso (digamos que no es un Bastianini, y aunque tampoco sea un Amato o un De Luca, le convendría más seguir el ejemplo de estos últimos). Parodi hizo un buen Colline y dentro de sus últimas actuaciones es la que más me ha convencido, sobre todo vocalmente, aunque su ‘Vecchia zimarra’ no pasará a la historia. Bizic, una vez acostumbrados a un timbre ingrato y opaco, hizo un muy correcto Schaunard. Los comprimarios estuvieron bien, empezando por el Benoît de Matteo Peirone. Pero me gustaría cerrar la reseña con el nombre de Rémy Corazza en Alcindoro, otro de los nombres de antaño de la escuela francesa, convertido hoy en excelente característico.


Este artículo fue publicado el 26/11/2009

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