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Violencia engendra violencia

Salzburgo, 23/08/2010. Grosses Festpielhaus. Richard Strauss: Elektra, ópera en un acto sobre texto de Hugo von Hofmannsthal a partir de la tragedia de Sófocles. Dirección de escena: Nikolaus Lehnhoff. Escenografía: Daniel Dooner. Vestuario: Andrea Schmidt-Futterer. Iluminación: Duane Schuler. Elenco: Waltraud Meier (Klytäamnestra), Iréne Theorin (Elektra), Eva-Maria Westbroek (Chrysothemis), Robert Gambill (Aegishth), René Pape (Orest). Orquesta Filarmónica de Viena. Coro del Konzertvereinigug de la Ópera de Viena. Director de orquesta: Daniele Gatti. Festival de Salzburgo 2010. Aforo: 100%
imagen Música, tragedia y psicología se dan la mano en la versión de Elektra creada a inicios del siglo pasado por Richard Strauss y Hugo Hofmannsthal. La única acción dramática en sentido estricto (el doble asesinato de Clitemnestra y Egistos) concluye la obra. Antes de eso, la tensión se va creando mediante la contraposición y sucesión de diferentes estados de espíritu, encarnados por el fantasmal trío femenino formado por Clitemnestra y sus dos hijas, Elektra y Crisótemis. La acción llega de la mano del único personaje masculino de la obra, Orestes, hijo igualmente de Clitemnestra y su primer marido, Agamenón. El trío femenino espera su venida, aunque con sentimientos contrarios: Clitemnestra está apavorada, mientras que sobre todo Elektra la desea con ansia. Ambas saben que su regreso será el fin, esto es, traerá consigo la muerte de Clitemnestra y también la de Elektra, quien, consumada su sed de venganza, deja de tener motivos para existir.

La muerte en esta obra, sin embargo, no conlleva un desenlace catártico. Como acertadamente subraya Nikolaus Lehnhoff en la puesta en escena, es apenas un episodio del ciclo de violencia que domina la ¿vida? en el que fuera el palacio de Agamenón: la violencia engendra violencia. Al final, después del doble asesinato y en el momento de su celebración, surgen del suelo del escenario unas amenazadoras sombras: son las furias (invocadas por Clitemnestra en la Orestiada) que atormentarán la conciencia de Orestes en el futuro.

La desnuda e inhóspita escenografía deja en evidencia que la tragedia psicológica que nos proponen Strauss y Hofmannsthal es el centro del montaje. Vemos en todo momento un patio gris, medio en ruinas y rodeado por altos muros inclinados con estrechas ventanas y que se presenta en una perspectiva torcida cuyo efecto es el de elevar a los personajes ante la vista, pero también el de presentarlos en un ambiente amenazante y opresivo. Lo cierto es que la magnífica iluminación y el sobrio y efectivo vestuario (con la excepción del vestido más bien horroroso que lleva Elektra) contribuyen a subrayar la esencialidad psicológica de la tragedia. Al final, el fondo del escenario se abre y lo que vemos es la “imagen-choque” del cadáver de Clitemnestra colgada por los pies, la única pieza expuesta en un matadero cubierto de sangre.



Pape y Meier
© 1010 by Hermann und Clärchen Baus. Festival de Salzburgo 2010

Esta ópera, especialmente cuando se presenta en un montaje tan despojado, requiere cantantes que sean también excelentes actores. No en vano, la primera inspiración de Strauss nació como consecuencia de asistir, en Berlín, a una representación de la obra de Hofmannsthal interpretada por la electrizante Gertrud Eysoldt. Pues bien, en el reparto Salzburgo estaban, felizmente, Waltraud Meier y René Pape, cuya presencia en el escenario es absolutamente impresionante. La primera presenta un personaje hiper-feminizado, una Clitemnestra insegura y deseosa de hacer las paces con su hija. El Orestes de Pape es altivo e imponente. El eficaz Egisto de Gambill, caracterizado como un tonto fútil, alcanzó el mismo éxito en su corta aparición. Sin embargo, las dificultades que entraña la construcción de los personajes de Elektra y Crisóstemis no fueron completamente superadas. Iréne Théorin y Eva-Maria Westbroek, excelentes cantantes, parece que se tomaron al pie de la letra la idea de que cada uno de sus personajes representa una especie de obsesión única (sobre todo Elektra, personificación del deseo de venganza), representando sus papeles de forma algo plana y monocórdica.

La partitura de Strauss es una especie de mezcla entre explosiones de sonido y momentos de lirismo, puntuados por instantes de cruda ironía (por ejemplo, el diálogo entre Elektra y Crisótemis). Sin embargo, la conducción fluida de esta constante tensión no fue siempre reconocible en la lectura de Gatti, muy atenta (tal vez demasiado) al detalle. No me parece que vaya a descubrir nada al recordar que la suntuosa Filarmónica de Viena es la orquesta perfecta para la riqueza de la instrumentación straussiana. Escucharla, apreciar su colorido casi caleidoscópico presentado con una sonoridad siempre aterciopelada fue, desde luego, uno de los elementos más atractivos de la representación.



Theorin y Westbroek
© 1010 by Hermann und Clärchen Baus
. Festival de Salzburgo 2010

Vocalmente, el reparto también era, a priori, un lujo. Théorin es una de las sopranos dramáticas del momento, especialmente aplaudida por sus papeles wagnerianos. Sin duda, las cualidades de su voz pueden hacer de ella una Elektra de referencia, pero esto ocurrirá cuando se apropie de su difícil papel de manera que presente la variedad que exige dentro de la obsesión que encarna. Confieso, por un lado, que nunca había escuchado en vivo a Eva-Maria Westbroek y que, por otro, pasados tres años, todavía tengo viva en la memoria el recuerdo de la interpretación que hizo Angela Denoke de este papel en la temporada de la ABAO. La Crisóstemis de Denoke era toda fragilidad y elegancia, lo contrario de la versión de Westbroek, franca y segura, sin duda, pero también un poco forzada y, por ello, poco interesante.

Para concluir, merecen mi más rendido elogio las interpretaciones de Meier y Pape. Ambos tienen en común un respeto por la prosodia del alemán cuyo resultado es siempre absolutamente prodigioso: saben 'decir' cantando, lo que es siempre sinónimo de una línea de canto impecable. Es cierto que, en lo que se refiere a las posibilidades naturales de sus respectivas voces, Pape sale triunfando: posee uno de los timbres más hermosos, ricos y 'auténticos' que he tenido oportunidad de escuchar en vivo. Meier, sin embargo, hace de sus limitaciones una virtud con un trabajo técnico absolutamente asombroso, que le da la solidez y seguridad necesarias a todas sus interpretaciones.


Este artículo fue publicado el 27/08/2010

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