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Dos artistas para una orquesta

A Coruña, 14/12/2010. Teatro Colón CaixaGalicia. Programa: Richard Strauss: 4 Últimos Lieder; P. I. Chaicovsqui: Sinfonía nº5 en Mi Menor, opus 64. Angela Denoke, soprano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lionel Bringuier, dirección musical. Festival Xacobeo Classics 2010. Ocupación: 70%
imagen Triunfal final coruñés del Xacobeo Classics, que tanta buena música nos ha permitido disfrutar en Galicia durante 2010. En esta ocasión, se invitó a la Sinfónica de Castilla y León -uno de esos conjuntos que ya empiezan a ser en Galicia casi como de la casa- para interpretar un programa de innegable tirón popular, con dos de las obras más queridas del repertorio, como son los Cuatro Últimos Lieder, de Richard Strauss y la Quinta Sinfonía de Chaicovsqui. Un programa que servía como excusa para el regreso de la soprano Angela Denoke y para la presentación en la ciudad de una de las más firmes realidades de la batuta: el francés Lionel Bringuier, que, a sus 24 años, es ya, sin duda, un nombre a retener y a tener muy en cuenta.

Volver a referirse a la ductilidad sonora cada día más asombrosa de la Sinfónica de Castilla y León no parece necesario, porque es algo que ya se sabe de sobra, más aún por estas tierras donde tantas buenas veladas nos han proporcionado; son un conjunto de máxima fiabilidad, buen empaste y sonoridad impoluta en todas las secciones; con todo, de este concierto hay que destacar el empaste inmaculado de la sección de cuerda o el buen trabajo del primer atril de trompas, José Miguel Asensi, que encontró ocasiones de lucimiento en ambas obras, exponiendo maravillosamente el tema del segundo movimiento de la Quinta de Chaicovsqui.

Casi siempre he tenido mucha suerte con las versiones de los Cuatro Últimos Lieder que he presenciado en directo, y esta no fue la excepción. Angela Denoke -que regresaba a Galicia años después de haber interpretado, siempre en A Coruña, el War Requiem de Britten- me parece una artista completísima en muchas vertientes, que rememora, por muchas cosas, una etapa pasada de importantes sopranos dedicadas a este repertorio. Pienso en las grandes: en Lotte Lehmann, Lisa Della Casa, Elisabeth Schwarkopf y otras semejantes. Porque, de algún modo, de todas ellas tiene algo. Empezando por su exquisita elegancia, una presencia escénica incomparable que no deja lugar a dudas: hay que fijar en ella toda nuestra atención, y uno es consciente de que esa señora está ahí para hacer algo grande incluso antes de que empiece a cantar; el timbre es purísimo, eminentemente lírico -habrá quien piense que incluso demasiado lírico para estas canciones, pero a mí me gusta así- y el sonido redondísimo cremoso y esponjoso. Podrá ser algo fría, ir algo justa en la zona grave -no es ni la primera ni la última…- o acusar algún sonido fijo ocasional en los agudos -probablemente fruto de su insistencia en ciertos roles de ópera más bien incómodos de cantar-; pero el sonido es de una calidad tal, y el canto es tan inteligente que estas minucias quedan de largo compensadas, y lo que se escucha es una versión bellísima.

Hubo muchos momentos mágicos, de esos en los que uno simplemente tiene que dejarse arrullar por la música, cerrar los ojos y volar; especialmente en 'September' -inolvidable el final orquestal…- y 'Beim Schlafengehen'. Asimismo, la aparente frialdad con la que enfrenta 'Im Abendrot' aporta a la canción una dimensión muy interesante. Una vez que ha dejado de cantar, mientras suena ese sublime final orquestal, uno no puede dejar de mirarla a ella fijamente, aún sabiendo que ya no le queda nada por hacer, como si la cantante supiera como ejercer un fuerte magnetismo sobre el público. Es el resultado de una versión tan humana como maestra en la que todos estamos volcados: y es en estos detalles donde se revelan los verdaderos artistas. No todos pueden, ella, por algún motivo, sí.

Le ayudó mucho tener en el podio a otro artista, porque Bringuier se reveló, pese a su juventud, como un músico con las ideas tan claras como brillantes y acertadas, y leyó las canciones de Strauss con tempi eminentemente lentos, acariciantes, cuidando los colores de la orquesta y la variedad entre planos sonoros, y siendo perfectamente consciente de en qué momentos de esta obra, la orquesta es la verdadera protagonista: fueron absolutamente memorables, repito, los finales de 'September' e 'Im Aberdont', tanto por la concepción del maestro como por la fenomenal e impecable respuesta de la orquesta.

Hacer una buena Quinta de Chaikovsky no es tarea fácil, precisamente porque se interpreta hasta la saciedad -si mis datos son correctos, solo en 2010 se han escuchado al menos cuatro Quintas en Galicia- y el público la conoce bien. Digamos que es una obra escrita con pasión, arrebato y bailabilidad. Por concepción, es fácil encontrar versiones que se pasan de arrebatadas -cargando a veces las tintas en un dramatismo casi lacrimógeno- o versiones que se pasan de bailables, siendo lo más adecuado quizá un punto intermedio entre ambas vertientes. Justo eso fue lo que hizo Bringuier: buscar el punto exacto de emoción sin cargar nunca las tintas, y sin perder ese punto de inocencia que hay en algunos momentos de esta sinfonía. Leyó el primer movimiento de forma pausada, pero sin miedo a las explosiones románticas cuando fueron necesarias -marcadísimos los pizzicatti de las cuerdas-, se recreó en el melodismo del segundo -con la complicidad de una trompa inmaculada-, valseó el tercero todo lo posible y puso la emoción necesaria en el final, aún sin cargar las tintas, redondeando una versión muy interesante, vibrante y llena de alma pero sin excesos gratuitos, en la que, además, transmitió que siente, vive y disfruta esta música. Normal que la orquesta se contagie del entusiasmo del joven maestro, y es en este entusiasmo y en esta comunión general donde está la clave del triunfo.

No ayudó nada la acústica sequísima del Teatro Colón -y especialmente en patio de butaca- que sigue sin parecerme el recinto más adecuado para este tipo de conciertos sinfónicos. El no excesivamente numeroso público -algo menos de tres cuartos de entrada, cosa rara en A Coruña, donde el Xacobeo Classics ha registrado varios llenos absolutos- aplaudió con corrección pero con más insistencia de la debida la primera parte -¡tras cada una de las cuatro canciones!- y de forma más entusiasta la segunda -aunque aquí sí se respetó en silencio, contra todo pronóstico vistos los antecedentes, la coda final de la Sinfonía- en un concierto que fue muy positivo, porque nos permitió disfrutar de dos artistas de raza junto a una orquesta que se consolida día tras día como un conjunto de primer nivel. Retengan el nombre del maestro, será uno de los grandes del futuro.


Este artículo fue publicado el 11/01/2011

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