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Una rareza y un muy buen reparto

Múnich, 10/05/2008. Teatro Gärtnerplatz. Fra Diavolo o la posada en Terracina, ópera cómica con música de Daniel-François-Esprit Auber y libreto de Eugène Scribe, en versión libre alemana de Ulrich Peters. Dirección escénica: Ulrich Peters. Escenografía: Herbert Buckmiller. Vestuario: Götz Lanzelot Fischer. Iluminación: Georg Boeshenz. Dramaturgia: Gabriele Brousek. Reparto: Tilmann Unger (Fra Diavolo), Daniel Fiolka (Lord Kookburn), Rita Kapfhammer (Pamela), Peter Sonn (Lorenzo), Christian Hübner (Matteo), Christina Gertsberger (Zerline), Mario Podrecnik (Beppo), Stefan Sevenich (Giacomo), Fritz Graas (Francesco). Coro y Orquesta del Teatro Gärtnerplatz. Maestro del coro: Hans-Joachim Willrich. Dirección musical: Thomas Kalb
imagen No es Auber precisamente un compositor frecuente en los teatros de ópera de nuestros días. Tampoco lo es la ópera cómica francesa de principios del siglo XIX. Ya sólo por ello esta nueva producción de Fra diavolo es un verdadero mirlo blanco en el paisaje teatral actual. Musicalmente se trata de una producción muy afortunada, tanto por lo que respecta a la orquesta y su director como a los solistas y el coro. La dirección orquestal de Thomas Kalb es muy precisa, briosa y debidamente colorista. La concertación, en algunos momentos de la obra nada fácil, es resuelta con todo éxito. La orquesta, técnicamente intachable y disciplinada, no deja nada que desear; en particular los metales ofrecen un color tímbrico especialmente grato. El coro, preparado por Hans-Joachim Willrich, se muestra plenamente a la altura de las circunstancias en esta obra, en la que tiene un papel nada desdeñable.

El elenco de solistas sobresale por su homogeneidad y buen trabajo de equipo, características que son la marca de esta casa desde hace mucho tiempo. A ello se añade ahora la circunstancia de que las voces que lo componen son de una calidad inusualmente alta. No es fácil hallar una producción en la que todos los cantantes solistas tengan un grado de competencia tan indiscutible.



Rita Kapfhammer (Pamela), Christina Gerstberger (Zerline) y Peter Sonn (Lorenzo)
Fotografía © 2008 by Ida Zenna


Tilmann Unger, en el papel protagonista, da pruebas sobradas de poseer una voz vigorosa, bien timbrada, que llega con igual comodidad a todas las notas de su parte. Su fuerte presencia escénica le permite asumir con toda verosimulitud, no sólo en el plano musical, un papel de galán maduro como el de Fra Diavolo. Peter Sonn (Lorenzo) asume su papel de galán joven con igual fuerza de convicción, luciendo en todo momento una bella y bastante voluminosa voz de tenor lírico. Christina Gerstberger ofrece una estupenda interpretación del papel de Zerline. Su voz, de timbre singularmente hermoso, tiene cualidades que le permiten abordar brillantemente agudos y agilidades, que abundan en su papel, y mostrar unos graves inusualmente vigorosos y limpios en una soprano ligera. Fiato, impostación y proyección son irreprochables. Como actriz resulta ideal para el papel, tanto por su competencia profesional como por su encanto personal. Rita Kapfhammer (Pamela) es una mezzosoprano de grandes recursos, con una voz versátil y potente y un notable dominio técnico y capacidad expresiva, que es también patente en su trabajo como actriz. Daniel Fiolka (Lord Kookburn) y Christian Hübner (Matteo) tienen también intervenciones notables, lo mismo que Mario Podrecnik y Stefan Sevenich en sus papeles de Beppo y Giacomo respectivamente.

En el plano escénico, esta producción tiene tanto aspectos loables como otros que no lo son tanto. Es ésta la primera vez que Ulrich Peters, intendente del Teatro Gärtnerplatz desde octubre pasado, se presenta en Múnich como director de escena. Empecemos por las virtudes de su trabajo. En primer lugar, es digno de elogio el hecho mismo de incluir en el repertorio de la casa una ópera como Fra Diavolo, que en el siglo XIX tuvo tanta difusión y que, pese a contener páginas muy bellas, hoy está tan injustamente olvidada, acaso porque no es apta para manipulaciones que desemboquen en discursos pseudo-intelectuales o pseudo-provocativos.



Daniel Fiolka (Lord Kookburn), Tilmann Unger (Fra Diavolo), Christina Gerstberger (Zerline) y Mario Podrecnik (Beppo)
Fotografía © 2008 by Ida Zenna


También es muy loable el hecho de que Peters haya tenido la osadía de situar la acción más o menos en la época en la que aparece en el libreto, desafiando así la costumbre en boga de crear escenificaciones exclusivamente anacrónicas. No menos raro en nuestros días es que, sin dejar de tomarse muchas licencias arguentales, haya asumido como director de escena más el papel de intérprete que el de o ‘coautor’ o ‘corrector’ de las intenciones de libretista y compositor; al margen de las libertades que decíamos, en esta producción se advierte algo hoy tan poco frecuente como una cierta ‘fidelidad’ a la obra. Por último, otro atrevimiento, a nuestro juicio acertado, ha sido el de poner en escena no para satisfacer a los críticos o a un grupo de iniciados, sino al público en general.

Si bien estas premisas son óptimas, la realización concreta del proyecto se queda a mitad de camino. La escenografía de Herbert Buckmiller no es consecuente con el concepto en general, pues en parte resulta anacrónica, en parte insulsamente abstracta, y recuerda demasiado a la de dos producciones de esta misma temporada y teatro: Las bodas de Figaro y La viuda alegre. La escenografía de la habitación de Zerline, no exenta de gracia, es una cita de la de ciertos pasajes de la producción de Carmen que se puede ver en este mismo teatro. El vestuario de Götz Lanzelot Fischer, teniendo intenciones historicistas, carece de verdadero encanto, es intercambiable por cualquier otro parecido y no pasa de ser pura rutina. La dirección de actores y el concepto dramatúrgico de Ulrich Peters no llegan a levantar el vuelo.

Sin duda no es nada fácil rescatar el humor de 1830 y hacerlo accesible al espectador del año 2008. Lo cierto es que Peters no lo logra: el carácter burdamente caricaturesco de ciertos personajes (Kookburn y Pamela), el accionismo superfluo que distrae la atención durante los principales números musicales, el humor convencionalísimo al que se recurre y la falta de verdadero pulso dramático dan como resultado una pieza teatral falta de relieve y de fantasía, sin intriga, un cúmulo de lugares comunes que se salva sólo gracias a las buenas intenciones, a la música de Auber y a unos intérpretes sobresalientes.

A ello se une el desatino de la presencia de un ‘presentador’ que habla en escena mientras suena la obertura. En primer lugar, la ópera no necesita presentadores ¿o es que no podemos prescindir de la televisión ni siquiera en el teatro? Por otro lado, el parloteo mientras suena la obertura es, para cualquier melómano mínimamente sensible, un verdadero insulto. Con un poco más de reflexión, de elegancia y de imaginación habría podido relizarse una producción brillante. Ojalá la próxima lo sea.

Este artículo fue publicado el 16/05/2008

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