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Cuando suena bien el Royal Albert Hall

Londres, 27/07/2007. Royal Albert Hall. Joan Rodgers, soprano. Hallé. Mark Elder, director de la orquesta. Richard Strauss: Macbeth, Op. 23. Benjamin Britten: Les illuminations, Op. 18. Carl Nielsen: Sinfonía nº 4 ‘Inextinguible’. Propina: Debussy, Les soirs illuminés par l'ardeur du charbon (orquestación de Colin Matthews). BBC Proms 2007. Aforo: 5544; ocupación: 50%
imagen Resulta sorprendente que una ciudad como Londres no disponga de salas de concierto con buena acústica, si exceptuamos el Wigmore Hall. De todas las salas, quizá sea el Royal Albert Hall una de las que tiene peor acústica, y eso que -según parece- mejoró mucho la misma después de que en 1969 colgaran del techo una serie de discos difusores de fibra de vidrio (más comúnmente conocidos como “setas” o “platillos volantes”) con los que se logró contrarrestar el tremendo eco de la sala. Hasta ese momento solía decirse, con la habitual flema británica, que uno podía escuchar dos veces el concierto al que asistía. No obstante, hay veces que el Royal Albert Hall suena como una sala con buena acústica y cuando eso sucede el mérito completo es para la orquesta y su director.

Mark Elder volvía a los Proms después de haber sido el último maestro de ceremonias de la flamante Last Night de la pasada edición. Enfundado esta vez en un austero traje negro, en vez de la clásica chaqueta blanca que lució entonces, dirigió un programa que combinaba sus propias preferencias personales por obras infrecuentes de Richard Strauss y por música inglesa del siglo XX con la tradición de la Hallé representada en la Sinfonía de Nielsen. Y es que su vinculación a esta orquesta de Manchester, que es la más antigua del Reino Unido y cumplirá 150 años el próximo mes de septiembre, está siendo muy fructífera tanto para la formación sinfónica, que pasó años muy difíciles antes de su llegada en 1999, como para el propio Elder que ha encontrado un conjunto con el que se entiende a las mil maravillas y tiene un proyecto de futuro.

El concierto se inició con Macbeth, el primer poema sinfónico de Richard Strauss, que inició en 1887 tras asistir a una representación del inmortal drama shakesperiano. Desde el principio fue una obra desafortunada, que -atendiendo los consejos de Hans von Büllow- Strauss revisó y retocó hasta su estreno en Weimar en octubre de 1890 (de hecho, se han conservado dos versiones de la obra). En él encontramos muchas señas de identidad del gran Strauss posterior, especialmente la densidad de la orquestación que recuerda en su riqueza y variedad lo que será años más tarde Eine Alpensinfonie. Sin embargo, la obra es compleja pues resulta demasiado excesiva y no es fácil encontrar su vena poética. Elder grabó hace poco más de dos años este poema sinfónico con la misma Hallé y su versión apostó por lo enérgico por encima de lo poético, algo que contrasta con la versión fonográfica de referencia para esta obra, dirigida por Rudolf Kempe.

Curiosamente, este acercamiento enérgico que resulta menos atractivo en disco resultó cautivador en el Albert Hall. El arranque del poema, con ese tremendo crescendo centrado en el impetuoso motivo de ‘Macbeth’, aportó una dosis de tensión que siguió con el profundo motivo de la fatalidad de su destino y no decayó en el resto de la obra. El tema de ‘Lady Macbeth’ sonó cautivador pero sin perder el aura de maldad de esa Eva satánica que Strauss representa con un manejo novedoso para su tiempo del ostinato y la disonancia. Fue sorprendente lo que consiguió Elder tan sólo con sus manos, pues optó por dirigir todo el concierto sin batuta, en el convencimiento que tiene de conseguir así un sonido más libre y personal de la orquesta.

De una dotación orquestal masiva pasamos antes del descanso a un planteamiento casi camerístico y reducido a la cuerda en Les Illuminations de Britten. En principio, la obra programada había sido Our Hunting Fathers pero la laringitis impidió actuar a Lisa Milne y la sustitución por Joan Rodgers -que fue un lujo- obligó a cambiar la obra del programa. Les Illuminations es una composición muy habitual en los Proms, y sin ir más lejos pudo escucharse aquí el año pasado en la voz de una joven aspirante a estrella operística llamada Nicole Cabell. Tanto Rodgers como Elder conocían bien la obra y ya la habían interpretado en los Proms aunque no juntos. Ella lució encanto y musicalidad, aunque le faltó la claridad y luminosidad que exhibieron tiempo atrás cantantes aquí míticas como Heather Harper. Él marcó un discurso fluido y colorista para acompañar la prosa poética de Rimbaud que ayudó mucho a la cantante y aunque el volumen orquestal era lógicamente inferior al conseguido en Strauss se escuchó todo con bastante nitidez y contraste.

La segunda parte se centró exclusivamente en una obra ligada a la tradición interpretativa de la orquesta. Curiosamente fue la Hallé, dirigida entonces por Sir John Barbirolli, la que introdujo en los Proms esta Sinfonía Inextinguible de Nielsen allá por 1965 y en conmemoración del centenario del nacimiento del compositor. El evento fue publicado en CD hace varios años en el extinto sello BBC Radio Classics (antecesor del actual BBC Legends) y constituye una referencia fonográfica de la obra. La sinfonía debe su nombre a la vivacidad y a lo inextinguible de la existencia humana, algo muy importante de reivindicar durante la Primera Guerra Mundial en que Nielsen la escribió. Su plan estructural está dividido en cuatro movimientos que se suceden sin interrupción alguna, como si de uno saliera el siguiente, y por ello la interpretación exige unidad y, especialmente, una tensión bien manejada y continua. De hecho, esa tensión debe estallar en una verdadera contienda bélica en el movimiento final representada por el duelo de dos timbales enfrentados a ambos lados de la orquesta.

Elder acertó precisamente por seguir esa estela dejada por Barbirolli en la Hallé y hacer esta música con una entrega desgarradora. Y es que según comentaba el propio director a la BBC antes del concierto, no se trata para él de una música intelectual sino instintiva y visceral. Ese planteamiento le llevó a intensificar con gran acierto los contrastes, mostrándose más poético en los momentos más expresivos y hasta exquisito en los destalles. Por ejemplo, el paso del ‘Poco adagio quasi andante’ al ‘Allegro’ final, (es decir, del misterioso ambiente de trinos en violines y violas que acompaña a un evocador oboe al terremoto de fusas en la cuerda) resultó impresionante y ese movimiento fue lo mejor del concierto tanto musical como visualmente, y no sólo gracias a Elder o al virtuosismo de su orquesta sino también a la labor de sus dos estupendos timbaleros (los dos John Aberdstern y Moate).

Para terminar, y como respuesta al fervor del público tras la electrizante interpretación de la sinfonía de Nielsen, Elder explicó a viva voz la propina que cerró el concierto. Se trataba de la última composición de Debussy para piano titulada Les soirs illuminés par l'ardeur du charbon (Las veladas iluminadas por el ardor del carbón), compuesta en 1917 en agradecimiento a Monsieur Tronquin por haberle proporcionado carbón extra para soportar el frío de otro invierno en guerra. La versión que sonó fue una orquestación realizada por el compositor residente de la orquesta Colin Matthews, que recientemente ha culminado con éxito la orquestación de todos los preludios del compositor francés, y con la que Elder puso un colorista broche final a su concierto.


Este artículo fue publicado el 23/08/2007

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