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Un menú ligero pero muy sabroso

Estocolmo, 16/08/2005. Berwaldhallen. Hélène Grimaud, piano. Orquesta Filarmónica de Helsinki. Esa-Pekka Salonen, director. Jean Sibelius: Oceanides. Claude Debussy: La Mer. Maurice Ravel: Concierto para piano en sol mayor y Suite nº 2 de 'Daphnis et Chloé'. III Baltic Sea Festival
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Viéndolos dirigir, o simplemente cuando están juntos, Gergiev y Salonen parecen dos directores de talante muy distinto, y sin embargo mantienen una gran amistad y el Festival del Báltico es un proyecto común de ambos. Pero mientras Gergiev incide más en el Báltico como cultura común y el Festival como espacio de contacto e intercambio, Salonen le da al Festival un matiz más activo y ya desde la primera edición, pero especialmente en esta tercera, resalta la importancia del Báltico como un mar que se está muriendo, ecológicamente hablando. Salonen es hombre inteligente y sabe perfectamente que la música no sirve para solucionar ningún problema grave, especialmente ecológico. Pero también es muy consciente de que la situación del Báltico es desesperada y nadie puede ser ajena a ella, por eso él desde el podio se preocupa y acaso pueda hacer que más gente se preocupe. Este año el Festival se asoció con WWF, que organizó encuentros y actividades enmarcadas en la programación del Festival.

Dentro de esta preocupación 'báltica', el concierto de Salonen tuvo un comienzo predominantemente marítimo -Oceanides de Sibelius y Le Mer de Debussy- quedando para la segunda parte del programa el Concierto en sol de Ravel con Grimaud como solista, que aunque era el 'plato fuerte' sonó sorprendentemente ligero, al igual que la Suite nº 2 de Daphnis y Chloë que cerró el concierto.

Salonen marcó estilo desde el primer momento y Oceanides de Sibelius fue un prodigio de control sonoro. La dinámica fue creciendo a lo largo de la obra, pero el sonido compacto, mimado, fue la constante desde el pianisimo inicial. Y tanto cuando la orquesta se movía en forte como cuando lo hacía en piano, Salonen consiguió crear diferencias sutiles que creaban una sensación de enorme variedad dentro de lo que, objetivamente hablando, eran diferencias dinámicas mínimas.

La misma inteligencia constructiva definió La Mer. Nuevamente Salonen tenía muy claro lo que quería hacer y dotó a los tres movimientos de la obra de unidad: el mar es el mismo siempre, aunque en cada momento del día, con cada diferencia de luz, parezca tan distinto. No me gusta hacer comparaciones entre versiones, pero debo decir que nunca había oído unos 'Dialogues du vent et de la mer' tan llenos de luz y brillantez como estos de Salonen.

En la segunda parte del concierto el protagonismo de Salonen quedó algo apagado ante la presencia de Hélène Grimaud, una pianista que escuchaba por primera vez en directo y que me entusiasmó. Tiene una técnica muy suelta lo que le permite lograr un sonido y una articulación muy claros (la comparación con las obras 'marinas' que la precedieron y especialmente con la luminosidad de Debussy es demasiado obvia y tópica). Pero al mismo tiempo Grimaud tiene fuerza y potencia, más de la que aparenta en un primer momento, y un control del pedal que le permite incluso sonar 'sucia' -el Concierto de Ravel lo pide a veces- sin por ello distorsionar la calidad del sonido. Grimaud me convenció totalmente en el primer movimiento y en el tercero del Concierto, mientras en el segundo tuve la sensación de que había momentos preciosos al lado de otros que no acababan de funcionar, donde la tensión se perdía o el contraste entre melodía y acompañamiento me resultaba exagerado. Sin embargo el final del 2º movimiento fue tan bello -estábamos con el corazón en un puño- que ya justificó todo lo anterior.

Después de tres obras que me habían gustado tanto, no esperaba mucho más de la Suite nº 2 de Daphnis y Chloë, y nuevamente Salonen volvió a animarme desde el 'Amanecer', donde graduó al milímetro las intensidades, tanto dinámicas como emocionales (acabas respirando cuando Salonen te lo permite) hasta la 'Apoteosis', llena de tensión y con un volumen sonoro por momentos enervante.

La Orquesta Filarmónica de Helsinki es una orquesta de primera categoría, por lo menos cuando la dirige Salonen, aunque -al contrario de lo que tantas veces se repitió a lo largo del Festival de la identidad báltica- con un carácter muy distinto al de la Orquesta del Mariinski (o quizá la diferencia es el carácter de Gergiev). El sonido es mucho más cercano al de las orquestas inglesas, que cada vez más se está convirtiendo en el estándar, en el canon sonoro. Por supuesto este sonido no tiene mucho que ver con Salonen, que nunca fue director titular de esta orquesta (sí lo fue de la de la Radio Sueca entre 1985 y 1995), aunque la ha dirigido frecuentemente y sabe darle seguridad. Me impresionó especialmente la calidad de la orquesta en el Concierto en sol de Ravel (las intervenciones de los metales haciendo jazz, los solos de la arpista), quizá por el contraste con las obras de la primera parte, muy parecidas entre sí, y con la Suite de Daphnis y Chloë que pedían -y obtuvieron- un sonido totalmente distinto.

Por cierto, y como curiosidad, la colocación de la orquesta fue distinta en los tres conciertos orquestales del Baltic Sea Festival. Gergiev puso a violines 1 y 2 enfrentados a ambos lados del escenario y los violonchelos enfrente, un poco a la izquierda, una colocación clásica. Honeck mantuvo los violines 1 y 2 enfrentados pero con los violonchelos más bien a la derecha y los contrabajos tras los violines primeros. Finalmente Salonen optó por violines 1 y 2 al lado, luego violas y a continuación los chelos, con los contrabajos detrás.



Este artículo fue publicado el 12/09/2005

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