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Antagónicas y magníficas

Valladolid, 20/05/2012. Auditorio de Valladolid. Gewandhaus Leipzig. Riccardo Chailly, director. Hélène Grimaud, piano. Christina Landshamer (soprano). Ravel: Concierto para piano en Sol mayor. Mahler: Sinfonía n.º 4 en Sol mayor. Ocupación: 80%.
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Gran acontecimiento musical supuso el esperado y sin duda disfrutado concierto de la Gewandhaus de Leipzig comandada por Riccardo Chailly. Fue una lástima que el público no acudiera masivamente, porque la interpretación musical estuvo a la altura de lo esperado. La orquesta es un conocido portento sajón, con un punto más de brillantez que la Staatskapelle de Dresde aunque por supuesto sin ese color inconfundible en la cuerda de la titular de la Semperoper. Por otra parte, Riccardo Chailly exige mucho en cuanto a tempi, y esto provocó que lo más excitante del concierto, la primera parte, fuese también algo irregular técnicamente.

Las concepciones del concierto de Ravel y la sinfonía de Mahler fueron antagónicas, no tanto en resultados como en el punto de vista desde el que fueron trabajadas. Para Chailly, la obra de Ravel es fulgurante y modernísima, arrebatadora, sorprendente, llena de efectos de color, y como tal concibe la parte pianística como un obbligato que Hélène Grimaud, en el límite de sus posibilidades, no intenta desmentir. La francesa tuvo algunas dificultades en seguir los tempi de Chailly, aunque en su descargo debe decirse que la orquesta también se las vio y se las deseó, sobre todo en lo que se refiere a los metales, para intervenir con la precisión requerida. Grimaud, además, muestra cierta rigidez de brazo en el forte, con lo que su sonido no llega bien al menos a la fila 19; por otra parte, su absoluta sobriedad en el segundo movimiento no le hizo perder encanto a esta parte del concierto, si bien podría haber exprimido con mayor aprovechamiento la maravillosa melodía sin por ello dejar de salirse de los cánones del mainstream interpretativo actual en lo que se refiere a este autor.

La Sinfonía núm. 4 de Gustav Mahler, sin embargo, y pese a haberse interpretado también con unos tiempos muy movidos, se nos presenta aquí con una elaboración artesanal, construida desde una suerte de criterios estándar que poco a poco van modificándose a partir de un fraseo riquísimo, sutil, dentro de los cánones actuales del buen gusto. Se trata de una versión que pone en un escaparate la esencia del arte de dirigir y sobre todo los frutos que dan la experiencia y el trabajo exhaustivo sobre una partitura. Chailly disfruta con la clarificación de texturas en la cuerda, con la estupenda presencia de violonchelos y contrabajos (el sonido de estos últimos es el más sobrecogedor de todos los que han pasado por el Auditorio de Valladolid) y con una atención al legato maravillosa. El italiano comunica gran cantidad de información desde la prevalencia o protagonismo de tal o cual elemento dentro de estas texturas, y consigue así ser muy personal a partir de la discreción, el respeto y el equilibrio.

Desde esta óptica, es la Cuarta perfecta, porque el tono de director y obra convergen de manera milagrosa, aunque los abundantes elementos irónicos se dejen como posibles datos que el que escucha debe procesar por su cuenta. Además, se exprimen al máximo los momentos intensidad y se hace hincapié en el elemento rítmico (el último movimiento me hizo rememorar la insuperable versión grabada de Fritz Reiner con la Sinfónica de Chicago). Eso sí, la soprano no estuvo a la altura: Christina Landshamer, para empezar, es una ligera, cuando lo ideal para esta parte es una lírico-ligera o una lírica con buenas hechuras técnicas. Landshamer, sustituta de Luba Orgonasova, hizo lo que pudo desde un centro sonoro de buena posición, adelantada, pero de ductilidad pobre entre el Do y el Mi#, y consecuentemente con un segundo paso trabajoso y un agudo a veces retrasado. Las fastidiosas notas graves de esta parte también cobraron algunas tasas a la soprano de Múnich, aunque en este caso, tratándose de una ligera, era de esperar.

Desde el lado menos positivo de este concierto cabe mencionar, como apreciación final, las discutibles notas al programa de Mercedes Conde Pons, con algunas partes de narración histórico-musical que pueden interesar a cierto público, pero repletas de lugares comunes y algunas excentricidades. Así, escribe sobre la influencia del jazz o la música española en Ravel "como limitación estilística":

"La influencia del jazz es evidente [...] Confluyen también sonoridades tanto de la música del País Vasco como la más propiamente española [hay una clara incongruencia, porque si se refiere al País Vasco francés evidentemente no es española, y si se refiere al País Vasco español está claro que es ‘propiamente’ española] [...] Aún [sic] así la genialidad mostrada en todo el concierto supera cualquier limitación estilística", en lo que parece intuirse, más que una barbaridad musicológica, el uso deficiente del idioma (supongo que la autora quiere decir que, en el análisis, el encasillamiento estilístico coacciona o limita el juicio de valor); todo ello acompañado de algunas lustrosas faltas de ortografía.



Este artículo fue publicado el 01/06/2012

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