Memoria viva

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Alice Sommer o la música como magia (II)

imagen Nacida de un comerciante y una pianista de la comunidad judía alemana de Praga, Alice Sommer cree recordar la imagen del Emperador Francisco José en visita a la ciudad sobre un caballo blanco. Mas concretos son los recuerdos de Franz Kafka, a quien Alice veía todas las semanas en la casa de su cuñado junto a Franz Werfel, Max Brod, Oskar Braum y Felix Weltsch: “Se encontraban los domingos para hablar de lo que escribían y también de ese mundo tan incierto después del horror de la primera guerra. Pero Kafka, tal vez por tener tantas dificultades con el mundo de los adultos, se encontraba muy a gusto entre los niños y nos sacaba a pasear a mí y a mi hermana melliza por Praga. ¡Nos contaba un chiste tras otro y se desternillaba el mismo de una risa tan contagiosa que acabábamos los tres a las carcajadas!”.

Como otros sobrevivientes del holocausto, Alice evita teorizar sobre el antisemitismo, para explicarlo como lo mas natural y lo mas cotidiano de un mundo inevitablemente sometido a la envidia: “los judíos éramos muy competitivos y dedicábamos mucho tiempo al estudio y a la educación: literatura, idiomas, música…y, lógicamente, si nos veían sobresalir en la escuela, los demás niños nos tomaban rabia. Y con tantas lecciones de piano, otros instrumentos e idiomas, no teníamos demasiado tiempo para ir a jugar con ellos. Tal vez deberíamos cuidarnos mas para no despertar estos sentimientos pero, usted sabe como son los niños. Uno no puede pedirles cautela. ¿Y sabe usted que mientras los padres checos gastaban su dinero en bebidas, los padres judíos no tomaban, para invertir en la educación de los niños el dinero que les sobraba? En fin, se imagina usted la rabia de los checos, a quienes tanto les gustaba tomar cerveza.”

“En casa hablábamos alemán, en la escuela checo, no éramos religiosos (nunca necesité de la religión). Pero para los checos éramos no sólo judíos sino también… alemanes, lo cual les incrementaba su animadversión hacia nosotros”. La distinción alcanzó ribetes extremos la noche antes de su deportación cuando Alice y su marido velaban el sueño de su hijo con las valijas ya preparadas. “Los vecinos checos entraron en nuestro departamento sin saludar o pedir permiso, y como si ya no existiéramos, comenzaron a llevarse cuadros, muebles y objetos de arte. Es que para ellos ya estábamos muertos. Solo el oficial alemán que ocupaba el piso de abajo se molestó en llamar a nuestra puerta para despedirse. “ 'Frau Sommer', me dijo,'durante estos meses tan aciagos, mi esposa, mis hijos y yo hemos encontrado consuelo oyéndola tocar el piano. Que vuelvan sanos y salvos'. ¿Se da cuenta?¡El nazi era de lejos mejor ser humano que los vecinos checos! ”

Y el nazi compartía también con Alice ese vínculo existencial común a los alemanes, judíos o no, solidificado con el redescubrimiento de Bach por Felix Mendelsohn. “¡Bach es…la Biblia!” proclama la atea Sommer a quien quiera oírla y sospecho que para el vecino de abajo la música, era como para ella, el substituto perfecto de cualquier tipo de religión. “Pero Bach no es mi músico favorito. Lo practico un poco todos los días porque requiere mucha concentración y a mi edad, esto es necesario para mantener la memoria. ¿Y Mozart? ¡Ah, siempre en el Paraíso! No, creo que el que mas prefiero es Beethoven, luchando con su música, reelaborando y finalmente consiguiendo algo siempre perfecto”. Preferencias aparte, fue Chopin quién meses antes de su deportación acudió a salvarla, bien que con una composición evocativa del Clave bien temperado.

“A mi madre la deportaron primero ¡Imagínese, una mujer de setenta años obligada a cargar una mochila! Después de acompañarla al lugar de concentración y despedirla me entró una profunda depresión. Dejé de tocar el piano y perdí interés en todo. Por mi marido y mi hijo, traté médicos y terapeutas amigos, pero … nada… hasta que un día me dije: ¡solo yo puedo salvarme! ”. Cuando me contó este episodio, la anciana, pequeña de estatura pero siempre ágil, se paró vertiginosamente, catapultada por el recuerdo de aquel momento crucial. La solución era el piano, pero no sólo eso, sino una tarea que ella, como la mayoría de los pianistas no se había atrevido a intentar.

El relato de cómo su alma le propuso finalmente una salida es contado a media voz, y con un aire de complicidad, semejante al de esos compañeros de colegio que nos incitan a una travesura frente a la autoridad: “¡Me dije: aprende a dominar los 24 Estudios de Chopin. ¡Eso te va a salvar!” Cuando después de varios días de ocho horas de práctica sintió que alguien golpeaba desde el piso inferior, la pianista interrumpió la tarea pensando en lo peligroso que era molestar al oficial alemán que acababa de alojarse allí con su familia, pero dos días después el portero le pasó el mensaje del recién llegado pidiéndole que por favor siguiera ensayando.

También Chopin compuso parte de los Estudios durante una invasión a su ciudad natal. “¿Matan, asesinan?... A veces me confundo y confío al piano mi tortura y mi desesperación” escribe el compositor desde París, y en su libro, Müller y Piechocki sugieren un vínculo entre la desesperación de Chopin y la de Alice como génesis de una similar voluntad de trascenderlo todo a través del arte. En este caso, el proceso psicológico de identificación de intérprete y compositor está sugestivamente aludido en una crítica sobre un concierto de Alice en Terezin en que el genial Victor Ullmann escribe que para ella “interpretación es, efectivamente, creación; ella se identifica con el trabajo del creador.” La pianista reconoce el parentesco de los Estudios con el Clave bien temperado, que también sugiere una afirmación trascendental.

Alice logró dominar los Estudios justo antes de su deportación a Terezin, donde sorpresivamente encontró a la pléyade intelectual de Praga y otros países de Europa movilizada por la posibilidad de hacer música, literatura, artes plásticas y también cabaret. “¡Adelante! ¡Todos juntos! Aquí las preocupaciones se escabullen como la arena entre los dedos. El único problema es cómo salir”, pudo mofarse en una canción Leo Strauss, tal vez el mas subversivo e irónico poeta del campo.


Este artículo fue publicado el 22/09/2008

Más información


Apuntes sobre conversaciones con Alice Sommer-Herz y su biografía “Un jardín del Eden en el infierno” de Melissa Müller y Reinhard Piechocki (Editorial Mc.Millan, 2007)

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Referencias:


Alice Sommer-Herz