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Nobles al borde de un ataque de nervios

Madrid, 02/06/2005. Teatro Real. Giuseppe Verdi, Don Carlo. Hugo de Ana, dirección escénica, escenografía y vestuario. Fabio Sparvoli, asistente. Leda Lojodice, coreografía. Roberto Scandiuzzi (Felipe II), Vincenzo La Scola (Don Carlos), Roberto Frontali (Rodrigo), Askar Abdrazakov (El gran inquisidor), Joseph Miquel Ribot (Un fraile), Ana María Sánchez (Isabel de Valois), Dolora Zajick (Princesa de Éboli), Fabiola Masino (Tebaldo), Marisa González (Condesa de Aremberg), Miguel Borrallo (Conde de Lerma), Ángel Rodríguez (Heraldo real), Susana Cordón (Voz celestial), Isidro Anaya, Isaac Galán, Carlos García, Héctor Guerrero, Carlos Rebullida y Mario Villoria (Seis diputados flamencos). Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Jesús López Cobos, dirección musical. Ocupación: 100 %
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La producción que Hugo de Ana preparó para Don Carlo de Verdi no empañó una noche musicalmente notable en el Teatro Real, gracias a un grupo de cantantes que lograron convencer en sus respectivos papeles, y gracias a un Jesús López Cobos, una orquesta y coro titulares que ofrecieron suficiente carne como para hacer disfrutar al público. Y es que el buen Verdi, y Don Carlo es excelente Verdi, resiste cualquier producción si hay un grupo de músicos de calidad en el teatro. Y los hubo.

Se echó en falta en el foso un poco más de calor, pero no se esperaba: López Cobos no es el director más ardiente del mundo, sino uno tendente a los tempi lentos (que no lo fueron especialmente en este Don Carlo) y a los contrastes escasos. Eso no impidió que fuese un acompañante de talla y que supiese montar las complejas escenas de masas adecuadamente. La orquesta y el coro, preparado por Jordi Casas, respondieron bien cumpliendo así con su papel. Al salir a saludar, el público aplaudió sin fisuras, aunque no se oyeron muchos ‘bravo’.

Entre los cantantes, lo más esperado era la ‘Éboli’ de Dolora Zajick. La he oído en este papel en numerosas ocasiones, y la oí cantar ‘O don fatale’ en el recital que dio en este mismo teatro hace algunos años. No se me ocurre nadie mejor que ella para ‘Éboli’ y fue un acierto del teatro el contar con su presencia. Si luego estuvo un poco por debajo de lo habitual hay que achacarlo a cualquier problema menor que, supongo, no se presentó en otras funciones. Una buena amiga me confirma que en el estreno arrasó. Lo cierto es que el 2 de junio caló el agudo final de ‘O don fatale’ y estuvo menos que ligera en la ‘Canción del velo’.

Cantó bien, estupendamente, Ana María Sánchez, una ‘Isabel de Valois’ de una pieza que, obviamente, acusaba cierto cansancio al acometer, en el acto cuarto, la complejísima ‘Tu che le vanità’, de la que salió victoriosa.

Entre los chicos hubo también buena calidad. Roberto Scandiuzzi no puso boca abajo el teatro tras ‘Ella giammai m’amò’, pero supo dar al aria la línea que la ha hecho célebre. Vincenzo La Scola me sorprendió positivamente como ‘Don Carlo’: estuvo muy entero, mostrando un timbre homogéneo y en su voz el pálpito de una pasión desbordada: bueno, de dos, porque lo que siente por su amigo ‘Rodrigo’ no es poco serio. Éste fue defendido por Roberto Frontali quien, como 'Scandiuzzi', cantó bien sin hacernos saltar del asiento. Askar Abdrazakov fue un contundente ‘Gran inquisidor’.

Dejo para el final los comentarios sobre la producción: mal, como casi siempre sucede con Hugo de Ana. Para empezar, hizo exagerar a los cantantes en todo momento llevando a ‘Don Carlo’ e ‘Isabel’ a lo que parecieron ataques epilépticos. Pero lo que más me sorprendió fue salir con la sensación de que no entendió el libreto. Pongo el ejemplo por antonomasia: el final del segundo acto, la célebre escena del ‘auto de fe’, es para Hugo de Ana una coronación. El rey -¡que canta en pasado, señor De Ana! - afirma que cuando accedió al trono juró castigar la herejía. Sin embargo, ‘Felipe II’ aparece en esta producción recibiendo el cetro, la bola y la corona sin que haya rastro de herejes quemados.

Lo más sorprendente es que en la entrevista que De Ana concede a Rafael Banús en el programa de mano insiste en llamar al ‘auto de fe’, ‘escena de coronación’. ¡Alucinante! En fin, creo que las producciones ‘realistas’ siguen teniendo un hueco en los teatros de ópera en tanto que el público las aprecia mayoritariamente. Pero las producciones ‘realistas’ deben servir para contarnos cosas sobre la ópera y no para utilizar trucos lamentables en nuestros tiempos como el de los soldados agitando banderas.

No puedo evitar un breve comentario a las notas al programa. Unos personajes aparecen citados en español y otros en italiano, se incluye una entrevista surrealista con el director escénico, en la que el entrevistador no pareció reparar en los problemas de comprensión del entrevistado. Y también un artículo de Arturo Reverter en el que se afirma que las óperas en París acababan antes de la medianoche para que la audiencia pudiese tomar el suburbano. ¿Para tomar el metro en 1867, fecha del estreno de Don Carlos, señor Reverter? El suburbano parisino es de 1900. A eso siguen innumerables perlas de Reverter en un artículo que habla fragmentariamente y sin rumbo mucho más de la ópera en cinco actos, la versión francesa, que de la que se está representando en el Real, en cuatro, y en el que no se duda en citar, sin rubor alguno, una vetusta bibliografía de 1969. ¿Cuándo emplearán sencillos, fiables y manejables libros de texto como el recientemente publicado Cambridge Companion to Verdi (2004)?

El Teatro Real paga por sus notas una cifra similar a la que paga The Royal Opera House (Covent Garden), si bien para el teatro londinense escriben sencillísimos y breves artículos los mejores musicólogos del mundo. ¿Por qué en Madrid tenemos que seguir leyendo estas cosas? Me sumo a los que piensan que los programas de mano importan: responsables del teatro, los editores del Real, Miguel Ángel de las Heras y Ángel Carrascosa, han quedado tan entredicho como los textos que habitualmente publican.



Este artículo fue publicado el 10/06/2005

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