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Teatro Colón: 100 años casi en soledad

imagen Y finalmente llegó el anhelado y temido 25 de mayo de 2008. El día en el que el Teatro Colón cumplió formalmente su primer centenario.

Viene a cuento recordar que el 22 de febrero de este año [leer artículo], dijimos en estas mismas páginas que -generosamente- ofrece Mundoclásico.com a los argentinos, que los porteños teníamos por entonces una molesta sensación de impunidad e incertidumbre.

Y esa sensación se debía, en gran parte, a que los habitantes de Buenos Aires votaron por el señor Mauricio Macri, como Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en las elecciones del 3 de junio de 2007. El partido ganador tiene una concepción privatística de la cultura. De tal manera que aquello vinculado con la cultura que no se autofinancia o no produce rápidos beneficios no debe ser apoyado por el Estado.

También dijimos entonces que el Jefe de Gobierno designó como Director General del Teatro Colón al Dr. Horacio Sanguinetti quien presentó formalmente las actividades para los años 2009, 2010 y 2011, previéndose que la Sala Principal podrá reabrirse el 25 de mayo del año 2010. Suponiendo que para esa fecha hayan concluido las tareas de refacción bruscamente interrumpidas a raíz de la “desfinanciación” del llamado Plan Maestro.

Por supuesto, los sufridos habitantes de esta aldea seguimos sin saber cómo se desfinanció el Plan Maestro, ya que hacer referencia a fondos aparentemente desviados en dirección a campañas políticas según se sospechaba era -y sigue siendo- un tema tabú, que el actual Gobernador de la Ciudad no tiene interés en investigar.

El Director Sanguinetti, por su parte, ha repetido hasta el cansancio -sin que nadie atine a entender la razón- que considera inadecuado el Teatro Coliseo (a pesar de que allí se desarrolló toda la temporada de ópera de 2007) y que no existe teatro alternativo adecuado.

Así las cosas, entre “gritos y susurros”, como dijera el gran Ingmar Bergman, algunos gritos a cargo de abonados y habitués desesperados, y algunos susurros, transmitidos entre fuentes “generalmente bien informadas”, llegamos al 25 de mayo.

Digamos que desde febrero hasta ahora, el Teatro Colón ha seguido enviando gacetillas de prensa con el logo del teatro, anunciando conciertos y recitales en algunas salas suburbanas, y festejos para el aniversario como si todo transcurriera normalmente.

Aunque si se repasa nuestra historia podrá comprobarse una circunstancia realmente curiosa: al Colón no se le dan con fortuna las grandes fechas históricas. Y como lo recuerda el diario La Nación en su edición de este último 25 de mayo, en el año 1908 al parecer no habían sido suficientes 20 años de construcción. El teatro se inauguró a pesar de que “el ensayo general de las luces no dio el resultado esperado”. Y por si esto fuera poco, la calle a la que da la puerta principal del teatro se encontraba “intransitable por la remoción del pavimento que se estaba haciendo por esos días”. Ello obligó a que las damas y los caballeros lujosamente ataviados que llegaban en carruajes, automóviles y tranvías, se vieran obligados a superar un atasco que significó el comienzo de la representación de Aída con dos horas de retraso, en medio de las protestas generalizadas de los sufridos asistentes.

¿Será éste un karma al que estará sometido nuestro “primer coliseo”? Porque su cumpleaños número 100 no fue mucho más lucido que su nacimiento.



Contra viento y marea, se anunció que a las 11 de la mañana se ofrecería una función de El Barbero de Sevilla en versión para niños, en el foyer, con la grata sorpresa para el público infantil de una torta con 100 velitas que sopló el mismísimo Director General, dándole así al primer festejo de la jornada, un aire escolar, doméstico y barrial que, sin embargo, se vió algo empañado por las frecuentes interrupciones del espectáculo, que tenían por objeto hacer lugar a muchos de los que aguardaban en la calle, dispuestos a disfrutar de la función gratuita que la Fundación Konex había preparado como regalo para el Teatro Colón.

La bandada de alegres niñitos se precipitaron más tarde para obtener cada uno una porción de la torta gigante y todos juntos le cantaron al teatro el “cumpleaños felíz”.

Cabe señalar que todo esto ocurría en el foyer del teatro, mientras el resto del edificio permanecía en la larga penumbra de la refacción inconclusa.

Pero el optimismo es más fuerte, y todos sabemos que un espíritu positivo puede mover montañas. Sobre todo, cuando hay grúas próximas que ayuden en el esfuerzo.

Ese espíritu parece haber prevalecido. Porque a las 15 horas, en el Salón Dorado, el Director Sanguinetti pronunció un discurso y si bien no estimó necesario referirse a la situación actual del edificio, sí se mostró esperanzado y entusiasta por la seriedad con que se está trabajando para que pronto -sin mayor precisión en cuanto al tiempo- pueda disponerse de la Sala y del resto de las instalaciones del Teatro.

Allí también presentó a los cantantes Luis Lima y a sus amigos personales Ana María González, soprano con graves problemas de afinación, y el pianista acompañante, Enrique Ricci.

Este mini-recital precedió en tiempo a la velada de gala que tendría lugar a partir de las 17 horas, en el Teatro Ópera, y que constituiría el principal festejo de un día que, a esa altura, ya resultaba inolvidable, y no precisamente por las razones que hubiéramos deseado en otros tiempos.

No puede decirse que la escenografía del acto tan largamente esperado fuera demasiado creativa o suntuosa. Sólo una gran bandera argentina servía de telón de fondo al largo desfile de artistas que durante cuatro horas se fueron sucediendo uno tras otro, con mayor o menor fortuna.

El talento y la calidad artística de muchos de ellos no lograron, sin embargo, superar el aire de fiesta de fin de curso que pesó en el escenario durante toda esa mezcla indefinida de concierto, recital o algo así.

Quizá los largos años en que el director Sanguinetti actuó como Rector del Colegio Nacional Buenos Aires le hayan permitido sentirse gratificado con el espectáculo, sentimiento que -al parecer- no fue compartido ni por los invitados especiales (que ocuparon los lugares más destacados de la Sala) ni por el público común, compuesto por habitués y abonados del Teatro, que fueron concentrados en las localidades más altas y más alejadas del escenario.

Algunos hechos sobresalieron por inesperados. El primero fue la intervención de uno de los integrantes de la Orquesta Estable, el contrabajista Pastor Mora, quien luciendo un crespón negro en la solapa afirmó que nada había para festejar ya que -como lo sostuvo claramente- los artistas sólo tenían para ofrecer “una vieja casa llena de historias y vacía de espíritu”.



“una vieja casa llena de historias y vacía de espíritu”. Talleres del Teatro Colón (agosto 2007)
Fotografía © 2008 by Maruxa Baliñas


El segundo fue la declaración del Director Sanguinetti que, durante el intervalo, y en medio de los saludos y felicitaciones que recibía de los invitados especiales sostuvo que él también “adhería a las palabras del contrabajista del crespón negro”. Frase desconcertante si las hay, habida cuenta de quién era el que la pronunciaba en semejante ocasión.

El tercero, y no menos importante, fue la ausencia del Jefe del Gobierno de la Ciudad a todos los actos de la jornada. Tampoco estuvo el Ministro de Cultura, el empresario hotelero Hernán Lombardi. Pero en su caso, la sorpresa es menor, ya que se lo conoce más por sus intereses empresariales que absorben gran parte de su tiempo.

Respecto del Jefe de Gobierno de la Ciudad, circularon algunos rumores. Se sabe que este funcionario no tiene ninguna predilección especial por el tipo de espectáculos que se ofrecen -o se ofrecían- en el Teatro Colón. Ése podría ser uno de los motivos.
Otro, lo apretado de su Agenda que quizá le haya impedido asistir a una celebración más bien melancólica y carente del brillo que en algún momento se pensó que tendría.
Por último, y ésto ya en el terreno de las cabezas malintencionadas, se sugirió que el señor Gobernador podría estar preocupado por el resultado de las inminentes elecciones en el club de fútbol Boca Juniors, que deben celebrarse el próximo 1 de junio, de no mediar postergación.

También en pocos días, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, deberá discutir el proyecto de Ley de Autarquía que responde a los lineamientos del mismo Gobierno de la Ciudad.

Contra ese proyecto se han alzado voces críticas desde los más diversos sectores del quehacer artístico y cultural.

Sin embargo, se teme que el oficialismo que pertenece al partido gobernante en la Capital y que tiene mayoría absoluta en la Legislatura, apruebe automáticamente el proyecto enviado, con las desgraciadas consecuencias de tipo funcional y burocrático que, como queda dicho, han sido señaladas en Mesas Redondas que analizaron el tema, y enumeradas en la Carta Abierta que ha circulado por Internet firmada por distintas personalidades del ámbito cultural.

En medio de este panorama, la diferencia entre el 25 de mayo imaginado y el que se vivió realmente en esta Ciudad, es tan abismal que ni el más agudo sentido del humor puede ayudar a desvanecer los malos presagios.

Por supuesto, la Ciudad de Buenos Aires no se merecía tanto menosprecio hacia su público y, en particular, hacia el Teatro mismo, cuya brillante trayectoria a lo largo de un siglo lo hacía merecedor de un homenaje más cálido y respetuoso, y no de la soledad en la que permanece como una obra en construcción, o más bien, en deconstrucción, muy lejos del ferviente y apasionado público que se prodigó en aplausos a lo largo de su historia.

De todas maneras, como también lo dijéramos en nuestra nota del 22 de febrero, cuando algún día el Teatro se reabra, todos cantaremos el himno y seremos felices para siempre. Por lo menos hasta el segundo centenario.

Este artículo fue publicado el 30/05/2008

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