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La respuesta estaba en las butacas

Ourense, 14/03/2010. Teatro Principal. Calefax Reed Quintet. Jean-Philippe Rameau: Le rappel des oiseaux. José María Sánchez-Verdú: Libro de glosas. Frederic Rzewski: Reeds. Maurice Ravel: Rapsodie espagnole; Alborada del gracioso. Festival Pórtico do Paraíso. Ocupación 100%
imagen 14 de marzo. Un día de esos que invitan al paseo, después de un pertinaz winterreise que en Galicia ha estado (y está siendo) regado por litros de agua. De forma que uno se lanza a recorrer el Ribeiro, a vivenciar el calor recobrado a orillas del Avia y del Miño, en parajes cargados de historia como Leiro, Ribadavia o la propia Auria; o sea, Ourense. Entre las re(o)currencias que conforman el pensamiento del viajero y escritor, ese motus animi continuus del que nos hablaba Cicerón, y Thomas Mann al respecto de su alter ego Aschenbach, dudas sobre lo que uno podría encontrar esta tarde en el Teatro Principal de la ciudad de las burgas, mediando un programa como el que hoy nos sugería el Festival Pórtico do Paraíso, incluidas dos piezas contemporáneas y una formación de cámara poco habitual, la del Calefax Reed Quintet, un quinteto de viento formado por oboe, saxofón, fagot, clarinete bajo y clarinete.

Entre los oscuros remolinos de ese fluir de conciencia que acompaña al viaje (quizás ellos mismos el verdadero viaje), algunos de los nefandos datos y programaciones que se dibujan para los próximos meses en Galicia, y que, poco a poco, siguen relegando (¿era posible aún más?) la música contemporánea de nuestros auditorios... Quizás reclamar más presencia para la creación actual sea una ocurrencia de cuatro iluminados, lo mismo que considerar que una de las labores fundamentales de programadores, intérpretes y público sea enfrentarse a la música de su tiempo, espacio artístico por antonomasia no sólo para comprender la identidad de su contemporaneidad, sino para ser y formar parte del debate crítico que conforma el imaginario y la cultura de cada uno de nuestros presentes... Tareas, por tanto, complejas pero apasionantes, como las que se suelen proponer con frecuencia sobre los escenarios de disciplinas tan dispares como el teatro, el cine o la danza... ¿Qué le ocurrirá a la buena de la música, para perpetuarse en la interpretación de un pasado continuo que se enquista como ecos re-escuchados en nuestros auditorios (condena y contención de los tiempos)?

Con demasiada frecuencia leo afirmaciones sobre que el público huye despavorido de los conciertos en los que se programa música actual, falacias como la de que nuestros patios de butacas se desertizan a nada que atruenan desde el escenario las estridencias del último contemporáneo... y en perplejo paralelismo compruebo, el menos en Galicia, que el público aplaude con igual intensidad dichas propuestas y hasta estrenos, que apenas nadie se desmaya o fuga de los conciertos, que resulta imposible encontrar entradas para programas con ‘radicales’ como Berio o Messiaen, o que en festivales (nominalmente) dedicados al clasicismo los escasos programas que se confiaban (el pretérito imperfecto debería pasar ya al perfecto, desgraciadamente) a la música actual presentaron casi siempre un cien por cien de aforo... Cosas veredes, Sancho...

...de forma que, con un Sánchez-Verdú y un Rzewski de por medio, semejante tarde de anhelado sol y un horario dominical nada atractivo, me temía que mis planteamientos pro-contemporaneidad iban a recibir un duro varapalo cuando me encontrara prácticamente solo escuchando los llaveteos del Libro de glosas y acordándome de los cruzados que descargan sus laxantes verborreas contra la música del compositor algecireño... Pero he aquí que se obra el ‘milagro’ y me encuentro, ya media hora antes de sonar la primera nota, con un Teatro Principal rebosante y expectante (¿habrán dado gato por liebre o libertad para escuchar la rutinaria tarde de fútbol con alguna suerte de transistores intra-concierto...?)

Conscientes de la potencia pedagógica de la palabra, los responsables del Festival Pórtico do Paraíso, que dirige Juan Enrique Miguéns, han precedido las dos partes de este concierto de una breve introducción-explicación sobre cada una de las obras; una amena alocución que ha puesto al público en aviso, al tiempo que motivado para un viaje por la historia de la música, por algunos de los capítulos de la modernidad atemporal que recorre los caminos del estilo, con estaciones hoy en Rameau, Ravel, Rzewski y Verdú.



Celefax Reed Quintet
©2010 by Paco Yáñez


De Jean-Philippe Rameau (1683-1764) pudimos escuchar una selección de diez piezas provenientes de su Segundo libro para clavecín (1724), en un arreglo realizado por el propio saxofonista del Calefax, Raaf Hekkema. El arreglo de Hekkema es realmente brillante, y enfatiza la elegancia consustancial a esta música, así como el dinámico sentido de las diversas danzas: allemande, rigaudon, courante, etc. La mayor parte de las piezas se basan en un fluido contrapunto en el que a menudo se agrupan fagot y clarinete bajo, produciendo una sonoridad muy grave, con cierta resonancia que recuerda al bajón de la música antigua, aunque siempre eche uno de menos la sonoridad de los instrumentos de época al abordar estos repertorios. Con todo, nos hemos encontrado con momentos brillantísimos, como la quinta pieza, ‘Le rappel des oiseaux’, de un virtuosismo extremo en oboe d’amore y saxofón soprano. Compases en trino imitativo de los pájaros, un sólido apoyo contrapuntístico y un sentido rítmico muy preciso han marcado una pieza afianzada por el notable empaste y coordinación del Calefax para abordar esta música naturalista tan del gusto francés del siglo XVIII. El resto de las piezas han sido igualmente interpretadas de forma refinada y brillante, tanto los pasajes a tutti, en los que el Calefax tiene una endemoniada capacidad para hacer audibles cada una de sus voces, como los diversos diálogos polifónicos, marcados por el equilibrio, el control dinámico y una sensibilidad para el tempo a través de accelerandi y ritardandi digna de encomio.

La composición que cerró la primera parte del concierto fue el Libro de glosas (2008), de José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968). No estamos ante una obra mayor en el catálogo del andaluz, pero sí ante una pieza que nos permite reencontrarnos con las señas de identidad de este compositor clave en la música española actual. Basada en la técnica instrumental de la variación, característica del siglo XVI, y en España desarrollada a través de la glosa, el Libro de glosas toma en cada una de sus cuatro recercadas una cita de un compositor renacentista. Ello nos remite a lo que ya hiciera en su tiempo Diego Ortiz, con su Tratado de glosas, aquí actualizado y conducido hacia la ‘Batalla’ final, en la que Verdú procede a una suerte de recapitulación de estas ‘búsquedas por variación’ previas, además de hacer audibles temas de compositores como Ximénez. En su progresión, el Libro de glosas alterna pasajes de una estética plenamente contemporánea, con llaveteos de los instrumentos, espectros sonoros inestables, soplidos sin tono específico y el trazado de texturas de apariencia electrónica, marca de la casa de Verdú, así como ciertos motivos rítmicos en crescendo de saxofón que nos remiten a las típicas masas magmáticas del algecireño. El tratamiento de las citas históricas es muy diverso según las distintas recercadas, con momentos de plena deconstrucción del material, que hace emerger de un verdadero campo de ruinas, silencios y sombras, y otros de mención más explícita, con un gran papel para el contrapunto a la hora de tratar el tema y otorgarle una apariencia renovada. La ‘Batalla’ final resulta muy incisiva y rítmica, aunque más convencional en su sonido como quinteto de vientos, con una sólida y aguerrida presencia del clarinete bajo. El uso de la fuga, revisitada desde criterios actuales, no hace, como el resto de la obra, sino hablarnos del diálogo continuo que Verdú establece con el pasado, cuyos materiales, auras y aromas (aquí renacentistas) se permite retomar para actualizar su música y darle un sentido moderno dentro de una tradición en la que plena y conscientemente se enraíza... O sea, aquello del “ritorniamo all’antico e sara un progresso”.

La segunda parte del concierto la abrió otra propuesta estrictamente contemporánea, Reeds (2010), de Frederic Rzewski (Westfield/Massachussetts, 1938), obra que como el Libro de glosas está dedicada al Calefax Reed Quintet. Tampoco podría afirmar que Reeds se encuentre entre las obras capitales de Rzewski, pero en ella percibimos igualmente la maestría del americano en su manejo de las voces y el equilibrio estructural. Esta sabiduría alquitarada en su larga trayectoria como intérprete se transmite al compositor, que no duda en abismarse en los campos cromáticos y melódicos, así como en la fuga y el contrapunto, siempre dotando de una gran consistencia tanto al conjunto como a los matices individuales de cada viento. La de Rzewski es otro tipo de contemporaneidad muy distinta a la de Verdú, cuando menos en estas dos propuestas, de ahí que el contraste y la vivencia de ambos estilos sea siempre de agradecer. El tratamiento de Rzewski es más convencional, y sólo se permite alterar el sonido del quinteto introduciendo en repetidas ocasiones lo que los americanos denominan ‘arpa de boca’, así como la armónica. Ello nos remite al ambiente sureño, a esa New Orleans en cuya música Rzewski se inspira para sus lengüetas, para su Reeds, y que además de aportar un espíritu desliza asomos de ciertas modalidades jazzísticas. La interpretación de los compases con arpa de boca la realiza el saxofonista, con un ritmo en ostinato, por momentos con los restantes músicos, por momentos en solos que parecen desarrollarse en un paisaje desértico, después de pasajes muy orgánicos, en un quinteto que juega repetidamente con la desintegración de las voces, en procesos de unidad-discrepancia sonora. Convencen algo más los pasajes con armónica a modo de contrapunto, que nos conducen hacia un final desolado y calmo muy marcado por las texturas tramadas en forma de red.

Por último, de Maurice Ravel (1875-1937) pudimos escuchar los tres primeros números de la Rapsodie espagnole (1907-08). ‘Feria’ no ha sido incluida en esta nueva transcripción a cargo de Raaf Hekkema, que opta por la Alborada del gracioso (1905/1918) para cerrar su ciclo raveliano. No resulta este arreglo tan pertinente como el de Rameau, y si allí escuchábamos cómo proliferaban los colores a partir del original para clave, aquí el referente original para orquesta que todos llevamos en la memoria hace que esta versión palidezca un tanto, con su color un mortecino, carente de la riqueza tímbrica que Ravel lograra en su orquestación. Tampoco creo que el Calefax haya dado en el clavo en cuanto a carácter, con un Ravel de apuntes casi más cercanos al jazz que a la música española. La lectura de la Alborada del gracioso me ha gustado un poco más, tanto por lo que a la transcripción se refiere como por su interpretación, con un magnífico Alban Wesly al fagot ejerciendo prácticamente de continuo, y un virtuosismo general que hace, como en las anteriores piezas, del equilibrio una perfecta vía hacia la audibilidad plena de cada motivo, en toda una disección musical de los temas no exenta de expresividad.

La respuesta del público a esta propuesta plural, a este viaje a través del tiempo, fue de entrega total, con prolongadas ovaciones que obligaron a los miembros del Calefax a brindar hasta dos bises en los que revisitaron los pentagramas de Rameau, tan primorosamente ejecutados como en la primera parte. Se cerraba así un festival que ha vuelto a contar con una afluencia de público y una excelencia musical en los conciertos realmente sobresalientes. Todo ello no hace más que añadir nuevas preguntas a las que uno ya se formulaba viajando hacia Ourense a lo largo del día...

¿Por qué se perpetúa (¡y agrava!) la marginalidad de la música actual en nuestras programaciones?... ¿Por qué (¿y quién consiente con impunidad?) estas recurrentes excusas que sólo buscan la comodidad de unos pocos y la rutina del no-pegar-palo-al-agua?... ¿Cómo podemos permitirnos el seguir descolgándonos cada día más del transcurso histórico, sin apenas escandalizarnos por ello?... ¿A qué grado está llegando la irresponsabilidad política en la dirección de los órganos culturales y musicales que supuestamente tienen como una de sus funciones ejercer de catalizadores para el arte del presente como conciencia de nuestro tiempo?... A estas preguntas contrapongo hoy, como lo podría haber hecho otro día, el pleno de personas que expectantes y ovacionantes asistieron al concierto de clausura del Festival Pórtico do Paraíso; y, ojo, esto no significa que el público se convierta en dueño y señor de las programaciones, ni en el elemento que imponga modas o estilos al creador, porque cierto es que existen estéticas más minoritarias y con todo el derecho a su cuota de presencia en los escenarios. Ahora bien, incluso para el acercamiento del público a esas músicas el papel de programadores y directores artísticos es fundamental, posibilitando y no cercenando. Para ello se precisan, claro está, verdaderos dinamizadores culturales, inteligentes, cultos, amantes de la música como realidad amplia y viva, así como conscientes de su responsabilidad formativa e histórica; y no grises gestores que ni aman la música ni la sirven para que ésta continúe viva y no coartada por los poderes reaccionarios de turno... Quien tenga oídos, que escuche; quien tenga ojos, que lea; y quien tenga capacidad, que comprenda…


Este artículo fue publicado el 24/03/2010

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Comentarios:
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Maruxa Baliñas 24/03/2010 16:20:43
Estimado MVG,
ya está corregido el error. Gracias por el aviso


MVG 24/03/2010 12:10:02
El nombre correcto del grupo es CALEFAX, no Celefax, como aparece varias veces en el texto.
http://www.calefax.com/home_en.asp


Tresde 24/03/2010 9:28:13
Gracias Paco Yáñez por ese contundente párrafo final, intenso y lúcido. Uno ya se conformaría únicamente con que sus preguntas recibiesen respuesta de los que tienen la llave de estas cuestiones. Aunque fuese negativa. Al menos se les obligaría a reflexionar. Pero me temo que les da y les dará absolutamente igual.

maite 24/03/2010 0:15:19
Esa obra de Verdú la conozco, por internet ya circula. Creo que es una obra espléndida, pero es una obra de puro divertimento de su autor. Le oí en una entrevista que la hizo por el puro placer de moverse con autores del XVI que le resultan tan queridos. Según entendí muchas de las cosas que suenan no son citas, sino que él se ha inventado las citas, e incluso la batalla esa final que es muy divertida. No creo que todas las obras de un compositor deban ser serias, capitales, profundas; en este caso es una gozada de obra, te pone entre dos mundos, y el sonido te embarga... Por cierto que la están tocando por todo el mundo, y en España ya sé de alumnos de conservatorios que la han tocado o la van a tocar, por ejemplo en Mallorca. Pues eso, música y divertimento y jugueteo. Eso sólo lo hacen, o se lo permiten, los GRANDES. Y este Verdú está sobrado.


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