
Octavo registro de esta serie y segundo de los dedicados a pianistas en actividad, luego del consagrado a Joaquín Achúcarro. Obvio resulta, sin duda, hablar de los méritos de Josep Maria Colom para figurar en este -por ahora- reducido círculo de elegidos. Es un intérprete que no sólo ha actuado con asiduidad, sino que además tiene una vasta discografía, que abarca la producción completa para el teclado de autores tan disímiles como Brahms, Falla, Mompou o Blasco de Nebra.
Tres compositores son los incluídos en este compacto, que se abre con dos páginas de Fryderyk Chopin, un creador con el que, en primera instancia, no se vincula particularmente al pianista catalán. Un preconcepto que puede quedar un poco de lado luego de escuchar las cuidadas y muy apropiadas versiones de Colom. Ambas obras están interpretadas con absoluta pulcritud aún en los pasajes más intrincados, lo que habla bien a las claras del gran dominio del teclado del artista. Pero además se las escucha muy logradas en lo musical, sin exageraciones pero también sin un ascetismo que las podría volver insulsas. Hay abundante empleo de un
rubato amplio y bien expresivo, nunca fuera de lugar, el fraseo es muy elegante y el rango dinámico dilatado, desde
pianissimi etéreos hasta momentos de sonido bien pleno y poderoso.
Si bien la traducción de la
Barcarola en fa sostenido menor tiene suficiente entidad y validez, me parece que el punto más alto de este Chopin hay que ubicarlo en la
Balada nº 4, de la que Colom ofrece una excelente lectura, de amplias fronteras expresivas, que partiendo de la serenidad, sencillez y dulzor con que ataca el 'Andante con moto' inicial lo llevan, tras un devenir muy bien controlado, a una brillante y convincente sección conclusiva.
Parejas cualidades se pueden detectar en el resto de las composiciones escogidas, tocadas con una técnica impecable -es casi virtualmente imposible localizar una sola nota fuera de lugar o rozada de manera involuntaria- y un perfecto acercamiento estilístico. Los tiempos de Colom son siempre los adecuados a la vez que el empleo del pedal está muy bien dosificado.
Las tres piezas que componen el ciclo
Estampas ('Pagodes', 'La soirée dans Grenade' y 'Jardins sous la pluie') son un modelo de absoluta fidelidad a todos y cada uno de los mil detalles de la partitura a la vez que de correcto servicio a los ámbitos, climas o sensaciones creados por Debussy. Mientras que en
L'isle Joyeuse, con la que se completa el bloque de páginas consagradas al insigne músico galo, hay una llamativa luminosidad muy mediterránea con la que Colom impregna por completo la obra, otorgándole un halo diríase refulgente. El final de esta joyita, llevado con mano maestra, es un momento de gran lucimiento, muy a destacar.
El último de los autores abarcados en Maurice Ravel, del que en primer término se escucha una muy lograda lectura de sus tan característicos
Jeux d'eau, donde la dilatada paleta tímbrica y de volúmen del pianista nos permite oscilar de la sutil delicadeza de los torbellinos líquidos a los fogonazos de luz de intenso poderío sonoro. Lo que no termino de comprender es la ubicación dentro del compacto de esta obra, entre Chopin y Debussy y no junto con la otra página de Ravel. La única explicación plausible es que se quiso mantener un orden estrictamente cronológico (Chopin es siglo XIX,
Jeux d'eau de 1901,
Estampes de 1903,
L'isle Joyeuse de 1904 y el
Gaspard de 1908) pero no me parece un criterio demasiado inteligente. De cualquier forma, es un detalle absolutamente menor y muy poco trascendente dentro de un registro altamente valioso.
Llegamos asi finalmente a la última obra de las incluídas en el compacto, la más importante página pianística salida de la pluma de Ravel y la cumbre de su legado instrumental, ese célebre
Gaspard de la Nuit inspirado en Aloysius Bertrand, cuyo número conclusivo se considera una de las obras más difíciles de las escritas para teclado. En manos de Josep Colom, los tres fragmentos que componen el
Gaspard poseen una significativa e importante vida propia: 'Ondine' con sus claroscuros, sus sonoridades veladas y sus continuas alusiones al mundo acuático y al canto de la ninfa; 'Le gibet', donde luce variadas gradaciones de timbre y pureza de líneas dentro de la mórbida decadencia que emana de sus 52 compases, con ese constante repiqueteo del 'si bemol' -la campana distante. Y 'Scarbó', la diabólica figura distorsionada, plena de giros y movimientos intrincados, repeticiones de notas rapidísimas y un par de grandes eclosiones sonoras, el trozo que mejor permite el lucimiento del considerable virtuosismo del concertista catalán.
Los aspectos técnicos del registro son altamente satisfactorios. Pese a provenir de tres fuentes distintas, no hay diferencias ostensibles entre las tomas. El piano se escucha con adecuada presencia y grata calidad de sonido, armonioso y cálido.
Este artículo fue publicado el 13/12/2007
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