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Delirante entusiasmo

Venecia, 07/11/2010. La Fenice. L’elisir d’amore, melodramma giocoso en dos actos, libreto de Felice Romani, de Le philtre de Eugène Scribe, música de Gaetano Donizetti. Primera representación absoluta Teatro alla Canobbiana, 12 de mayo de 1832. Regisseur, Bepi Morassi. Decorados y vestuario, Gian Maurizio Fercioni. Iluminación, Vilmo Furian. Producción de la Fondazione Teatro La Fenice. Personajes e intérpretes principales: Adina: Désirée Rancatore; Nemorino: Celso Albelo; Belcore: Roberto De Candia; Il dottor Dulcamara: Bruno de Simone; Giannetta: Oriana Kurteshi. Orquesta y Coro del Teatro La Fenice; maestro del Coro Claudio Marino Moretti. Maestro concertador y director, Matteo Beltrami.
imagen Este otoño La Fenice presentó L’elisir d’amore. El teatro continuó así -la crisis determina el repertorio- con una temporada compuesta en gran parte por títulos tradicionales abandonando, al menos por ahora, el itinerario tan innovador que había emprendido en los últimos años. El célebre título de Donizetti es, junto al Barbiere rossiniano, obra nacida tres lustros antes, uno de los primeros casos de óperas que nunca han perdido el favor de los escenarios teatrales. Sus músicas, sus frases, sus trovate son tan conocidas por el público que siempre representan un arriesgado desafío para el teatro que las presenta. En Venecia, Nemorino fue el extraordinario Celso Albelo. ¡Qué decir! Un gran gran artista y los nostálgicos de siempre podemos decir “como los de antes”. Su musicalidad, su timbre claro, su gestualidad en el movimiento, estuvieron al servicio del campesino vasco ingenuo y de buen corazón que Romani y Donizetti imaginaron. Lo hizo de la mejor manera.

Giacomo Lauri Volpi “el tenor de la voz eterna”, que había cantado con Chaliapin y que había sido dirigido por Toscanini alguna vez, se encontró con el jovencísimo Alfredo Kraus. El entonces tan célebre tenor endosó al casi debutante colega canario un consejo que, humildemente, me permito copiar pensando en Celso Albelo. Cuenta Lauri Volpi que, a Kraus, “Le sugerí que no se dejase seducir por el espejismo de la ‘ópera verista’ y atenerse a su legitimo repertorio: Sonnambula, Don Pasquale, Barbero de Sevilla, Elisir d’Amore. En aquel momento no había en los grandes teatros un verdadero cantante de estas operas que exigen un riguroso respeto al estilo y al ritmo, facilidad de medias-voces, matices y filaturas: en suma, un virtuosismo inteligente y pronunciación nítida y correcta; todas las cualidades que poseía el nuevo tenor, el cual aceptó la sugerencia y me quedó reconocido, ya que no tuvo rivales en aquel período y fue solicitado por los primeros teatros del otro lado del Océano.”


Fotografía © 2010 by Michele Crosea

Con el emocionado recuerdo de las afortunadas veces en que aplaudí a Kraus (La Favorita, I Puritani) encuentro en Albelo aquellas virtudes que se señalan en el párrafo anterior: el respeto, la inteligencia, la ductilidad en la dinámica, la diamantina articulación silábica…Estoy seguro que todo lo que Albelo muestra de espontáneo y desenvuelto sobre el escenario es en cambio resultado de una reflexión artística profunda y disciplinada que deja poco al descontrol. El bis que concedió al público en delirio -obviamente ‘Una furtiva lagrima’- permitió cotejar ambas versiones. Los smorzandi, los rallentandi, el énfasis en el último tramo del agudo, la voz casi quebrada en el pianissimo, eran idénticos. Si Albelo consigue encauzar su carrera con análogo rigor estoy seguro que aplaudiremos su estrella durante mucho tiempo, cosa no de poco valor en estas semanas en que la partida de Sills, Sutherland y Verrett nos han dejado tan solos.


Fotografía © 2010 by Michele Crosea

Su compañera en la opera fue Désirée Rancatore. La habíamos escuchado hacia pocas semanas en Rigoletto. La soprano confirma la impresión de aquella ocasión si bien evidentemente la caprichosa e intranquila protagonista de L’Elisir da a esta artista siciliana mayores ocasiones para mostrar su notable dominio de la escena. Fue una compañera digna de Albelo y el público exigió también un bis a esta talentosa cantante (‘Il mio rigor dimentica’) que demuestra gran facilidad en la agilidad y en el agudo. Lamentablemente su voz, de color claro, paga el precio de aquellos malabarismos en la zona alta del registro mostrando a veces una emisión acerba.

Dulcamara fue uno de los más importantes barítonos buffi de estos días, Bruno de Simone. El cantante resultó más que correcto. Su gran experiencia teatral le permitió ser excelente en lo escénico. De Simone fue muy digno en lo vocal. Su línea de canto si bien mórbida no fue siempre homogénea. El cantante, conocedor del mettier, supo aprovechar las cómodas notas centrales para mostrar entonces un volumen generoso.



Fotografía © 2010 by Michele Crosea

Muy bueno fue el Belcore de un cantante de trayectoria internacional como Roberto De Candia y resultó muy eficaz la Gianetta de Oriana Kurteshi.

La puesta en escena de Bepi Morassi no pretende sorprender con novedades pero es efectiva. Morassi alimenta su espectáculo declaradamente cameristico (boca de escena reducida) con numerosas ocasiones de simpático divertimento. Un grupo de soldados que acompañan el canto de Belcore remeda a los Beatles, el coro se mueve con ritmos de show televisivo y no falta una culta alusión a Senso de Visconti cuando en el inicio la célebre película muestra a la platea de la mismísima Fenice invadida por los volantes patrióticos que los subversivos italianos lanzan desde el loggione. Morassi mueve muy bien solistas y grupos.

La dirección orquestal de Beltrami acompaña con discreción y sin sobresaltos la propuesta de ordenanza de su colega reggisseur. Muy bien los grupos estables del teatro.

La estrella fue el tenor pero el entorno no desmereció en absoluto. Un espectáculo que recordaré por mucho tiempo. Un éxito rotundo que, de más está decir, el público subrayó con delirante entusiasmo.


Este artículo fue publicado el 16/11/2010

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