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La muerte de Juan Oncina

imagen Por más que estuviera en Barcelona cuando se produjo el deceso (29 de diciembre, según se me informa), no he leído hasta ahora (6 de enero, casi una semana después) en ninguna publicación (salvo en un sitio de Internet) reacción alguna ante el fallecimiento del tenor que residía desde hacía mucho tiempo en la ciudad, donde había nacido pero de la que había tenido que marcharse por su mala salud junto a su familia a Orán, donde se aficionó al canto (en realidad, su padre era un barítono que lo había dejado antes de empezar).

Había debutado con Manon e interpretado también Werther tras estudiar en Barcelona con Mercedes Capsir (quien lo hizo debutar a su lado en la aludida Manon en Gerona, además de llevarlo como ‘Paco’ la única vez que cantó él La vida breve y como ‘Paolino’ en Il matrimonio segreto que fue la despedida de la veterana artista del Liceu, entonces Liceo). Tuvo el visto bueno de Serafín en Italia, que de todos modos le recomendó mejorar su italiano. En sus posteriores estudios con Fornarini, alternó con la Favero, Gobbi, Prandelli y la joven sopranoTatiana Menotti, que se convertiría en su esposa de toda la vida hasta su fallecimiento en 2001 (alguno recordará su ‘Musetta’ en disco).

A ambos los conocí en un concierto en Santa María del Mar de Victoria de los Ángeles (de la que había sido compañero y camarada durante sus estudios en el conservatorio del Liceu, junto a, entre otros, Raimundo Torres y Rosa Sabater), cuando hacía poco que habían decidido instalarse definitivamente en Barcelona (lo volvería a encontrar regularmente en una oficina de la Caixa de Catalunya cercana a nuestros respectivos domicilios, pero ambos siempre con prisas, de esas que uno luego se pregunta por qué y para qué. Incluso trabajaba yo entonces en un instituto de bachillerato donde tenía como colega a una sobrina de su mismo apellido, que siempre intentó concertar una cena o entrevista sin resultado).

Más interesante que todo esto, lo había escuchado personalmente en su única actuación en Buenos Aires, cuando se presentó en 1961 en el Colón cantando el ‘Lindoro’ de L’Italiana in Algeri junto a la también debutante Oralia Domínguez, en un momento en que la ópera comenzaba a salir de su ostracismo.

Estaba pasando en ese momento de tenor ‘di grazia’, o sea básicamente un lírico ligero, a lírico pleno, aunque en ese empleo no cosechó tantas críticas favorables como le habían otorgado sus Mozart y Rossini (recordemos sus actuaciones en Glyndebourne y en el San Carlo de Nápoles, entre otros lugares). En 1951 había sido elegido por la RAI, cuando se emprendió la primera grabación del ciclo completo de las óperas de Verdi con motivo del cincuentenario de la muerte del compositor, para el papel de su cuerda en la más impersonal de las obras del maestro, Un giorno di regno.

En su época estaban Alva, Monti, Valletti, Misciano (y de alguno me olvidaré), así que la competencia era fuerte aunque todavía no había aparecido Kraus (que de todos modos se dedicó poco y nada a Mozart y Rossini) y nadie existía que se pareciera a Blake o Flórez. (Oncina fue un más que estimable ‘Elvino’ en La sonnambula).

Se trataba de un hombre de buena planta, elegante, simpático, ágil, de buen fiato y resistencia para las agilidades y de un timbre muy grato, con un canto fácil y un dominio -entonces no era tan necesario como ahora marcarlo- del estilo y del recitativo de las óperas del primer Ochocientos y del siglo XVIII. De aquella lejana Italiana recuerdo con particular agrado el aria ‘Languir per una bella’, tan elegíaca en su primera parte y brillante en la segunda, y el subsiguiente dueto con ‘Mustafá’ (Raffaele Arié) ‘Se inchinassi a prender moglie’, cantado con gran picardía y entusiasmo

Hizo su carrera con dignidad, buen gusto, seriedad y profesionalidad. Merece un recuerdo y el respeto por quien no fue un meteoro ni un producto de alguna casa de discos y que se puso más a prueba en los teatros de ópera que ante los micrófonos o en largas giras de conciertos para publicitar un disco cuidadosamente diseñado (hasta en el título) con el ojo puesto en las ventas antes que en los autores a los que un intérprete debe servir.

Seguramente, como se dice, descansará en paz porque cumplió bien y haciendo lo que mejor sabía y más le agradaba en su paso por la vida. Los que ahora lo han olvidado han demostrado una vez más, además de su ignorancia y/o mediocridad (la una suele ir con la otra), lo que les importa el trabajo honrado de los que han hecho, cada uno en su nivel, la historia reciente del género lírico. No es algo que esté hoy limitado al mundo del la ópera o de la música clásica en general, pero cuando el fenómeno llega a invadir estas esferas antes preservadas de la desmemoria programada (de modo deliberado e interesado en muchas oportunidades) hay como para ponerse nerviosos. Aunque seguramente lo habrá notado, espero que sin resentimiento ni amarguras, Oncina también habrá sabido que él había hecho lo correcto. Quod demonstrandum erat.


Este artículo fue publicado el 08/01/2010

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Referencias:


Juan Oncina