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Los inconvenientes de una acústica imperfecta

Buenos Aires, 28/08/2007. Teatro Coliseo. Nancy Gustafson, soprano. Symphonica Toscanini. Lorin Maazel, director. Albert Roussel, Suite nº 2 de ‘Bacchus et Ariane’. Richard Strauss, Danza de los Siete Velos y Escena Final, de la ópera 'Salome'. Ottorino Respighi, Fuentes de Roma y Pinos de Roma. Concierto extraordinario del Mozarteum Argentino. Homenaje a Arturo Toscanini en el 50º aniversario de su muerte
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El Teatro Coliseo -adonde ha sido derivada gran parte de la actividad musical de la ciudad de Buenos Aires mientras dure el reacondicionamiento del Colón- dista mucho de tener la notable condición acústica de éste, que permite una excelente audición desde (casi) cualquier lugar. En el Coliseo en cambio, la calidad, claridad y cantidad de lo que se escucha depende en alto grado de la ubicación del oyente.

No tuve en esta oportunidad demasiada suerte con los asientos que me fueron asignados, muy alejados del eje central de la sala y totalmente escorados hacia la derecha. Por tanto, la imagen sonora que llegó a mis oídos debe diferir bastante de la que percibieron quienes estaban mejor situados, en especial durante el fragmento en que intervino la soprano, ubicada, como es habitual, a la izquierda del director.

Pese a este problema, alcancé a apreciar una labor altamente satisfactoria de la estadounidente Nancy Gustafson, que hacía su debut aquí, tras no menos de tres visitas anteriores frustradas. Posee Gustafson un registro muy amplio, que le permite ascender a los inclementes agudos del rol de `Salome´ sin aparente esfuerzo y descender con buena calidad a notas muy graves, más propias de una contralto. Aunque la voz me parece algo liviana para las exigencias del papel, está muy bien trabajada y es pareja en todos los registros. Dotó a su trastornado personaje de honda dramaticidad y variados matices para pintar sus diferentes estados de ánimo, sin quebrar nunca una excelente línea de canto.

Cabe consignar que la intervención de Gustafson comenzó en la frase "es ist kein Laut zu vernehmen" (antes de la ejecución de Jokanaan) con la escena que precede al verdadero final de la ópera, que se inicia cuando le presentan la cabeza del profeta ("Ah! Du wolltest mich nicht..."). Maazel y la orquesta, reales co-protagonistas en todo momento -es bueno recordar que Alfred Newman describió esta Escena Final como "un poema sinfónico con voz solista"- tuvieron un espléndido comportamiento.

Eso sí, me pareció totalmente innecesaria esa narración en off explicando el argumento completo de la ópera antes del comienzo de este fragmento. Máxime cuando -cosa inusual en concierto pero desde luego muy bienvenida- los textos traducidos iban a aparecer aprovechando el sistema de sobretitulado con que cuenta la sala.

El programa se había abierto con una cuidada y sensual versión de la Suite nº 2 del ballet Bacchus et Ariane, de Albert Roussel, que ya permitieron ver la gran calidad del nuevo conjunto así como la afinidad de Maazel con este tipo de repertorio. Hubo excelentes solos instrumentales, perfecto ensamblaje del conjunto y enorme vitalidad rítmica, tan característica del autor francés. El final, un dechado de precisión y ajuste.

Un detalle que me llamó la atención en lo que hace al conjunto orquestal fué la disposición de las cuerdas, algo diferente de lo habitual, con violas y violonchelos permutando su posición (las violas en la parte exterior derecha del director, los violonchelos hacia adentro, entre violas y segundos violines). Posiblemente con la idea de lograr una mayor proyección sonora de los violonchelos, que por lo general tienen partes más destacadas que las violas.

Como aperitivo a la intervención de la soprano, pudo escucharse la 'Danza de los Siete Velos', también de la ópera Salome de Richard Strauss, en una vibrante y explosiva versión de Maazel y la Symphonica Toscanini. De nuevo hubo muy buenos solos instrumentales -oboe y clarinete en particular- pero además perfecta afinación de la cuerda -como ejemplo, baste esa peligrosa aparición de uno de los temas en sobreagudo, hacia el final, tocada con gran impulso y de forma ejemplar.

Pese a que la orquesta utilizada para los fragmentos straussianos ocupaba casi de forma íntegra el escenario del Coliseo, se trataba, en rigor de verdad, de lo que se conoce como "orquestación reducida", eufemismo que empleó el compositor bávaro para hablar de un conjunto de grandes dimensiones pero algo menor que el descomunal para un foso (105 ejecutantes) exigido en la orquestación original.

Toda la segunda parte de la velada estuvo dedicada a dos de los tres "poemas romanos" de Respighi, Fuentes y Pinos. Maazel, hacedor de esta nueva agrupación, formada en su mayor parte por elementos italianos, parecía encontrarse muy a gusto a su frente, lo que no resulta nada extraño dada su calidad. El director, célebre por el cuidado con que encara los aspectos tímbricos de la música que interpreta, logró una inmensa variedad de colores y texturas en las diferentes partes -tan disímiles entre sí- que componen ambas obras.

Hubo muchos momentos dignos de destacar. Por solo mencionar unos pocos, el refinamiento y la calidez tanto al inicio como al final de Fuentes, la vivacidad y chispa en la apertura de Pinos o la suntuosidad y poderío con que esta misma obra concluyó. Una vez más, hubo más de un pasaje de gran lucimiento para las maderas solistas -flauta, oboe y clarinete en este caso- o los metales por su brillo y homogeneidad, con también algún solo digno de mención (el de trompeta fuera de escena). En cambio me pareció algo exagerada la amplificación dada al canto del ruiseñor que se escucha hacia el final de ‘I Pini del Gianicolo’, que le otorgó excesiva preponderancia.

En suma, un concierto más que atractivo, en el que volvimos a contar con la presencia de una de las grandes batutas de los últimos tiempos -viejo conocido de nuestro medio, en el que ha actuado al frente de los más diversos conjuntos- a la vez que pudimos tomar un primer contacto con una excelente cantante y una orquesta de real calidad.



Este artículo fue publicado el 17/09/2007

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