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La ruptura de la credibilidad

Venecia, 24/04/2012. La Fenice. La Sonnambula, música de Vincenzo Bellini, libreto de Felice Romani. Primera representación mundial: Teatro Carcano de Milán, 6 de marzo de 1831. Regisseur: Bepi Morassi. Escenografía. Massimo Checchetto. Vestuario: Carlos Tieppo. Ingeniero de luces: Vilmo Furian. Personajes e intérpretes: Il conte Rodolfo: Giovan Battista Parodi (21, 24, 28/ 4 - 17, 25/ 5) y Federico Sacchi (20, 22/ 5); Teresa: Julie Mellor; Amina: Jessica Pratt; Elvino: Shalva Mukeria; Lisa: Anna Viola; Alessio: Dario Ciotoli; Un notaro: Raffaele Pastore (21, 28/ 4 - 20, 25/ 5) y Emanuele Pedrini (24/ 4 - 17, 22/ 5). Maestro concertador y director: Gabriele Ferro; Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Maestro del Coro: Claudio Marino Moretti. Nueva producción de la Fondazione Teatro La Fenice. Fechas de los espectáculos 21, 24, 28 de abril, 17, 20, 22 y 25 de mayo de 2012
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Con acierto, La Fenice programó este estupendo título del belcanto que es un tratado de cantabilidad. Así como se recurre a los corales de Bach para aprender armonía, las óperas de Bellini son acabado emblema de la concepción horizontal, melódica. No por casualidad, Verdi admiraba del catanés “le melodie lunghe, lunghe, lunghe, lunghe”. Se esperaba esta presentación con esperanza porque el difícil papel de la protagonista estaba confiado a una artista que había merecido excelente impresión en una reciente Lucia di Lammermoor y la mayor responsabilidad musical a un director de orquesta de muy reconocida experiencia, Jessica Pratt y Gabriele Ferro, respectivamente.

La parte escénica fue confiada a un regisseur local, es más, localísimo, porque se trata del responsable de producción de la Fondazione del Teatro La Fenice, Bepi Morassi.

La labor de Morassi, en el primer acto, muestra una acción construida con el mayor realismo. Nos encontramos en los años ’30 en una localidad turística de los Alpes suizos, con funicular y todo. Una bandera omnipresente recuerda que estamos “In Elvezia”. En pos de dinamismos -¡que poca confianza tienen algunos en las ópera y que miedo tienen los regisseurs de aburrir al público!- Amina se mueve mucho y es muy caprichosa, arroja a tierra los ramos de flores que descarta, rompe esquelas de personas que le resultan antipáticas. Por su parte, la gestualidad que se pide al intérprete de Alessio contribuye definitivamente a transformar esta larmoyante opera semi-seria en una opera semi-buffa. Hasta aquí todo aparece bastante coherente y no hay aparentes contrastes entre el gesto y lo que se dice. Convence la justificación desde lo cursi de la presentación del coro que han organizado los amigos de Amina. Ante el homenaje, la novia, acentuando aun mas su distancia con el sentimentalismo romántico que en esta situación es habitual, se muestra distraída y hasta aburrida de este tipo de exhibiciones y mientras los coristas se prodigan en gestos y canticos se preocupa de atender llamadas telefónicas. Resulta de todo esto muy bueno el movimiento de las masas y el resultado es original, hasta se baila un valsecito de fiesta paisana.

Pero después, en el segundo acto, el juego dramático impone un vuelco. La felicidad despreocupada empieza a destruirse. En un momento crucial del texto, Elvino que se cree traicionado por su amada, descubre que también es engañado por Lisa, la esposa reemplazante que había elegido por despecho. El inconsolable dolor supone consecuentes respuestas por parte de Bellini que dan pie a las maravillas del compositor siciliano, pero… ¿cómo piensa Ud. que ha reaccionado el público de la Fenice? ¿Habrá sufrido con el protagonista, lo ha comprendido y a través de esa compasión ha entrado en empatía musical con lo que la melodía proponía? Nada de eso, la platea de la Fenice vio en el Elvino de Morassi nada más que un idiota doblemente engañado, y aquel dolor fue recibido con sonoras carcajadas.

Encuentro esto sumamente importante. Me pregunto: ¿quién fue el responsable de semejante ruptura de la credibilidad, de esa destrucción del contrato ficcional entre la escena y el público? ¿Habrá sido el ingenuo Felice Romani, el dramaturgo inepto de Vincenzo Bellini, o en cambio la superficialidad del responsable escénico que ha cebado de realismos a los espectadores? No tengo duda alguna. Beppi Morassi pagó a precio altísimo sus salidas divertidas del primer acto. Su total lejanía con la obra de arte que tuvo que presentar hizo que se haya vendido al realismo desprejuiciado sin entender en absoluto lo que tenía entre manos. Si uno se propone contar la historia de Caperucita Roja y se pasa el tiempo describiendo la condición social de una jovencita proletaria que debe atravesar un bosque para visitar a sus parientes carentes de seguridad social, es muy difícil que su auditorio sea cómplice de la ficción cuando llega al punto en el que en la cama de la abuela, la señorita de marras encuentra un lobo disfrazado.

No basta leer un libreto para entender una ópera. Existen, mas allá de las palabras, estilos y convenciones cuya ignorancia supone la catástrofe. Un regisseur puede jugar con las ambientaciones temporales y desatender los pedidos de las indicaciones escénicas de los libretistas a cambio de haber llegado a la esencia de un objeto lirico. La distancia de Morassi con esa esencia fu evidente y su fracaso, mas allá de aciertos de detalle, fue solo comparable al que el mismo Morassi sufrió en aquel L’inganno Felice que puso en el Malibran: entonces la lúgubre opresión de su escena fue lo más distante imaginable de la paleta rossiniana.



La parte musical fue confiada a una batuta muy conocida, la de Gabriele Ferro, que condujo a su conjunto a momentos de gran lirismo, pero a veces con tempi muy dilatados lo que atacó en alguna ocasión a la coherencia del dialogo y a que se perdiese la tensión dramática. De todas maneras, el maestro gobernó con sabiduría los grandes momentos de conjunto y sobre todo el incomparable Finale primo.

La soprano Pratt, que ya escuchamos en el teatro en Lucia, está dotada de medios vocales excepcionales. Es afinada, tiene agudos eficacísimos, posee filati sorprendentes y pianissimi estupendos. Presentó una Amina muy digna, pero con una expresividad convencional y sin emoción.

El tenor Shalva Mukeria posee una bella voz que recuerda timbres antiguos. Sus virtudes vocales son evidentemente más limitadas a las de su compañera, pero, sobre todo compuso un Elvino carente de espesor y sin trascendencia. Ninguna de sus propuestas solísticas fue aplaudida.

La parte del Conte Rodolfo fue interpretada por Giovan Battista Parodi. De su labor resultó una composicion del personaje ruda, carente de finezas. Parodi cantó con una emisión entubada. Tuvo dificultades de afinación en la parte grave del papel.

Bien el resto de los participantes. Lisa realizó muy bien su ingrata y exigente parte. Alessio resultó convincente en lo vocal y en lo actoral. La Teresa de Julie Mellor fue digna.

El trabajo de la orquesta fue óptimo. Los bronces fueron afinados y mórbidos, incluso en las partes más expuestas. El excelente coro fue compacto y dúctil.

Los colaboradores en la escena de Morassi obviamente hubieron de seguir las líneas que el regisseur impuso. Dentro de estos límites fueron muy apreciables las labores de sus compañeros de equipo, el escenógrafo Massimo Checchetto, el figurinista Carlos Tieppo y el responsable de las luces, Vilmo Furian.

Resultado general, opaco. Lástima grande, con el material que se tenía a disposición se podría haber logrado algo más convincente. En esta época de aprietos económicos resulta incompresible que los recursos sean confiados a personas que, más allá del curriculum, estén, en lo profundo, tan lejos de la ópera. Esto no vale sólo para lo escénico: la Fenice ha confiado la responsabilidad musical de “direttore principale” a un joven maestro que recién el año pasado ha dirigido una ópera por primera vez. No discuto en absoluto las habilidades artísticas de Diego Matheuz, pienso, eso sí, que en otros tiempos se llegaba a una responsabilidad estable en un teatro internacional de ópera con una importante experiencia lirica.

El constante pedal sonoro provocado por el aire acondicionado hace dudar de la necesidad de esforzarse para conseguir una buena acústica en los teatros.

Lleno completo con un público que economizó sus manifestaciones de entusiasmo.



Este artículo fue publicado el 29/05/2012

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Comentarios:


JGM 01/06/2012 0:29:29
¿La guillotina como tratamiento contra la caspa? Sea como fuere, yo no tengo intención de callarme tan pronto...

Madame Guillotine 31/05/2012 0:20:55
Por mucho que proteste la vieja guardia del Ancien Régime, la Modernidad triunfará y los que quieran hacer del Arte un Museo en el que Admirar su casposa concepción del Mundo pronto callarán para siempre.

JGM 30/05/2012 13:06:17
Me gusta mucho la inteligente valoración que en esta crónica se hace de la incapacidad del director de escena y su desconocimiento de la materia que tiene entre manos. Se trata de un fenómeno tan extendido como incomprensible. ¿No queda ya nadie que esté en condiciones de dirigir escénicamente una ópera con un mínimo de competencia? También sorprende muy tristemente la noticia de que el nuevo director musical de La Fenice sea un músico sin experiencia en la ópera. ¿Decadencia o corrupción? ¿O ambas cosas a la vez?


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