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Mahler ante la princesa

Madrid, 26/05/2005. Auditorio Nacional. Gustav Mahler, Sinfonía n. 2 en Do menor ‘Resurrección’. Ruth Ziesak, soprano. Jennifer Larmore, mezzo. Orquesta y Coro de Radio Televisión Española. Orfeón Pamplonés. Adrian Leaper, dirección musical. Ocupación: 80 %
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Cuando el crítico de Mundoclasico.com se indispuso de forma bastante dramática en medio del concierto, yo, su invitado, entré en servicio. Cumpliendo con el deber, respondí la llamada.

El momento más excitante del concierto de celebración del cuarenta aniversario de la Orquesta Sinfónica de RTVE fue, por supuesto, no la Sinfonía n. 2 de Mahler, sino la entrada de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias en medio de una ráfaga de flashes, escoltas corriendo de un lado a otro y toda la murmurante audiencia estirando el cuello para lograr una imagen de la pareja real y de la masa de luminarias culturales y políticas que la rodeaban. La princesa Letizia estaba arrebatadora con su conjunto de seda en tonos coral y naranja.

Después de semejante comienzo el concierto sólo podía defraudar. Pero no, la orquesta estuvo bastante bien. La Sinfonía n. 2 de Mahler es un largo y fatigoso ejercicio y la orquesta se enfrentó a sus dificultades correctamente. Las cuerdas sonaron especialmente ricas y ágiles. Discretos los metales, aunque adecuados, y no muy consistentes las maderas. El coro del movimiento final (fruto de la combinación del coro de RTVE y el Orfeón Pamplonés) también mostró algún que otro problema -un tenor tirante aquí o un bajo chillón allá- pero en general sonó excelente. Mi principal queja del coro fue en su primera entrada, un momento sencillamente mágico en el que el coro, tal y como indica Mahler, surge de forma casi inaudible y que fue de algún modo menos mágico por causa del mezzo-piano que se oyó el jueves.

No hay posibles quejas de la aportación de la mezzo, Jennifer Larmore, cuya interpretación de la rima infantil que conforma el breve cuarto movimiento (‘Ulricht’) fue inocente y profunda a un tiempo. No tuvo mucho que hacer la soprano Ruth Ziesak en el último movimiento, pero lo hizo bien.

Así que dado que todos los intérpretes parecían adecuados, ¿por qué todavía siento que algo faltaba? Sé bien que hablar de lo ‘efímero’ o lo ‘indescriptible’ en una crítica es muy peligroso; decir que a la interpretación sólo faltaba ‘ese brillo especial’ no exige pruebas y sólo muestra exceso de confianza del crítico en su propio gusto. Y sin embargo, las sinfonías de Mahler, quizás más que otras obras sinfónicas, deben sonar como la suma de las partes.

Una musicóloga, Carolyn Abbate, ha descrito el masivo y aterrador primer movimiento (subtitulado ‘Totenfier’ o ‘Festival de muerte’) como el sentarse ante una enorme ventana mirando bailarines que danzan una música que uno no puede oír. Parece una interpretación extraña, pero ha parecido adecuada a muchos oyentes porque, dada la célebre heterogeneidad de Mahler, la inmensa variedad de material musical parece, en una buena interpretación, producida por una lógica oscura, o por un plan musical que está fuera del alcance del oído. Disfruté el jueves de muchos bellos momentos, poderosos gestos y encantadores detalles. Pero me pregunto si alguien que escuchase la obra por primera vez diría que es algo más que un grupo de pasajes sueltos.

Eso sí, la princesa pareció haber disfrutado.



Este artículo fue publicado el 01/06/2005

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