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Javier Perianes o el grial del piano

El Escorial, 04/08/2012. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. Javier Perianes, piano. I. F. Chopin: Preludio op. 28, n.º 1; C. Debussy: Preludio n.º1 (Libro I) “Danseuses de Delphes”; Chopin: Barcarola; Debussy: L'isle joyeuse; Chopin: Berceuse; Debussy: Clair de lune (n.3 de la Suite Bergamasque); Les sons et les perfums (Preludio n.º 4); Chopin: Balada, n.º 4. II. M. de Falla: Nocturno; Serenata Andaluza; Cuatro Piezas Españolas; Fantasía Baetica. Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial
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Con tanta paciencia como constancia, perfilando y puliendo su temperamento singular, Javier Perianes ha dejado de ser la joven promesa para convertirse en uno de los más sólidos valores del pianismo español. Así lo ha demostrado en el concierto recientemente ofrecido en el Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial.

La primera parte del programa la dedicó a Chopin y a Debussy, no sólo juntos sino también revueltos o, por mejor decir, entreverados, original manera de destacar las concomitancias pero también los contrastes entre ambos compositores y, más aún, la forma en que el intérprete los aborda.

Por su claridad y fluidez, por su regularidad y equilibrio, el Chopin de Perianes es, más que correcto, académicamente impecable, y ello tanto en miniaturas -el Preludio op. 28, nº 1- como en piezas de salón -la Barcarola y la Canción de cuna- u obras de concierto, como la Cuarta balada. Ello no es óbice para que en ocasiones se eche en falta cierto brillo y coquetería, la gentil galanura, esa simbiosis de heroísmo íntimo y frivolidad mundana que en Chopin es la sal y la pimienta y sin la cual corre el riesgo de palidecer como una belleza perfecta ... aunque algo sosa y desvaída.

Respecto a Debussy -vaya por delante que su ejecución fue soberbia- el pianista ha descifrado dos claves mágicas. De un lado, el tocco flotante, étereo, evanescente, esa calidad tímbrica tan propia del fin de siècle que narcotiza al público en una bruma de opio. De otra parte -y en estrecha conexión con lo que antecede- la capacidad de sugerir formas y colores cambiantes a partir del hibridismo de las armonías bastardas. Su Claro de Luna, por ejemplo, nada tiene que envidiar al de los más grandes.

La segunda parte del recital fue una muestra de la trayectoria pianística de Manuel de Falla. Desde el decadente y juvenil Nocturno hasta la monumental Fantasía Baetica. En este terreno, Perianes no conoce rival; habrá quien pueda interpretar de otro modo tales composiciones, pero no mejor, no más Falla. Es por ello que, en lo concerniente al gaditano, Perianes se erige como un jalón, un hito, un referente de primera línea del panorama internacional. Captando la quintaesencia rítmica, la estilización armónica de la música de Falla, el pianista trasciende la materia y descubre nuevas perspectivas, mayores honduras. Más que glissandi de vértigo o arpegios brillantes, surgen chispas en la sombra, dardos esquivos; de sus dedos no brota música sino sombras serpenteantes, negros guiños que, más que guiños, son puñalás traperas: gitanería altiva, traición y celos, sibilas del Albaicín escapadas del pincel de un Rodríguez-Acosta, la visceralidad de bailaoras como Antonia Mercé, La Argentina.

Sin concesiones a la trapacería, Perianes vive el arte -y lo transmite- con una valentía exenta de ribetes temerarios; no hay en él, gracias a Dios, asomo de extravagancia o de vanidad, sino franqueza y aplomo. Esa aparente facilidad con que resuelve los pasajes más complicados o profundos constituye, hoy igual que siempre, el Grial de la interpretación pianística.



Este artículo fue publicado el 13/08/2012

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Referencias:


Javier Perianes