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El suelo y el vuelo de un gran director

Santiago de Compostela, 14/01/2010. Auditorio de Galicia. Luis Julio Toro, flauta. Real Filharmonía de Galicia. Manuel Hernández Silva, director. Programa: Piotr Ílich Chaicovsqui, Serenata para cuerdas en do mayor, op. 48; Rogelio Groba, Concerto no Lameiro (estreno absoluto); Wolfgang Amadeus Mozart, Sinfonía nº 36 en do mayor, KV 425, ‘Linz’. Concierto en homenaje al compositor gallego Rogelio Groba (Guláns, Pontevedra, 16.01.1939) por su octogésimo aniversario, dentro del ciclo de abono de la RFG.
imagen Las primeras notas de la Serenata para cuerdas de Chaicovsqui dieron ya una idea de cómo se iba a desarrollar el concierto: las secciones de cuerda de la Filharmonía, en continua progresión desde la llegada de James Dahlgren como concertino, se produjeron con un sonido muy empastado, denso y compacto. Y respondieron con ductilidad a de Manuel Hernández Silva en sus demandas para lograr toda la gran variedad tímbrica que permite y aun exige la partitura de Chaicovsqui. El titular de la Orquesta de Córdoba (España) firmó una versión llena de matices, con una espléndida disposición de los planos sonoros y una prístina claridad de líneas melódicas, unidas a una idónea elasticidad de tempos y un férreo control del sonido. Hernández dirige con los pies bastante separados y bien asentados en el podio, lo que permite a su gesto transmitir una permanente sensación de seguridad y firmeza. Las bases necesarias, aunque pudiera padecer contradictorio, para sustentar un fraseo amplio, muy bien ‘respirado’ y de gran vuelo expresivo.

Desde ese punto de partida, el director venezolano atacó el primer movimiento de la Serenata, Pezza in forma di sonatina, con un tempo muy reposado que marcaría un buen contraste con su sección más rápida en ritmo ternario, donde logró de la orquesta una gran viveza llena de precisión. El segundo, Valse, fue en su levedad una invitación a la danza, mientras la Elegía tuvo un hermoso aire de serenidad. En ella destacó el diálogo entre violines y chelos y el timbre dolorido de las violas en el canto de su tema. El clima sonoro del Finale, la claridad de líneas de su sección fugada y la sobresaliente matización de la expresión dinámica pusieron el broche a una gran versión de la Serenata.

La RFG rendía homenaje a Rogelio Groba con el estreno absoluto de su Concerto do Lameiro (2004), cuyo nombre corresponde a un topónimo de su lugar de origen, Guláns. Antes de su ejecución por la RFG, el alcalde de Santiago hizo desde el escenario un exordio breve y conciso, algo extraño y afortunado en un acto de estas características. Groba agradeció a continuación el homenaje y las palabras del alcalde. Con este Concerto do Lameiro, el autor gallego declara querer rememorar sus años de infancia, cuando daba sus primeros pasos musicales tocando una flauta artesanal de caña subido a unas rocas.

La primera parte, Allegro rítmico, se estructura en secciones contrapuestas, con protagonismo alternante de la orquesta o del solista. Éste toca sus temas, llenos de ostinati melódicos, sobre otros rítmicos de la percusión y un fondo armónico sustentado por las cuerdas. Los momentos de protagonismo orquestal, de similar línea melódica, sirven de descanso al solista. La estructura del Largo central es similar, con mayor presencia del vibráfono en la percusión. Repetidos glissandi ascendentes en el timbal contrastan con la sensación de caída de que proporcionan las repetidas escalas descendentes en las partes de la orquesta sin solista, cuyos temas tienen una presencia muy preponderante de trinos. Las maderas hacen uso reiterado -prácticamente como pedal- de estas figuras en los solos del flautista del Allegro festivo. Este movimiento final tiene un cierto aire de aturdimiento tras los excesos de una jornada de fiesta. Luis Toro, Hernández Silva y la Real Filharmonía sacaron todo el rendimiento técnico y musical de esta obra, en la que Groba, con su peculiar sentido del ritmo y el timbre, permanece fiel a su estilo.

Era de esperar que la Sinfonía nº 36 ‘Linz’ de Mozart fuese el punto culminante del concierto desde el punto de vista musical. Y lo fue, ya desde el clima que Hernández creó en la introducción, con ese dramatismo como alado que sólo Mozart ha sido capaz de crear. Y que tan bien resaltó el caraqueño en el Allegro inicial, con una eficaz búsqueda del timbre en las diversas combinaciones instrumentales escritas por el salzburgués. Y otra vez -en realidad la misma y única: siempre la busca y encuentra- con la claridad de líneas del más acendrado contrapuntista. Luego, el Andante tuvo en algún pequeño rubato o en un ligerísimo sforzando el reconfortante y suave estímulo que sólo puede proporcionar una buena taza de té a media tarde. En el Minueto fructificó ferazmente el esfuerzo por el color y el equilibrio, siendo de destacar el diálogo entre oboe y fagot del Trio. En el Presto final, la RFG desplegó todo un torrente de energía, que fue sabiamente contenida o liberada por Hernández Silva y resultó el más brillante broche musical para una emotiva celebración.


Este artículo fue publicado el 21/01/2010

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guante de amianto 22/01/2010 0:58:02
Yo hecho de menos los lücidos comentarios de "protoneurona" y de "yo" [a saber si no son la misma "persona"].
Para "Guante de Latex": si el solista se perdió, de seguro que ni siquiera lo notö el compositor ahí presente....
PD: ¿Y quë importa si se perdió el solista? ¿No tendría mejores cosas en las que pensar?


Guante de latex 21/01/2010 9:14:24
Esperaba que hiciesen referencia a la veces en que se perdió el solista...


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