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Reposición, control, escape

Valencia, 11/04/2009. Palau de les Arts. Giacomo Puccini y Franco Alfano: Turandot, drama lírico en tres actos. Libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni a partir de la obra homónima de Carlo Gozzi. Estreno: Milán, Teatro alla Scala, 25 de abril de 1926. Dirección escénica: Chen Kaige. Escenografía: Liu King. Vestuario: Chen Tong Xun. Iluminación: Albert Faura. Elisabete Matos (Turandot), Marco Berti (Calaf), Alexia Voulgaridou (Liu), Alexánder Tsimbaliuk (Timur), Fabio Previati (Ping), Vicenç Esteve (Pang), Gianluca Floris (Pong), Manuel Beltrán Gil (Emperador Altoum / Voz del Príncipe de Persia), Ventseslav Anastasov (Mandarín). Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Lorin Maazel
imagen El Palau de les Arts repone y Maazel controla y se las pira. Así es la vida. En la misma medida en que las arcas del primero menguan, las del segundo, repletas, ponen tierra de por medio. Maazel se va. Deja para el recuerdo una Turandot magistral en muchas de sus partes. Impresionante, por ejemplo, su arranque: amplio, no ampuloso; solemne, no codificado; tenso, no crispado; lento, no pesado; expresivo, sí, tremendamente expresivo, si no expresionista. Mantener ese nivel a lo largo de toda la representación habría matado al público del gusto y a los músicos de la exigencia. Pero como al norteamericano veteranía no le falta, supo enfatizar los puntos esenciales del drama, de tal suerte que a cada fin de acto llegábamos con la boca abierta y relieve en la piel.

Su principal correa de transmisión fue, una vez más, la orquesta que ha creado y que también nos deja, esperemos que como algo más activo y tangible que un recuerdo. Hizo Maazel una Turandot de inusitada riqueza tímbrica, enaltecida por un coro de matices infinitos. Que no estaba dispuesto a ceder protagonismos lo reveló, por ejemplo, en la forma en la que preparó y sustentó ‘Nessun dorma’, tan diferente a la emprendida por Metha hace apenas diez meses: nada de concesiones populacheras, como queriendo desplazar el centro de interés de la partitura a territorios menos hollados; y nada, por otra parte, de faltarle el respeto al cantante, en absoluto, pero dejándole claro que lo que éste deseara tenía que ganárselo.

Una Turandot diríase que sinfónico-coral con un elenco cumplido, como se estila ahora, solvente sin despertar grandes entusiasmos. En el estreno de la reposición se mantuvieron muchos de los nombres que cantaron el año pasado. El cambio más significativo estuvo en el papel protagonista. Elisabete Matos fue una princesa de menos hielo por dos motivos. En primer lugar porque su instrumento no le permite ni la potencia ni la inhumanidad acerada (impuesta desde lo alto y arraigada en el subsuelo) a la que acostumbran las Turandot canónicas. En segundo porque tampoco quiso componer un personaje así, lo que da cuenta de la inteligencia de la portuguesa. En este sentido, Matos manejó su materia con entrega y sin deméritos reseñables y acercó su rol a la que podría ser la idea original de Chen Kaige, la de una princesa más humana.

Berti sólo estaba programado para hacer de Calaf en el estreno. Más comedido en artificios que en 2008 y, no obstante, sin perder generosidad, se le notó un tanto desubicado, como buscando un equilibrio que le centrara una vez eliminado el exceso de almíbar de su interpretación de entonces. Voulgaridou, por su parte, dio todo lo que puede dar (a veces las da con queso) en su Liu. Y Tsimbaliuk redondeó su sobresaliente Timur.

La producción está más ajustada ahora. Resulta más poética sin perder espectacularidad. Da la sensación de que ha habido retoques en la iluminación. En otro orden de cosas, el emperador, aún mostrando los efectos del alcohol, no aparece tan excesivamente caricaturizado. También ha habido cambios en el orden de exposición de los trajes de Turandot.

Pero lo que no parece que no se ajustan son otras muchas cosas en Les Arts. Símbolo de no ya de una manera de hacer política sino de entender el mundo, la crisis ha venido a recordarnos su hipertrofia. De una próxima reunión del patronato que rige sus destinos se espera un salvador yes, we can! a la valenciana. Porque aunque las cuentas están poco claras, a todas luces falta dinero (público y privado) para darle de comer al bicho. Porque la programación para la próxima temporada está sin confirmar. Porque la contratación (millonaria, claro) de Chailly, también. En fin, tanto es lo que está en el aire que cada dos por tres un artista se constipa y cancela su actuación (Chailly también). Maazel, mientras tanto, hace mutis por el foro y queda como un señor. Sí señor. Control y escape. Y ahí queda eso.

Este artículo fue publicado el 23/04/2009

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