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Excesos sonoros

Cambrils, 17/08/2007. Parque Samà. London Community Gospel Choir. Bazil Meade, teclado. Michael Brown, guitarra. Tony William, guitarra baja. Leon Meade , percusión. Wendi Rose, directora del Coro. Ayo Overinde, director musical, voz y teclado. Festival de Cambrils 2007
imagen En esta era nuestra, en la cual las plusmarcas hacen noticia, seguramente el Festival de Cambrils puede apuntarse a una de ellas: el record de decibelios, durante dos horas seguidas, de las cuales más de hora y media de espectáculo, y las grabaciones que se escucharon antes y después del mismo, a través del sistema de megafonía. Habría que proceder con un poco más de mesura -está probado que la escucha de música demasiado fuerte durante un rato prolongado es capaz de dañar la salud mental del ser humano- no vaya a convertirse la visita a un concierto del festival en un problema de salud pública. (Es bien sabido que las orquestas sinfónicas ya deben observar ciertas reglas para salvaguardar la buena salud de sus integrantes.)

El conjunto que nos visita está por cumplir su 25º aniversario de existencia, y se le nota inmediatamente una gran profesionalidad en todo lo que hacen. Se trata de doce cantantes -nueve mujeres y tres hombres- y cinco instrumentistas (dos teclados, una guitarra, una guitarra baja y percusión). Cada cantante o músico tiene su micrófono particular. Todos son de raza negra excepto uno de los cantantes varones.

El que dirige el espectáculo desde su primer atril -un teclado electrónico que puede sonar como un piano- es Ayo Overinde, que se dirigió al público en idioma inglés -pero con un acento nada británico, por cierto- para invitarlo a participar, ya sea batiendo palmas, o cantando con ellos, o -por si acaso- soltar una lágrima de emoción. Esto último se quedó en proyecto, no hubo nada emocionante en todo el programa, pero sí muy excitante, porque el propósito de los músicos era llevar muchas de las piezas a un clímax, a un paroxismo, para provocar histeria colectiva. No hubo un solo momento de sosiego, ni algún pasaje sutil ejecutado con suavidad o delicadeza. Todo era bastante agresivo. Las piezas empezaban, por supuesto, con menor vigor pero éste iba creciendo a medida que se iba avanzando en el trozo que se ejecutaba. Así se llegaba desde un recio forte a un ffff o más: en una ocasión este momento de paroxismo hasta excedió la capacidad de los altoparlantes que convirtieron la voz cantante en un zumbido desagradable.

Como Ayo Overinde también canta como solista, sumado a los doce coristas saldría la fatídica cifra de trece, cosa que se evitó porque uno de los cantantes, frecuentemente Wendi Rose y a veces uno de los varones, dirigía el coro, con la espalda al público. La Srta. Rose hizo de esto todo un espectáculo con sus brazos y manos -casi ejecutó una coreografía- a través de gestos y movimientos muy expresivos que complementaban visualmente lo que se escuchaba.

Entre otros números, menos conocidos, destacaron gospels tales como Oh, happy day, Praise the Lord, Amazing grace, When the saints go marching in y Amen. La celebre melodía Swing low, sweet chariot fue entonada por el público a iniciativa del director musical que se paseó entre los asistentes para captar sus voces. Y en varias ocasiones, el público fue invitado a batir palmas, o a presenciar un número de pie para poder mecerse a su ritmo.

La mayoría de los integrantes del coro tuvieron ocasión de mostrarse como solistas, ya sea en una pieza, ya sea en una estrofa. Una de las cantantes, bajita y rechoncha, resultó ser realmente sensacional, dentro de esta estética un tanto grotesca: largó unos alaridos y se movió (a pesar de toda su corpulencia) con un desparpajo digno de atención. Y cuando parecía que había terminado, recomenzó y llegó a un paroxismo aún superior, y así dos o tres veces más. ¡Notable!

Después de más de hora y cuarto de espectáculo sin interrupción entre un número y otro, el coro se despidió, y siguieron tocando los cinco instrumentistas. Los aplausos no cejaron y el coro volvió al rato para un último número de despedida final.

Todo el mundo tocó de memoria. no hubo un solo atril o música impresa. ¡Sorprendente! O todos son genios o el repertorio es limitado: no tengo otra explicación. Tal vez no sea yo la persona adecuada para comentar este concierto, por ser demasiado viejo y por lo tanto no estar en condiciones de aguantar semejantes excesos sonoros. Debo reconocer que este grupo cumple su cometido y si no hubiera habido los abusos decibélicos ya mentados, o alguna pieza más sosegada, a lo mejor me hubiera podido entusiasmar más.


Este artículo fue publicado el 06/09/2007

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