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El tarareo como medida de éxito

Valencia, 08/10/2011. Palau de la Música, Sala Iturbi. Igancio Giner, tenor. Orquestra de València. Cristóbal Soler, director. Salvador Giner: Una nit d’albaes, Anacaona, L’indovina (Ob.), El adiós de Boabdil, Es xopà… hasta la Moma. Ruperto Chapí: El tambor de granaderos (Preludio), La patria chica (Preludio). Manuel Penella: El gato montés (Intermedio). Reveriano Soutullo y Juan Vert: La leyenda del beso (Intermedio). José Serrano: La venta de los gatos (Intermedio), Alma de Dios (Preludio e Intermedio), Himno de la Comunidad Valenciana (Letra: Maximiliano Thous). Concierto conmemorativo del Día de la Comunitat Valenciana. Ocupación: 100 %
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Mucho antes de que Pepín Fernández instaurara en Galerías Preciados el día de los enamorados, en Valencia y alrededores esa celebración se guardaba para cada nueve de octubre, festividad de San Dionisio Areopagita. Ese día el enamorado regala a su enamorada la mocaorà, un colorido pañuelo (mocador en valenciano) lleno de dulces de mazapán en forma de frutas y hortalizas, como las de la huerta valenciana, y dos de ellos con una explícita forma fálica y redondeada a modo de genitales masculino y femenino respectivamente. Con el tiempo, y el Estatuto de Autonomía de por medio, se decidió que ese sería el día “nacional”, ya que también un nueve de octubre de 1238  el rey aragonés Jaime I, el Conquistador, entró en Valencia -sin luchar, se añade siempre con orgullo-, arrebatando a los sarracenos la taifa de Balansiya. Lo cual se celebró seguidamente con una misa.

Como festividad institucional está llena de actos oficiales y protocolarios y otros de carácter más popular. Entre todos ellos, por lo que atañe a lo musical, se programan dos conciertos: uno por la Banda Municipal, en la víspera del que aquí se comenta, y otro por la Orquesta de Valencia, ambas residentes en el Palau de la Música. Además se busca algún motto que redondee las conmemoraciones, este año el centenario de la muerte del maestro Giner, y todo se reviste con un fuerte e imprescindible valencianismo, sea del signo político que sea -aquello de las tradiciones inventadas que decía Hobsbawm.

Todo ello hace que el concierto que vamos a comentar no tuviera para el mundo musical, a priori, el interés que puedan despertar los de abono dado su carácter popular; casi todos los títulos son de zarzuela y no se pagaba entrada. Sin embargo, sí tenía interés, y mucho. Primero porque se desempolvaron páginas de Salvador Giner que no se habían tocado nunca. Segundo porque estaba lleno de maravillosas páginas instrumentales del repertorio zarzuelístico que no por oídas dejan de entusiasmar. Y por último, porque el concierto había sido diseñado y dirigido por el Director Musical del Teatro de La Zarzuela, Cristóbal Soler, en una semana de locos para él, en la que había estrenado temporada en Madrid con El trust de los tenorios de Serrano y El puñao de rosas de Chapí (dos valencianos). La primera temporada de cinco, si las elecciones de noviembre y el sempiterno turnismo en la administración no lo impiden, de Paolo Pinamonti en la casa, elegido según unos por méritos propios, según otros por enchufe. ¡Si los Cotarelo, Peña y Goñi y compañía levantaran la cabeza, otro italiano al frente de uno de los teatros nacionales!

Salvador Giner nació en 1832. Era hijo y nieto de músicos. Violinista y compositor que daba numerosos conciertos de cámara en las casas nobles y burguesas de Valencia. Reconocido por sus numerosas obras religiosas, entre ellas, a propuesta de Barbieri, la Misa de Réquiem para la reina María de las Mercedes de Orleans y Borbón, primera esposa de Alfonso XII. Fracasó por diversas circunstancias en su intención de estrenar algunas de sus obras líricas en Madrid, entre ellas la ópera L’indovina con libreto de Temistocle Solera, y compuso numerosas obras corales y poemas sinfónicos de carácter regionalista. Participó activamente en la gestación del Conservatorio de Valencia, la Banda Municipal y la Sociedad Coral El Micalet, heredera del Orfeó El Micalet, y el instituto que luego llevaría su nombre, Instituto Musical Giner; instituciones nacidas al calor del movimiento coral que impulsara Anselm Clavé. Para la historiografía y para colmo del etiquetaje curioso, consta como padre del “nacionalismo regional valenciano”.

Sus obras llenaron la primera parte del concierto (la presidenta del Palau no se incorporó a él hasta la segunda). Una música sencilla y colorista que no da para muchas florituras, pero que tocada con cariño e interés, destacando hasta el más mínimo detalle y resaltando las partes internas, como lo hizo Soler, luce por sí sola. Todas las piezas destacan por su lirismo y escaso desarrollo: se enuncian unas ideas básicas, se presentan varias veces combinadas instrumentalmente, se complican un poco con algunos pasajes fugados y vivos contrapuntos al final, y a otra cosa. Unas llamadas de trompetas de carácter heráldico se repiten a modo de leitmotiv en Anacaona y El adiós de Boabdil y el preludio de L’indovina, con forma de obertura italiana, acaba con una fuga.

En Una nit d’albaes se describe como unos mozos salen sigilosamente a rondar a las mozas cantando albaes (alboradas) en la oscuridad de la noche -la orquesta entró tropezando y desafinada en el primer acorde, en vez de a hurtadillas-. Llega un momento en el que se monta una trifulca bajo del balcón de una moza, pues dos cantadores la pretenden. Después se dispersan y queda solo el sereno cantando el Ave María Purísima y la hora. La obra está estructurada a partir de la cita directa de una tonada popular.

Es xopà… hasta la Moma, narra el transcurso de una procesión del Corpus Christi, la cual, precedida por el toque de la dolçaina i el tabalet, es interrumpida por una súbita tormenta que moja hasta al personaje de la Moma (la virtud), alrededor de la cual bailan los siete pecados capitales. Después llega la calma, se reanuda la procesión y la entrada en la catedral es sonorizada con una compleja mezcla de temas de los que ya se ha oído alguno, además del Tamtum Ergo, el Sacris Solemniis, la Marcha Real que toca la banda, salvas de artillería y un volteo general de campanas –resuelto con claridad e intensidad por el director, lo cual levantó cálidos aplausos. En algunas ocasiones se emplea el coro para los cantos solemnes. Fue estrenada en 1886, con lo cual  Giner se adelanta veinte años a la sublimación de este ambiente en El Corpus Christi en Sevilla de Albéniz.

En la segunda parte, una selección de preludios e intermedios de zarzuela entre los más arraigados en la sentimentalidad del público que llenó la sala. Las sonrisas de complicidad y miradas de reojo entre vecinos de butaca al reconocer los temas, e incluso el tarareo de muchos de ellos, fue generalizada, dando lugar a una interactividad muy divertida. Así se sucedieron, en un calculado crescendo emocional: El tambor de granaderos -poco refinado-, La patria chica -muy sentida-, El gato montés, La leyenda del beso -direccionalidad y tensión melódica emotiva, bonito final en pp-, La venta de los gatos -intensa-, Alma de Dios -con mucho salero-  y un regalo en forma del Preludio de La Revoltosa, con lo cual -y con el posterior himno regional, puesto en pie todo el respetable y cantando henchidos de emoción- llegó la catarsis.

Cristóbal Soler es un director sólido, de gesto preciso, expresivo y elegante, formado en Centroeuropa: estudió en Munich, fue asistente de la Wiener Symphoniker por invitación de Reiner Bischof y colaborador de Nicolas Harnoncourt, lo cual le proporciona una mirada lo suficientemente amplia y actual como para hacerse cargo de la dirección musical del Teatro de La Zarzuela sin complejos y con el deseo de poner al día el género. Prueba de ello es este concierto, en el cual abordó todas las piezas que lo completan con unos tempi ligeros, sin retórica y sin acudir a vacuos efectismos -los finales le quedaron finos y elegantes-. En sus manos toda la música que contienen estas partituras, que es mucha, cobra vida. Caso aparte son los numerosos errores que contienen las ediciones críticas del ICCMU y que me consta se tuvieron que corregir en los primeros ensayos.

Y precisamente en eso estuvo la clave del concierto: Soler programó inteligentemente un muestrario de lo que podría ser su plan director para La Zarzuela, una interesante y revitalizadora revisión del género. Revisión que se hace imperiosa cada vez más en el campo musicológico e historiográfico, pues aparte de la cruz que le cayó a esta música -como a tantas otras- por su uso político durante el franquismo, hay que quitarle la pátina de menosprecio que vanguardistas como Tomás Marco -“La situación musical no cambió tanto por el hecho de la Guerra Civil.”, dice- le echaron encima: género menor, limitado y sin pretensiones, en el que no tuvo más remedio que refugiarse el compositor español (Marco, 1983).

Por cierto, ¿alguien es capaz de tararear algún motivo de una de las sinfonías de Tomás Marco?



Este artículo fue publicado el 05/12/2011

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Comentarios:


Chimo Viñes 27/02/2012 17:16:56
Sr. Martínez Babiloni, en sus "críticas musicales" debería incidir preferentemente en las cuestiones técnicas de las obras propuestas, si es que sabe, y dejar de lado sus comentarios de sesgo ideológico que no nos interesan. Sus "Notas al programa" en la integral de las sinfonías de Brahms en el Palau de la Música fue una buena muestra de ello.

En este sentido, no es inteligente por su parte ponerse de lado de los infelices que se dedican a asaltar y profanar capillas universitarias durante la celebración de la Santa Misa con amenazas, incluso agresiones a estudiantes, profesores y a los sacerdotes que presiden las celebraciones, como sucedió y ha vuelto a suceder recientemente en Somosaguas.

El hombre, en tanto que ser racional, piensa porque reza, y reza porque piensa. Algo que resulta tan evidente parece que a Vd. le cuesta entenderlo. Sugiero que entre en razón.


Roa no pero basto 07/12/2011 22:20:41
Lástima que la Zarzuela pague por un director de orquesta de altura y luego tengamos que conformarnos con lo que nos echan.


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