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"Van al teatro como si fuese una diversión"

Verona, 04/04/2007. Teatro Filarmónico. Anna Bolena, tragedia lírica en dos actos de Gaetano Donizetti sobre un libreto de Felice Romani. Graham Vick, dirección escénica. Paul Brown, decorados y vestuario. Intérpretes: Mariella Devia (Anna Bolena), Michele Pertusi (Enrico VIII), Francesco Meli (Lord Riccardo Percy), Elena Belfiore (Smeton), Alberto Rota (Lord Rocheford), Laura Polverelli (Giovanna Seymour), Cristiano Olivieri (Sir Hervey). Coro y Orquesta Filarmónica de Verona. Lü Jia, dirección musical. Producción de la Fondazione Arena di Verona.
imagen “La otra noche fui al Teatro Filarmonico di Verona. Daban la Anna Bolena de Donizetti. ¡Me parece tremenda la forma en que el público escuchaba la ópera! Van al teatro como si fuese una diversión…la soprano cantó Anna Bolena a la perfección. ¡La escuela italiana de canto es generalmente una cosa divina!”

En realidad no tengo mucho más que decir, pero sino lo hago me sentiré deshonesto: el párrafo anterior no es mío. Es totalmente copiado de una carta que el compositor alemán Otto Nicolai escribió en 1834 acerca de su visita a Verona y que conozco gracias al imprescindible libro de John Roselli L’impresario d’opera publicado en Turín en 1985 (original ingles: The Opera Industry in Italy from Cimarosa to Verdi, editado por Cambridge Univesity Press en 1984).

Glosando a mi predecesor alemán sigo el orden de cuanto escribía:

“Tremenda la forma en que el público escuchaba la ópera”

Es cierto, quedé impresionado por este público tan diferente al de La Fenice. Menos mal que la ópera fue dada en abril, porque si la hubiesen presentado en enero el concierto de toses habría perfectamente justificado una representación en el cercano hospital de Borgo Trento. ¿Tendrá que ver con la edad del público de ópera?, ¿con la falta de una política cultural que acerque a los jovenes a la ópera? Todo eso se me ocurría mientras contemplaba esa intranquila masa de cabezas canosas de profesionales de éxito. No faltaron, cierto, ni el flash, ni el teléfono celular, ni los celofanes de infinitos caramelos. Es, creo, mi peor experiencia con un público de ópera desde un arcaico Trovatore en la vieja Opera de Paris con Renata Scotto en 1974.

“La soprano cantó Anna Bolena a la perfeccion”.

Y en efecto. Esta vez el teatro de Verona no presentó en el rol del titulo a Almerinda Manzocchi que escuchó Nicolai, prima donna que el público de Madrid conoció en 1835 y que fue pagada con un sueldo altísimo. La ‘Anna’ de anoche fue Mariella Devia y fue quien provocó enorme, inmensa expectativa, y no solo italiana, en esta producción porque la gran soprano debutaba en el rol. Fue, lo digo sin absoluta duda, extraordinaria. ¡Qué control de técnica! ¡Qué mórbido fraseo! Agudos cuidados e impecables, y la construcción cuidada de un rol tremendo. No ha desperdiciado ocasión para variar y ornamentar. Una verdadera diva que cantó con emoción la frase “Io sentti sulla mia mano la sua lacrima corrente” del concertato y de forma memorable la célebre 'Al dolce guidami, castel natio'. Lo mejor que puedo decir es que en ese momento me pasó lo que pasa cuando ante una experiencia humana importante: uno se siente demasiado solo para abarcar el evento y lamenté la ausencia de algunos amigos que bien me sé, y que habrían podido ayudarme a disfrutar tanta cosa. Por supuesto que hay lugar para los pelos en la sopa y las desconfianzas de siempre: ¿cómo correrá esta Bolena en un teatro más grande? Se verá. ¡Brava!

La Devia no estuvo en absoluto sola y sus compañeros de reparto no desmerecieron en absoluto la responsabilidad del caso.

Como esta no es todavía una ópera para pareja soprano/tenor, creo que antes de hablar de ‘Percy’ corresponderá hablar de la pareja de los malos. El gran malo es ‘Enrique VIII’, en la versión muy delgada del célebre Michele Pertusi. Muy bien. La voz es siempre hermosa aunque a veces parecía cansada. Tal vez por prudencia, su voz fue menos presente en el final de la primera parte pero resultó en cambio solvente en la segunda parte de la ópera. Buen actor, suficientemente inicuo pero siempre refinado.

Laura Polverelli fue correcta en su ‘Giovanna Seymour’. Ella es una artista capaz de colores y de fraseo dúctil, aunque en la zona alta del registro titubea y sus agudos no siempre fueron agradables. Su voz presentaba un vibrato extraño en una colaboradora de grandes figuras de la filología del barroco quienes, ya se sabe, con el vibrato no transigen. La pobre tuvo que aparecer hacia el final de la ópera envuelta de un incomprensible atuendo que la hacía dar pasitos saltados tipo 'Suzuki': una especie de kimono con moño atrás y todo. Fue casi la única nota que me molestó de lo visual.

Francesco Meli es un tenor genovés muy joven que ya ha cantado en escenarios de primera importancia. Su 'Percy' fue muy bueno. El timbre es hermoso y el volumen grande: se le escuchaba muy bien incluso cuando daba espaldas al público. Lamentablemente cierra mucho y no pocas veces su afinación es crescente. Algunas vez, hacia el final, su empuje de gola le jugó una mala pasada. Todo perfectamente corregible, en especial a su edad, pero la pregunta de siempre es: ¿tendrá ganas de corregir algo un joven de 27 años que, además de ser tenor, tiene éxito? Sé que no soy el único en esperar con ansia la próxima ocasión para enterarme cómo continúa la cosa.

Alberto Rota cantó muy bien ‘Lord Rocheford’, y Elena Belfiore fue un buen ‘Smeton’, óptima en la balada inicial con el arpa.

El coro fue excelente y los músicos de la orquesta individualmente también.

Para el final dejo la cuestión de la noche: ¿cómo es posible que un teatro confíe tantas esperanzas, tanta inversión de dinero a un director musical tan lejano a esta partitura? El joven chino Lü Jia, que parecía solvente en la obertura (intensa, cargada de densidades) y que posee un buen gesto, ha anulado absolutamente cualquier posibilidad de tensión dramática de sus colegas en el espectáculo. Es como si un tapiz hubiese sido estirado por los cuatro costados hasta hacer ceder la trama. Los tempi fueron insoportablemente lentos, pero ese no es el problema, bien lo sabemos. En la época de los Lp bien sabíamos que las óperas dirigidas por Klemperer costaban más porque había un disco más que pagar, las comprábamos igual porque eran fantásticas. No, no se trata en absoluto de eso. La falta de juego en cerrar y ceder los tiempos, la inexistencia del dinamismo entre un stringere que después de lugar al ritenuto, arruinó todo. Imagino el esfuerzo de los cantantes en seguir ideas que a veces estaban a las antípodas del estilo. ¡Y ese amor inusitado e infantil por las notas détachées ('Ah! Così ne’ di ridenti' de Percy, y en otros mil casos más)! La experiencia ha enseñado que en los últimos tiempos el Extremo Oriente nos ha dado excelentes músicos, pero solamente saltando embolsado entre Shangai y Bérgamo se puede tener una idea de la distancia que existe entre las respectivas ciudades natales de Lü Jia y de Gaetano Donizetti. Una persona poco informada podría suponer que esta particular presencia en el podio del Filarmónico de Verona era debida a uno de esos habituales compromisos en el mundo de la ópera que facilitarían, por ejemplo una tournée de la Arena en Pekín. Nada de eso: Lü Jia: ha dirigido ópera en los más importantes escenarios italianos (incluso la Arena) e importantísimas instituciones del país le han confiado la dirección artística de sus orquestas entre otras esta. Sea como sea, todavía por suerte entre los consejos de administración y los públicos, incluso este, existe una diferencia enorme: fue el único artista abucheado por el público que por otro lado saludó al elenco con merecidísimo reconocimiento.

Cuando los cantantes italianos estuvieron todos juntos, en los impresionantes finales de acto, hicieron, por suerte, lo que quisieron, y la tensión, a pesar de esa batuta curiosa, existió, se abrió el techo y vimos sonreír a Gaetano.

Palabras finales para la puesta del polémico Graham Vick, uno de los profesionales más famosos de este momento. Su trabajo fue, creo, excelente. Su amor por el exceso y el símbolo (la cama, el puñal inmenso, la cala) no han traicionado jamás el espíritu de esta obra. Es muy difícil contar en palabras todo lo que ha hecho. Su creatividad estuvo siempre al servicio de Donizetti. ¿Se puede pedir algo mas?.

El trabajo de Vick fue seguido con coherencia por Paul Brown, excelente salvo en aquella inquietante idea japonesa citada antes.

La ocasión permitió ver una versión integral de Anna Bolena y debo reconocer que por primera vez oso dudar de la posibilidad de recuperar totalmente los materiales del pasado, pero para ser justos con Donizetti espero opinar ante una batuta más amiga de este texto.

La ópera es bella y bien merece este esfuerzo. Por los momentos célebres, cierto, pero también por las magnificas tensiones de los recitativi accompagnati, por el tenebroso comentario de la orquesta bajo las voces femeninas del coro ‘Or muta è immobile qual freddo sasso’, digno de tragedia griega, por las premoniciones verdianas como aquella que siempre me sorprendió, en el encuentro íntimo de Anna con Percy: el tenor canta “Anna tu sei Anna soltanto” sobre las mismas notas que el Duque entona en Rigoletto en “Colei che prima poté in questo core” apenas antes de "Parmi veder le lacrime”

Sala completísima. Muy, pero muy bien, el Filarmónico de Verona. Una política inteligente la de concentrar en pocos títulos excelentes producciones. Espero que de esta quede huella grabada.

Este artículo fue publicado el 13/04/2007

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