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El sujeto y la máscara

Ámsterdam, 07/11/2004. Het Muziektheater. De Nederlandse Opera. Rigoletto (Venezia. Teatro de la Fenice, 11 de marzo de 1851), libreto de F.M. Piave sobre el drama de V. Hugo Le roi s’amuse y música de G. Verdi. Escenografía: Michael Levine. Vestuario: Sandy Powell. Puesta en escena: Monique Wagemakers. Intérpretes: Anthony Michaels-Moore (Rigoletto), Joseph Calleja (Duca di Mantova), Cinzia Forte (Gilda), Mario Luperi (Sparafucile), Graciela Araya (Maddalena), Alan Ewing (Monterone), Menai Davies (Giovanna) y otros. Nederlands Philharmonisch Orkest y coro de la Opera de los Países Bajos (maestro de coro: Winfried Maczewski). Dirección de orquesta: Daniele Callegari.
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El excelente libro de Gianni Vattimo sobre Nietzsche puede servir, con otras dimensiones y menos profusión filosófica, para caracterizar unas cuantas -¿la mayoría? ¿todas? Tema de estudio interesante- de las obras de Verdi, que no sólo pusó a la ‘máscara’ en el título de una, sino que terminó con un drama y una comedia que hablan, una más abiertamente que la otra, de lo que queda de una persona cuando -por los motivos que sea- le arrancan, deja caer o simplemente cae la máscara que le daba su lugar, tranquilizador o no, central o marginal, en una sociedad que nunca ha aceptado -en su constante evolución o involución- fácilmente que nadie se permita salir de su papel y ponga en crisis no sólo su “identidad”, sino la de los demás (sobre todo esto último).

Y Rigoletto es un ejemplo hasta demasiado evidente: el cínico jorobado convertido en justiciero fallido es una de las figuras fundamentales del teatro lírico y bastaría para acabar con las polémicas sobre el sentido o significado, hoy o cuando sea, del género lírico. Esta vez, y son 45 años que la frecuento (aunque últimamene he espaciado las visitas, al menos a los teatros por motivos obvios), pese a que pocos de los elementos le hacían verdadera justicia, la encontré más breve, más concisa y más entrañable que nunca. Un público de matiné de domingo que no suele caracterizarse por su silencio ni por su salud respiratoria quedó -como siempre- reducido definitivamente a silencio cuando el bufón entró en el segundo acto tratando de fingir su estado habitual.

Y eso ha ocurrido siempre, incluso cuando el protagonista no estaba totalmente a la altura: es algo que da el teatro y no las grabaciones -lamentablemente. Esta vez, por suerte, justamente el que mejor funcionó, el que más se acercó a Verdi fue un inglés (qué curioso, ahora que lo pienso, mis mejores ‘Rigolettos’ han sido norteamericanos) al que ya había visto en su debut en el papel en Bruselas, en una puesta poco lograda. No sé si porque esta -con algunos contrasentidos, con alguna lobreguez demás (luces, vestidos recreaban los de la época,pero no en Mantua sino en Holanda), con una escenografía ingeniosa y hasta espectacular pero un poco complicada (casas subterráneas, escaleras estilo segundo acto de Turandot)- lograba transmitir la sensación de angustia con ese cuadrilátero en que el coro canta pero también observa -al modo de lo que se daba en la tragedia griega- o caracterizaba bien (cuando los intérpretes lo permitían) a los personajes, Michaels-Moore parecía más suelto, más dueño del papel y de los resortes escénicos (magnífica su intervención dramática en el cuarteto del último acto) y más seguro y profundo en lo vocal (aunque en dos ocasiones por lo menos el fiato le resultó corto, pero seguro en una no fue culpa suya). Tuvo una ovación después de su aria y al final, pero eso no lo dice todo. El cantante ha comprendido que cantar bien o muy bien no es todo en Verdi, y menos en estos personajes. Hay que escucharlo en esas pequeñas y traidoras frases “sencillas” que si no se dicen bien no hacen efecto y destruyen a ‘Rigoletto’ (y no sólo a él, como hubo forma de comprobar en esta misma función). Así, antes de la ‘confesión’ de su hija en el segundo acto está “io che pur piansi or rido” y, sobre todo, después de ‘Tutte le feste al tempio’, ese terrible “Parla---siam soli”, que es un compendio en tres palabras del dominio musical y dramático de Verdi (su célebre ‘parola scenica’, que tan pocos han tenido y en ese grado): si hubiera cantado menos bien, con color o matices menos apropiados o con limitaciones en algún sector (y está lo del fiato, para recordarnos que los cantantes son personas como los demás), igualmente hubiera sido un gran protagonista. Le dedico un poco de tiempo porque como no hay detrás de él ninguna maquinaria de publicidad y cada vez se da más gato por liebre (con respeto por los gatos y liebres de la vida cotidiana) en el mundo del arte también, me parece justo aportar un grano de arena -seguramene inútil- para poner un poco las cosas en su sitio.

Justamente el Teatro entregaba una gentil invitación a la entrada para esperar a Joseph Calleja, que también debutaba, y firmar -y compra antes, claro- “su” disco. Un disco interesante, pero a juzgar por lo que oí, más que cuando el cantante -que tiene material y posibilidades, pero de momento sólo eso- canta en vivo y en directo. El joven maltés tiene una buena figura y un bonito timbre (particularmente esmaltado en el agudo; el centro y el grave carecen , como casi todo el resto, de trabajo y madurez): ni actuación, ni matices, ni, sobre todo, fraseo. Cuando ejecuta, con ‘Gilda’, los ornamentos de “E’ il sol dell’anima” (nada tengo contra esto, si tiene sentido), parece un excelente concursante -y la soprano lo mismo- que nos muestran lo que saben hacer. Pero un correcto solfeo es algo que se le supone al cantante lírico. Extraña, en cambio, que, a diferencia del disco, no opte por el agudo final de la cabaletta ‘Possente amor’. Hace años, jovencísimo, me llamó la atención en uno de los contrabandistas de Carmen y me dije: “este chaval tiene grandes posibilidades”. Las sigue teniendo, pero el tiempo ha pasado, y no veo fundamentales progresos. Y antes que un duque libertino, parecía un buen chico que se divertía de modo algo inconsciente.

Mejor la ‘Gilda’ de Cinzia Forte, pero no demasiado. Una cantante segura, sin una voz particular, más bien una lírica con agudo que una líricoligera (los pocos momentos de virtuosismo pasaron sin pena ni gloria, y hay por lo menos un trino que debe sonar como tal), un agudo bueno pero algo metálico y poca voluntad de cantar piano llegado el final; correcta actriz. No sé si todo esto basta para Verdi, pero fue lo que tuvimos y suerte que no fue alguna de esas ‘absolutas’ o ‘seudos’ que antes cantan ‘Norma’ o ‘Lucia’ y después van a Mozart, el belcanto, el barroco, ‘Mimí’ y no sé si algo más.

Araya era una ‘Maddalena’ casi ideal…Hoy sigue siendo un papel que le conviene, pero su canto se ha vuelo estridente y seco. Luperi no ha tenido nunca una bella voz de bajo, pero se escucha y, aunque a veces habla más que canta, lo que hizo alcanzó para ‘Sparafucile’ (no sobró, por cierto). No bastó en cambio la voz dura y engolada de Ewin para ‘Monterone’: tal vez en otro repertorio más adecuado o más frecuentado las cosas vayan de otro modo; pero aquí, si la parte es breve, es muy importante (no me gusta mencionar ejemplos, pero así comenzaron su carrera dos cantantes interesantísimos hoy: sobre todo Erwin Schrott, pero también Gianbattista Parodi). En cambio, fue excelente la ‘Giovanna’ de Davies y buenos los comprimarios, en particular los dos cortesanos: Roberto Accurso (‘Marullo’) y Roberto Covetta (‘Borsa’).

La lástima fue, sobre todo, que Callegari no estuvo en una buena noche. Le he escuchado cosas mejores, pero también alguna como ésta donde, a pesar del excelente desempeño del coro y de la orquesta, su lectura se pierde después de un comienzo prometedor (apenas “marcó” desde la entrada de ‘Gilda’ hasta el final de la cabaletta mencionada, la orquesta sonaba tenue, desganada y con tiempos caprichosos: desde la rapidez exasperante de ‘Deh, non parlare al misero’ a la lentitud -mortal, en primer lugar para los cantantes- de ‘Ah, veglia o donna’). Ni siquiera el final del primer acto tuvo el acento y el peso dramático adecuados. Luego, supongo que intervino Verdi, se despertó a partir de la entrada de Rigoletto en busca de su hija y alcanzó un correcto nivel, aunque a veces descuidó el equilibrio con la escena.

¿Quién dijo que esta ópera es fácil? Una cosa es la popularidad bien ganada, y que la gente tararee algunas arias, y otra hacerla como la obra maestra que es. Claro que últimamente (y no sólo en música) la gente parece contentarse con lo que hay y dispuesta a creer que es por lo menos bueno, o incluso lo mejor que hay, y guay al que diga lo contrario. Pero contra la comprensible tentación de callarse y resignarse hay compositores como Verdi. Aunque cueste y nada parezca salir bien ni servir para nada. ¿Quién dijo que ser persona es fácil?



Este artículo fue publicado el 12/11/2004

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