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Crónica de un adiós anunciado

Milán, 21/07/2006. Teatro alla Scala, G. Donizetti: Lucia di Lammermoor (1835), drama trágico en dos partes y tres actos. Libreto de Salvatore Cammarano. Pier’Alli, dirección de escena, escenografía y vestuario. Franco Malgrande, director de la puesta en escena. Ludovic Tézier (Lord Enrico Ashton), Mariella Devia (Miss Lucia), Giuseppe Filianoti (Sir Edgardo de Ravenswood), Ki Huyn Kim (Lord Arturo Bucklaw), Ildar Abdrazakov (Raimondo), Alisa Zinovieva (Alisa), Carlo Bosi (Normanno). Coro y Orquesta del Teatro alla Scala de Milán. Roberto Abbado, director. Asistencia: 100%
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Empecemos por donde corresponde: la protagonista indiscutible de la noche era Mariella Devia, que después de más de dos décadas cantando Lucia di Lammermoor daba su adiós definitivo al papel que la ha hecho famosa en el mundo lírico, en el coliseo italiano más prestigioso.

No estoy de acuerdo con aquéllos que hablan de ‘milagro’ -en éste como en otros casos- y pretenden que el tiempo no ha pasado para la ilustre soprano de Imperia. Es más, me parece que le hacen un flaco favor: la voz ha perdido en homogeneidad y esmalte, y la coloratura -sin que haya sido este signo de virtuosismo en particular marca distintiva de la casa- es algo más prudente. Lo que sí merece una alabanza sin reservas son los agudos y sobreagudos, aún firmes, seguros, potentes, resueltos con una facilidad sorprendente; los filados y las medias voces siguen presentes, como el fiato notabilísimo y el gusto en las variaciones: sobre el escenario, Mariella Devia es un exponente del bel canto, a través del cual resuelve los personajes.

La entrada fue memorable, con un ‘Regnava nel silenzio’ resuelto en una amplia gama de sutilezas, saludada con la primera ovación de la noche. Pero el público sólo estaba calentando motores. El nivel subió con la llegada de ‘Edgardo’ y una interpretación del dúo que cierra el primer acto que sólo puedo calificar de estupenda.

En el segundo acto, tras un buen dúo con ‘Enrico’, decayó la tensión en el que probablemente fue el momento menos inspirado de la noche, el dúo con ‘Raimondo’. Por fortuna la representación volvió a levantar el vuelo con el sexteto ‘Chi mi frena’, que exaltó al público.

Ya sólo quedaba la escena de la locura. ¡Y qué escena! Con el acompañamiento principal de la armónica de cristal -se recuperó, como en abril, este instrumento que no se llegó a usar en el estreno- que recrea una atmósfera más alucinada y sugestiva que la flauta, la Devia tocó el ápice. Y el público, que la estaba esperando, rugió con una de las mayores ovaciones que he visto en un teatro. La intensidad de los aplausos y los ‘brava’ no decaía en más de cinco minutos, al punto de empujar al coro y al bajo, así como a la orquesta desde el foso, a aplaudir a su vez. Hubo que insistir pero finalmente Mariella se volvió hacia su público -momento de máximo delirio en la sala- y agradeció los aplausos, como de nuevo después de la cabaletta final. Sólo pondría un reparo: es la primera vez que veo a un público pedir con semejante insistencia un ‘bis’ y, teniendo en cuenta que era la última representación en absoluto del papel y que había gente llegada de todo el mundo expresamente, hubiera sido un bonito detalle contentarlo. Es sólo una observación que no empaña en absoluto el triunfo obtenido ni ensombrece mínimamente la sensación de acontecimiento que reinó en el ambiente a lo largo de la velada. Se va ‘Lucia’, llegan ‘Imogene’ (Il pirata) y Anna Bolena.

Con semejante coyuntura diría que bastaba con no desfigurar, y los compañeros de escena estuvieron a la altura. Al menos fue un reparto más homogéneo que el de abril. Ludovic Tézier tiene un buen material de barítono, pero confieso que lo que me cautivó fue la nobleza de la línea de canto, impecable, la intención del fraseo y la dicción sin mácula. Sabía de sus excelencias en el repertorio francés, pero en el italiano, al menos por lo que respecta a ‘Enrico’, no se queda atrás.

Ildar Abdrazakov expuso un ‘Raimondo’ de inusitado relieve, al menos para los tiempos que corren, que suelen descuidar el papel. Con una voz resonante, si bien no particularmente voluminosa, supo imprimir la autoridad necesaria al personaje y arrancó con su aria unos cálidos aplausos donde generalmente el público no los concede.

Los dos secundarios, Ki Huyn Kim (‘Lord Arturo Bucklaw’) y Carlo Bosi (‘Normanno’) cumplieron bien sus cometidos. A Alisa Zinovieva la encontré excesivamente matronal como ‘Alisa’.

He dejado para el final a Giuseppe Filianoti (‘Edgardo’). El tenor italiano tiene la voz más bella de su generación, pero si no la cuida y resuelve los evidentes problemas técnicos que gravan su organización vocal terminará como un ilustre homónimo. Baste decir que empezó matizado y fresco -el dúo del final del primer acto fue quizá lo mejor- y terminó extremadamente cansado, con una escena final demasiado sufrida.

La dirección de Roberto Abbado fue mediocre, comentario generalizado entre los asistentes por otra parte: no sólo la elección de los tempi fue absurda en ocasiones, lo peor fue la concertación, demasiadas veces desorganizada. A sus órdenes la orquesta no tuvo una noche inspirada, siendo absolutamente inaceptable la prestación de la trompa. El coro pasó sin pena ni gloria. Una lástima, no lo merecían ni la protagonista ni el público.

Nada diré sobre el tradicional espectáculo de Pier’Ali -ya comentado en abril- salvo que quizá es hora de que lo reemplacen, y que en esta reposición brillaron por su ausencia las ideas de movimiento escénico. Pero el que quiera ver a la Devia en esta producción puede siempre recurrir al dvd que se editó hace un tiempo. Adiós, ‘Lucia’, adiós.



Este artículo fue publicado el 07/08/2006

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