Rusia

Mundoclasico.com » Criticas » Rusia

Mas ortodoxos que modernos

San Petersburgo, 18/04/2012. Sala principal de la Filarmónica de San Petersburgo. Coro del Teatro Mariinski. Andrei Petrenko, director. Divna Liuboevich y Coro Melodi. Grupo instrumental 'Escuela de jóvenes talentos'. Vladimir Maslakov, Gospodi, vosbaj k tebe [Oh, Señor, te he rogado]. Elena Konshina, Moliu, devo [Oh, Vírgen María, yo te rezo]. Natalia Varlamova, Tebe, Gospodi [A Tí, Señor], liturgia y cantos de vigilia. Ivan Titov, Stijiri, poemie na molevnom ko presviatoi Bogodirie. Concierto de gala del I Concurso Internacional de composición 'Roman Sladkopevets' (Romanos Melodos).
imagen

En el marco del Festival Internacional de Coros de San Petersburgo, se celebró por primera vez en este año 2012 el Concurso Internacional de composición 'Roman Sladkopevets' (Romanos Melodos), que se va a celebrar cada dos años. La finalidad del concurso es muy clara, crear un nuevo repertorio de canto religioso ortodoxo, tanto para usar en las celebraciones litúrgicas como en las salas de concierto, al modo del rico corpus compuesto a finales del siglo XIX-principios del XX por algunos de los mejores compositores de la época (Chaicovsqui, Rachmaninov, etc.). Ambicioso proyecto sin duda, y ciertamente curioso desde el punto de vista de Europa Occidental, donde la progresiva -ahora ya imparable- secularización hace que las iglesias cristianas ya no se planteen proyectos semejantes.

El proyecto es ambicioso, y ambiciosa es también su realización, tanto en el aspecto organizativo -la Iglesia Ortodoxa es una potencia económica en Rusia- como en el artístico: entre los patrones del Concurso figuran Giya Kancheli, Sofia Gubaidulina, Arvo Pärt, etc. Los dos conciertos de gala en los que se estrenaron las obras galardonadas en esta primera edición del Concurso se celebraron en la Gran Sala de la Filarmónica de San Petersburgo y todos los detalles se cuidaron con mimo, incluso uno tan secundario como el de los adornos florales, que se encargaron a uno de los principales diseñadores europeos, que viajó desde Alemania con su equipo.

Me gustaría decir que los resultados del concurso fueron igualmente brillantes, pero no lo tengo tan claro. Por supuesto es muy difícil juzgar -sobre todo desde fuera- qué música necesita en este momento la iglesia ortodoxa para recuperar el esplendor que tuvo hace cien años, sobre todo cuando el proceso de creación de música ortodoxa se cortó durante casi ochenta años y con todo lo que ha pasado en el mundo de la música durante este tiempo. Es más, la propia iglesia ortodoxa no tiene aún muy definido su propio proyecto. Tras la caída de la Unión Soviética, tuve la impresión de que la iglesia ortodoxa quería simplemente volver a 1917 y recuperar el poder y la difusión que tenía entonces. Pero la ruptura había sido enorme (en otros países del bloque soviético la prohibición religiosa había durado mucho menos tiempo y en algunos casos no se había llevado a la práctica con demasiado rigor) y no sólo se trataba de recuperar una iglesia fracturada, sino también a unos fieles que había vivido ajenos a la religión organizada durante siete décadas. Reconstruir las iglesias destruidas por el régimen soviético fue un primer objetivo sencillo y en el que mucha gente estuvo dispuesta a implicarse. Pero volver a vivir bajo unas normas religiosas es más difícil de aceptar, sobre todo con una iglesia que pretende volver al pasado. Tras el descontrol de los primeros años de la caída de la URSS y la independencia de muchas de sus repúblicas, Rusia entró fervientemente en el capitalismo y el mundo consumista y, eso es lo que más notan aquellos que conocieron la Rusia soviética y ven ahora la actual.

Pero, ¿qué pinta la iglesia en esta nueva sociedad? ¿Es posible volver al pasado y reconstruir la fe y el modo de vivirla del mismo modo que se reconstruye una iglesia? O, yendo a lo que aquí nos ocupa, ¿es posible reconstruir la música ortodoxa como se reconstruye una iglesia? ¿La música religiosa es un marco, un adorno, de la liturgia o es una parte fundamental de ella? La respuesta teórica es clara, la música religiosa debe reflejar la fe de la comunidad, nace de ella y a ella sirve. Pero, ¿qué pasa cuando la propia comunidad no tiene clara la contradición entre el pasado y el presente, cuando no sabe lo que quiere o necesita?

Me estoy enrollando con teorías y lo que hay que atender es a la práctica. Entre los compositores que vivieron la antigua Unión Soviética algunos han creado en los últimos años una música religiosa de enorme calidad, y cargada de espiritualidad, pero no propiamente litúrgica, sino extremadamente individual, que no puede ser modelo para la nueva música ortodoxa litúrgica. Una compositora tan joven como Lera Auerbach ha escrito ya dos Requiem de enorme calidad, pero que tampoco responden a lo que la iglesia ortodoxa necesita: son demasiado modernos y sobre todo, demasiado 'ateos', algo ya relativamente aceptado por la música católica -véase el Requiem de Fauré o la Misa de Bernstein- pero en absoluto por la ortodoxa. Para acabar de complicar los criterios artísticos de las obras seleccionadas y premiadas en esta primera edición del Concurso Romanos Melodos, en el jurado se mezclaban compositores con personalidades religiosas y mientras unos se preocupaban especialmente por las cualidades musicales, los otros se centraban en lo ortodoxo y -por qué no decirlo- lo práctico, querían una música que sirviera para su objetivo. De ahí el gran conservadurismo que mostraban gran parte de las obras premiadas, que paso ahora a comentar individualmente.

Vladimir Maslakov (Minsk, Bielorrusia, 1978) obtuvo el Premio Especial ofrecido por el Coro del Teatro Mariinski. Se trata de un compositor que se ha formado y desarrollado su carrera en Bielorrusia y está especializado en música coral y vocal. Su obra, destinada a coro masculino, me pareció buena desde el punto de vista artesanal, pero no especialmente interesante. Al contrario que otros de los participantes no recurrió a los modos de la música ortodoxa antigua, sino que se movió en lo que podríamos llamar una "tonalidad expandida". Oh Señor es sencilla de cantar y muy idiosincrásica: ese es probablemente el motivo por el que recibió el premio del Coro del Mariinski. Me pareció una pieza más propia de la Belle Époque que lo que podríamos denominar 'posmoderna'.

Elena Konshina (Vladimir, Rusia, 1950) obtuvo el otro Premio Especial ofrecido por el Coro del Teatro Mariinski. Como Maslakov es una compositora dedicada a la música coral y profesora de la Escuela de Música de Vladimir, aunque se formó en el Conservatorio de San Petersburgo (entonces Leningrado). Konshina eligió un tema mariano, y escribió una obra para coro masculino donde texto y música se ajustan impecablemente. Armónicamente combina elementos tonales y modales y resulta muy rusa en su modo de intercalar momentos donde el tempo se queda suspendido. Seguramente este es el motivo por el que Oh Virgen me pareció una obra más adecuada para usar en ceremonias litúrgicas que en una sala de conciertos.

Natalia Varlamova (Tomsk, Rusia, 1973) obtuvo el II Premio de 'Grandes formas' en el que cual participaban las obras más amplias, en este caso una liturgia completa con todos los cantos de vigilia nocturnos. En su curriculum consta una amplia formación en canto y dirección coral, así como en composición, y ha cantado regularmente en varias iglesias de Kazán y Nizhni Novgorod. Es una compositora aún joven y que además trabaja como economista en la Universidad de Kazán lo que le quita tiempo para dedicarse a la música, pero a pesar de ello tiene un catálogo de obras ya relativamente amplio, que incluye música sinfónica y de cámara, además de música vocal religiosa y no-religiosa. Su liturgia es lógicamente una obra amplia que ocupó casi toda la primera parte de este concierto de gala de premiados en el Concurso. El comienzo me pareció soso, pero luego se trata de una obra muy bien construida, arriesgada armónicamente en algunos momentos como cuando trabaja sobre polifonías superiores a la 8ª o notas hiperagudas en las sopranos. Pero aún más que en las dos piezas breves anteriores, se nota demasiado el deseo de cumplir con las normas de la iglesia ortodoxa, de hacer algo que complazca. Y en una obra tan larga esta especie de conservadurismo -no hay una rebeldía, una pregunta, una inquietud- acaba resultando aburrido. Sobra buen hacer e incluso una espiritualidad etérea, celestial que por momentos arrebata pero en otros se hace empalagosa. No, tampoco creo que sean obras como la de Varlamova la solución para la música ortodoxa del siglo XXI.

La primera parte del concierto, muy extensa (con presentación, discursos, etc. pasó de 100 minutos) se cerró con la pieza, nuevamente perteneciente al grupo de 'miniaturas' en el que se permitía mayor libertad formal y presencia de instrumentos, de Ivan Titov, el más joven de los premiados. Ivan Titov (Kirishi, Rusia, 1990) todavía está cursando sus estudios de composición en la Academia Oficial de Música de Bielorrusia, país en el que reside desde su infancia, y aunque ya ha ganado algunos premios como pianista esta era la primera vez que se presentaba a un concurso de composición. Se le concedió el Premio del público por una breve obra religiosa, una canción en honor de la Virgen para ser interpretada dentro de una liturgia mariana. Stijera tiene dos solistas masculinos -un tenor-barítono y un bajo profundo, que cantan lo que serían las partes del celebrante o del chantre- acompañados de coro mixto. Melódicamente Titov se basa en canciones tradicionales religiosas y los textos también son tradicionales, lo que añade atractivo a la obra. Nuevamente una pieza bien hecha -si algo me quedó claro en este concurso es que la tradición pedagógica rusa sigue siendo impresionante- y fácil de cantar, pero también nuevamente teñida de convencionalismo, e incluso algo repetitiva.

La segunda parte del concierto, nuevamente a cargo de Divna Liuboevich y el Coro Melodi, repetió en buena medida el concierto del 16 de abril ya comentado [leer reseña]. La novedad estuvo en las obras en colaboración con la Escuela de Jóvenes Talentos de Serbia, con la cual cantó cuatro canciones y una de las propinas. En total fueron catorce canciones que combinaban elementos antiguos con planteamientos externos más propios de la música posmoderna. Nuevamente el público se volcó en la cantante y aplaudió con entusiasmo la mayoría de sus intervenciones. Pero en esta segunda ocasión, cuando el encanto del descubrimiento ya se había reducido un poco, ví también problemas en la música realizada por Liuboevich y el Coro Melodi: su música es muy comercial, muy atractiva, y entiendo que las autoridades ortodoxas se muestren encantados con ella, pero ¿es lo que necesita la música ortodoxa actual?. Creo que tampoco en este tipo de música está la respuesta.



Este artículo fue publicado el 11/05/2012

Compartir


Bookmark and Share

Referencias:


Divna Liuboevich


Envía un mensaje
Nombre:
Comentario:
Control:
Arrastra el nombre de MOZART hasta el contenedor naranja
  • Mozart
  • Brahms
  • Beethoven
  • Wagner