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El arte de la reiteración

Santiago de Compostela, 04/07/2012. Salón Teatro. Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Johann Sebastian Bach: Suites para violonchelo BWV 1007 - 1012. Festival Via Stellae. Ocupación: 100%
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Hace apenas un año, los días 7 y 9 de junio de 2011, Mischa Maisky prácticamente estrenaba en lo musical la Cidade da Cultura de Galicia afrontando una de las cimas mayores de la historia de su instrumento (de la música en general): las seis Suites para violonchelo (1717-23) de Johann Sebastian Bach (Eisenach, 1685 - Leipzig, 1750), esas joyas de genialidad intemporal debidas al gran arquitecto musical que fue su autor.

Tan sólo trece meses después de que el festival ‘Galicia Classics’ programara las Suites de Bach (fiel a su línea de poner sobre nuestros escenarios a artistas de renombre internacional traídos a golpe de talonario, aunque con escasa coherencia de criterios artísticos en su programación: auténtico collage de ‘estrellas’ contratadas con ‘lo que lleven en gira’), el festival ‘Via Stellae’ nos vuelve a proponer el ciclo bachiano, en esta ocasión en un solo concierto: verdadero tour de force del que daría cuenta uno de los violonchelistas a los que más he admirado a lo largo de las últimas décadas: el canadiense, afincado en Francia, Jean-Guihen Queyras (Montreal, 1967).

Mi profunda admiración por Queyras proviene de su amplia dedicación a la música contemporánea y actual, ya sea como solista o como miembro que fue durante años del Ensemble intercontemporain parisino, con el que nos ha brindado no sólo conciertos extraordinarios, sino grabaciones que perviven como referencias absolutas, entre ellas una deslumbrante interpretación de esa otra joya que es el Concierto para violonchelo (1966) de György Ligeti (con exquisita dirección de Pierre Boulez).

Es por ello que a la notable decepción que este ‘Via Stellae’ 2012 ha supuesto en cuanto a música contemporánea, se suma una mayor decepción al comprobar cómo una verdadera figura internacional de dicho repertorio visita Compostela interpretando unas piezas que, si bien en la actualidad está programando (¿publicitando?) en sus giras tras su edición discográfica (Harmonia Mundi HMC 901970.71), no son, ni mucho menos, un repertorio en el que su contribución aporte algo verdaderamente sustantivo, que nos haga comprender estas obras de un modo nuevo (objetivo que quizás debería primar en la grabación de unas Suites con tan ilustres predecesores, más allá del grabar-por-grabar que tanto se estila y que tan graves daños depara a la industria discográfica).

Es también posible que en la presencia de Queyras en el ‘Via Stellae’ haya primado la condición ‘barroca’ del festival (algo a todas luces discutible en una ciudad cuyos habitantes han nacido mayoritariamente en el siglo XX, con las coyunturas y cuestiones que impone dicha contemporaneidad, bastante alejada de ‘lo barroco’). Ahora bien, si un festival se define con tanta rotundidad como principalmente barroco -tal y como hemos vuelto a leer en prensa los días en que se presentaba al público gallego (aunque el ‘Via Stellae’ se haya diversificado en los últimos años con conciertos que van de la música antigua al jazz, pasando por el flamenco y hasta la música disco)-, quizás se debería cuidar más la interpretación que reciben esas piezas barrocas, que si bien admiten un amplio abanico de enfoques (con Glenn Gould y Uri Caine a la cabeza de cualquier heterodoxia estilística, en claves bien diferenciadas), creo que adquieren toda su profundidad en su ejecución guiada por criterios históricamente informados... Precisamente de ello ha pecado, como hace un año Mischa Maisky, la interpretación de un Jean-Guihen Queyras que, si bien cuenta con un violonchelo construido en 1696 por Gioffredo Cappa -estrictamente contemporáneo del propio Bach-, ni ha preparado su instrumento de acuerdo con los criterios historicistas (fundamentalmente en cuerdas y arco), ni realiza una lectura acorde con dicha forma de comprender el barroco, la más pertinente a día de hoy.

Es por ello que las versiones interpretadas esta noche por Queyras se alejan diametralmente de las que uno tiene como verdaderos paradigmas en dicho terreno (aunque tan dispares entre sí): las de los Anner Bylsma, Jordi Savall, o Sigiswald Kuijken; este último a la cabeza de la reinterpretación de las Suites bachianas con su apuesta por el violoncello da spalla (violonchelo de hombro), con el que publicó en 2009 una integral de obligado conocimiento en el sello Accent (ACC 24196).

Frente a la profundidad y sentido histórico que confieren estos violonchelistas a las seis Suites, Queyras resulta plano, falto de estilo y aséptico. Su interpretación es inmaculada y apolínea, de una afinación digna de reconocer y un concepto que, en general, destaca entre las versiones con criterios modernos, alejándose de la pesadez y excesos que durante años empañaron estas piezas con tics derivados del romanticismo más subjetivista. Sin embargo, por más que el refinamiento en Queyras sea cristalino, herencia en buena medida de su experiencia en el repertorio contemporáneo, a sus Suites les falta sustancia, carne, hondura y carácter; flotan de un modo evanescente en un éter de belleza poética que las convierte en objetos preciosistas, pero menos humanos de lo que estas partituras dan de sí. La articulación tiene en muy buena medida culpa de ello, como su exploración de las dinámicas y los timbres más extremos del violonchelo (aunque, claro, con un instrumento de cuerdas metálicas y un arco moderno, ¿qué timbres ‘barrocamente informados’ se iban a obtener?) Prácticamente, el arco no se exploró en su totalidad hasta la Sexta Suite, empequeñeciendo así el sonido, privándolo de una amplitud que las hace respirar con más hondura, limándolo todo hacia una región más neutra y transparente, pero menos veraz para con la naturaleza de cada suite.

No quiere ello decir que no disfrutásemos de una interpretación con momentos de genuina belleza sonora, como la ‘Sarabande’ de la Quinta Suite; pieza en la que Queyras reafinó su violonchelo según la scordatura de rigor, algo de lo que informó al público reunido en el Salón Teatro, de entre cuyas butacas, precisamente en ese momento de extrema delicadeza y tanteo de los límites del silencio, alguien tuvo la poca fortuna de salir taconeando para mayor frustración de quienes vivían un pasaje con tantos ecos bergmanianos. En general, la primera parte del concierto resultó más firme y técnicamente convincente. En la segunda parte, a medida que avanzó el programa, algunos signos de cansancio se hicieron evidentes en la ejecución de Queyras, especialmente en la compleja Sexta Suite, de tan difícil calibración entre la gran forma en lo estructural y el preciosismo detallista de verdadera miniatura que caracteriza su tonalidad, especialmente en los registros agudos. Ahí fue donde el cellista canadiense acusó más momentos en los que su previamente inmaculada afinación vivió algún que otro apuro, solventado en parte por una digitación primorosa que le permite reinstalarse de inmediato en una tesitura que quizás case más acertadamente con el pequeño violonchelo de cinco cuerdas que utilizan (en versiones históricamente informadas), músicos como el citado Bylsma o Jaap ter Linden.

El público reunido en la sala compostelana, repleta y con el cartel de completo colgado desde casi una hora antes del evento, reaccionó a esta interpretación de las Suites de un modo prácticamente análogo a su interpretación: de forma concentrada y refinada, sin mayores entusiasmos ni una ovación extensa. Quizás, más allá de paladear el sentido poético de Queyras, su delicada técnica e inmaculada asepsia, no se llevaban con ellos nada que sustancialmente les descubriera algo nuevo en unas piezas siempre repletas de posibles y tan profusamente abordadas en los últimos años... Otros, como quien estas líneas firma, nos quedábamos con una frustración doble: por una parte, la de no haber escuchado -de nuevo- estas Suites como creemos han de ser interpretadas en la actualidad para darle toda su dimensión barroca e histórica; por otra, por haber perdido una excelente oportunidad de haber escuchado a un intérprete de primer nivel en el terreno de la música contemporánea defender el repertorio en el que más ha contribuido a la escena musical a lo largo de su carrera. Ello no supondría, en absoluto, el tener que renunciar al propio Bach, pues bien se podría haber programado un diálogo entre algunas de las Suites con compositores que, además de formar parte medular del repertorio de Queyras, fueron fervorosos estudiosos y amantes de la música del Kantor de Leipzig, como György Ligeti y György Kurtág, por poner dos ejemplos obvios.

Cuando, reiteradamente, se programan conciertos de música antigua con interpretes de máximo nivel internacional, mientras que para los de música contemporánea se recurre a agrupaciones locales, lo que se lee entre líneas es la existencia de un repertorio ‘de primera’ y otro ‘de segunda’... El hecho de que los músicos verdaderamente protagonistas de nuestra contemporaneidad compositiva nos visiten para interpretar música en la que realmente dejan bastante que desear por estilo y experiencia, no hace sino perpetrar otro golpe en esa funesta dirección... Hemos recuperado, tras un robo cutre y chapucero, impropio de un país supuestamente desarrollado, el Códice Calixtino; pero nos falta escribir el ‘códice’ cuyas rutas y guía nos sitúen en el mapa de la significatividad musical actual. Mucho queda por hacer al respecto, mucho, para escapar de esta espiral decadente de la reiteración...



Este artículo fue publicado el 11/07/2012

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Referencias:


Jean-Guihen Queyras