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Londres, 01/06/2004. The Royal Opera House, Covent Garden. R. Strauss, Arabella. Peter Mussbach, dirección escénica. Erich Wonder, escenografía. Andrea Schmidt-Futterer, vestuario. Alexander Koppelmann, iluminación, Axel Bott, dramaturgia. Mary Lloyd-Davis (pitonisa), Cornelia Kallish (Adelaide), Barbara Bonney (Zdenka), Raymond Very (Matteo), Karita Mattila (Arabella), John Daszak (Elemer), Artur Korn (Theodor Waldner), Neil Gillespie (Camarero), Thomas Hampson (Mandryka), Christopher Lackner (Welko), Quentin Hayes (Dominik), Iain Paterson (Lamoral), Diana Damray (Fiakermilli). The Orchestra of The Royal Opera House, Covent Garden. Christoph von Dohnányi, dirección musical. Ocupación: 100 %
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Pues eso… qué decir de esta Arabella londinense. Para empezar, el piropo de rigor al tándem mágico Strauss / Hofmannsthal. En realidad, uno querría que ambos resucitasen y compusiesen una ópera por temporada, siguiendo sus pautas habituales con sobresaltos alla Electra y muchas Arabella por el medio. Pero como no puede ser, hay que limitarse a disfrutar con lo que nos dejaron y en este caso es de nuevo una joya de equilibrio entre lo frívolo y lo sublime, como pasa inmediatamente después del sentidísimo dúo de ‘Zdenka’ y ‘Arabella’, en que viene de nuevo la inflación inane que hace de este enredo un permanente bocado.

 

La producción de Peter Mussbach, excelente en la realización de vestuarios, iluminación y decorados, ofreció una Viena digna y decadente a un tiempo: escaleras mecánicas de un hotel lujoso en el que los que nobles que aún tienen el dinero están menos preocupados por las formas y el bien vestir que la empobrecida familia, también noble, de Arabella. Como en Gone with the wind, en que ‘Scarlett O'Hara’ se hace el más suntuoso vestido posible con sus cortinas verdes precisamente cuando está en bancarrota. Me pregunto si los espectadores de los anfiteatros superiores podían ver toda la escena. Los directores deberían pensar en todo el público, no sólo en el que va al patio.

 

Un reparto perfecto

Alguien dijo que la voz de Mattila no conquista inmediatamente, sino que se te mete bajo la piel y va poco a poco haciendo su trabajo. Al final de la ópera no puede imaginarse a ninguna otra soprano cantando este papel. A su adecuación vocal, sumó una desenvoltura escénica y un conocimiento de la melancólica y divertida ‘Arabella’ simplemente perfecto. En su divertido final, lo que salía de su boca era pura felicidad.

 

Excelente actriz Barbara Bonney en el atormentado papel de ‘Zdenka’, la niña cruelmente convertida en chico por unos padres que “no pueden permitirse el coste de tener dos hijas”. Estuvo vocalmente intachable. Y excelente Thomas Hampson como ‘Mandryka’, papel quizás un puntito grave para su voz de barítono lírico. Y menuda actuación. No sólo se emborrachó muy bien, sino que mostró cada detalle de su enfado con ‘Arabella’ y su posterior disculpa. Todo un campesino de noble corazón. En definitiva, los cantantes tocaron el cielo. No sólo el trío protagonista, sino en general, todos los secundarios.

 

El foso funcionó perfectamente bajo la muy experimentada batuta de Christoph von Dohnányi, que se sabe la ópera al dedillo. Su trabajo fue perfecto: a veces no parecía que estuviese ahí pues no exageró con el rubato, ni las dinámicas, ni pretendió ser protagonista. Sólo dibujó la ópera sin mácula al frente de una orquesta que se portó muy bien.

 

Hasta ahora, esta Arabella queda como uno de los platos fuertes de la temporada de Covent Garden, acompañada en esta lista de honor por Boris Godunov, Simon Boccanegra y Lady Macbeth de Mtsensk. Y aún quedan tres óperas por delante…



Este artículo fue publicado el 07/06/2004

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