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Butterfly con los llorómetros a cero

A Coruña, 27/09/2012. Palacio de la Ópera. Madama Butterfly, ópera en dos actos de Giacomo Puccini, con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, según las obras de John Luther Long y David Belasco. Reparto: Fiorenza Cedolins, soprano (Cio-Cio-San); Tito Beltrán, tenor (B.F. Pinkerton); Nuria Lorenzo, mezzosoprano (Suzuki); Borja Quiza, barítono (Sharpless); Francisco Pardo, tenor (Goro); Alberto Feria, bajo (El Tío Bonzo); Eliseu Mera, barítono (Príncipe Yamadori); Pedro Martínez Tapia, barítono (El Comisario Imperial); María Rivera Fraga, mezzosoprano (Kate Pinkerton) y otros. Mario Pontiggia, director de escena y escenografía. Shizuko Omachi, diseño de vestuario. Eduardo Bravo, diseño de iluminación. Agostino Taboga, asistente de la dirección escénica. Coro Gaos (Fernando López Briones, director del coro). Orquesta Sinfónica de Galicia. Marcello Panni, director musical. Producción del Festival de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria. LX Festival de Ópera de A Coruña. Ocupación: 100%
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Hace algún tiempo, Agustín Blanco Bazán hablaba en estas mismas páginas del concepto del llorómetro, como algo de gran utilidad para medir el éxito de las representaciones de ciertas óperas puccinianas. Esta técnica consistiría en medir las lágrimas derramadas por los espectadores y por uno mismo al final de una función. Como en el caso de La Bohéme, Madama Butterfly es una de esas óperas que se prestan perfectamente a ser medidas por el llorómetro, por motivos obvios. Indudablemente, algo va mal en cualquier función de Butterfly si al final uno no termina psicológicamente hundido y con los ojos bañados en lágrimas. Y, por cualquier razón, en la presente función de A Coruña, parece ser que la mayoría de los llorómetros -el de un servidor el primero- estaban a cero al final de la función.

Lo cierto es que la mayoría de los elementos de esta función se movieron en unos parámetros de correcta discreción que perfectamente podrían haber salvado cualquier otra ópera, pero que hieren de muerte a una ópera como esta, que debe ir directa al corazón del espectador. 21 años llevaba la geisha ausente de la ciudad -¡son demasiados para una ópera como esta!-, y había ganas de volver a escuchar la que sin duda es una de las partituras cumbre del siglo XX. Se notaba en el ambiente. Todo se prestaba para que se desbordase el entusiasmo, pero esta vez no pudo ser… por muchas cosas.

El elenco vocal fue bastante problemático. No tengo ningún problema en reconocer públicamente mi admiración por Fiorenza Cedolins, una cantante que me ha dado muchas noches memorables en un pasado más o menos reciente -sin salir de A Coruña, aún se recuerda su interminable y espléndido concierto de arias del año 2006-, pero que, de un tiempo a esta parte, tiene sus capacidades vocales indudablemente algo mermadas. Conserva intactos la belleza de la voz, la musicalidad, la italianitá, la limpieza en la emisión, y el conocimiento extremo de un rol que, de otra forma, quizás no habría podido sacar adelante hasta el final con garantías. La voz ha perdido parte del metal en el centro -con la consiguiente merma de volumen, algo que el director orquestal tampoco supo subsanar-, y sufre notablemente para atacar los agudos -mediante portamentos la mayoría de las veces-. A su favor, su musicalidad le permite afrontar hermosas medias voces, y aportar detalles de buen gusto en los piani. Los estallidos más dramáticos, sin embargo -‘Ritorna e m’ama!’- le hacen sufrir notablemente. Así y todo, su importantísima implicación dramática -construye un personaje muy creíble- le permite irse creciendo en su encarnación conforme avanza la representación, y acabar conmoviendo en la escena del suicidio. Se le agradece la entrega, pero la geisha es un papel que excede sus posibilidades vocales actuales. Posiblemente rinda mejor en roles menos exigentes.

Menos feliz el resto del reparto. Muy problemático el B.F. Pinkerton del tenor chileno Tito Beltrán, de timbre gastado e ingrato y emisión sucia; siendo su única arma medianamente aceptable un agudo que aún conserva cierto squillo. Además, la proyección resulta bastante deficiente -el sonido tiende a quedarse atrás-, con lo que el sonido se pierde entre la masa orquestal. Al menos la parte es breve, pero el bellísimo dúo del primer acto, por ejemplo, quedó bastante deslucido por su culpa; y Cedolins empezó a brillar más desde el segundo acto, cuando Butterfly se encontró sola en su tragedia. Tampoco Borja Quiza supo encontrar su lugar en Sharpless, un papel que tiene mucho jugo, pero que resulta totalmente inadecuado para un instrumento tan lírico como el del barítono gallego. Al timbre -demasiado claro para esta parte- le falta la necesaria redondez, y el papel le queda demasiado grave: el resultado es que la voz queda literalmente sepultada por la orquesta la mayoría de las veces. Podrá rendir mejor en otro tipo de repertorio -barroco, clasicismo, belcanto buffo o roles de barítono Martin, por ejemplo-, pero Puccini le es completamente ajeno, al menos por el momento. En escena, sin embargo, se le vio bastante desenvuelto. Una lástima.

Sorprendió positivamente, sin embargo, la estupenda Suzuki de la mezzosoprano gallega Nuria Lorenzo, que ha progresado muchísimo en los últimos años: la voz es cálida, hermosa y redonda, de grato color y bien proyectada -la mejor proyectada de todo el reparto-. Además, se reveló también como una actriz estupenda. Fue el complemento perfecto para Cedolins -el dúo de las flores les quedó precioso-, y supo elevar a la categoría de protagonista un papel que a veces no brilla como se merece. Fuerte aplauso para ella, y espero verla de nuevo brillando en empresas de similar calibre.

En el equipo de secundarios hubo un poco de todo. Entre lo mejor, el brillante Goro del tenor Francisco José Pardo, que tiene por color, extensión y emisión, el timbre perfecto para este tipo de partes semibuffas -particularmente para esta, que es dificilísima-, lo puso de relieve y resultó mejor cantante que el tenor principal. Ya se hizo notar hace algunos años como uno de los tres Ministros de Turandot, y este nuevo triunfo en Goro le indica claramente el terreno en el que debe moverse. También el Tío Bonzo de Alberto Feria sonó imponente, como es costumbre en este cantante. El resto del extenso comprimariado, se movió a medio camino entre lo correcto y lo discreto según los casos.

Hubo un espléndido trabajo -de lo mejor de la función- por parte del Coro Gaos, una agrupación que cuenta con apenas dos años de existencia, pero que realizó un trabajo formidable de afinación y empaste, no solo en el esperado ‘Coro a bocca chiusa’ -del que ofrecieron una versión bellísima, tal vez de los mejores momentos musicales de la noche-, sino también en toda su intervención del primer acto. Considerando la juventud de la formación, hay que aplaudir mucho este gran trabajo y desearles futuros éxitos.

La Orquesta Sinfónica de Galicia rindió al notable nivel al que nos tiene habituados -especialmente la sección de cuerda, que estuvo a gran altura en el coro a boca cerrada- en una versión que subrayó sobremanera el ambiente oriental de la partitura. A pesar de todo, la batuta del italiano Marcello Panni -que diera buen resultado aquí en otros títulos, fundamentalmente belcantistas- no acertó en esta ocasión, y fue ciertamente problemática, puesto que se inclinó por una lectura de tempi exasperadamente lentos y pasada de rosca en decibelios -escúchese por ejemplo cómo interpretó en 'Intermezzo'-. Fue una versión solo apta para fiatos a prueba de bomba -la mejor en este sentido fue Cedolins…-, y de la que solo podrían salir vivos cantantes de voces especialmente caudalosas, característica que no siempre se daba en el reparto aquí reunido. Así las cosas, quien más quien menos sufrió para pasar la orquesta en más de un momento de la función: desde un Quiza al que le resultó casi imposible hacerse escuchar hasta una Cedolins que, con las limitaciones arriba comentadas, estoy seguro de que habría podido rendir muchísimo más y mejor con una batuta que la mimase más. Posiblemente también alguno de sus compañeros.

La producción -procedente de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria- es una de las mejores que le haya visto a Mario Pontiggia -responsable de la dirección de escena, la escenografía y el movimiento escénico-. Esta vez firma un montaje clásico, hermoso y teatral –sin sorpresas ni sobresaltos innecesarios-, apuesta por una estética sencilla pero efectiva y ofrece momentos de una plasticidad muy lograda -especialmente el bello cuadro del coro a boca cerrada, merced a una iluminación sugestiva de Eduardo Bravo, uno de los puntales de la propuesta-, sobre una escenografía que saca gran provecho a un juego de reflejos en espejos que sirve para crear algunos dobles planos interesantes. Algo por debajo el vestuario de la prestigiosa diseñadora Shiuzko Omachi: estupendo en los personajes principales, pero los figurines de algunos de los secundarios -Goro, por poner un ejemplo- apuestan decididamente por el mundo del cuento, y acaben teniendo un cierto punto carnavalesco. Las pocas sorpresas que podría tener la propuesta ya se ha visto en otros montajes y no molestan ni entorpecen el discurso narrativo: como en tantas otras producciones, Butterfly se suicida no sobre el acorde que marca Puccini, sino una vez que ha escuchado la llamada de Pinkerton, en una salida que remarca la dignidad del personaje.

Por otra parte, podría ser discutible el hecho de dar la versión en tres actos con dos pausas -normalmente se suele ofrecer esta misma versión, pero con una única pausa, en una solución más cercana a la versión original de Puccini-. Creo que hacer una pausa entre los actos dos y tres -que después de todo transcurren sin solución de continuidad y en el mismo espacio- rompe de alguna forma la tensión dramática -permitiendo que el público se relaje-. Asimismo, la finalidad del extenso y expresivo ‘Intermezzo’ queda algo diluida por este corte. Por mucho que se suela interpretar esta versión definitiva en tres actos, rara vez se hace esta pausa en la actualidad. Fue curioso también comprobar que el pequeño ‘Dolore’ -muy desenvuelto escénicamente por cierto- fue esta vez un niño moreno y de ojos marrones, y por tanto cualquier referencia a sus rasgos físicos se eliminó inteligentemente del sobretitulado.

A pesar de todo, el público permaneció bastante frío durante toda la función –apenas unos tibios aplausos de cortesía a Cedolins tras ‘Un bel di vedremo’-, y, al final, aunque creció sobremanera el aplausómetro -la escena final de Cedolins tuvo una intensidad dramática importante- los llorómetros estaban, en general, a bajos niveles. Y en una ópera como esta, es un defecto imperdonable. ¿La culpa? Un poco de casi todos. Otra vez será, pero ojalá que no haya que esperar otros veinte años antes de que la geisha regrese a la ciudad.



Este artículo fue publicado el 18/10/2012

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Comentarios:


Victoria 18/10/2012 0:43:36
Estupenda crítica, bastante ajustada a lo que se vio y se escuchó en estas funciónes. Además, está escrita con coherencia y educación. Felicidades.

ele que ele 18/10/2012 0:39:17
La Coruña tiene una temporada de ópera manifiestamente mejorable. Tan poca ópera se ofrece en La Coruña que el Palacio de Ópera de La Coruña ha de servir también para congresos regionales de podólogos y presentaciones de libros, normalmente de gentes residentes en La Coruña. Nada ha hecho para mejorar estas condiciones la reapertura en La Coruña de otro teatro, el Teatro Colón de La Coruña. Con semejante oferta no es de extrañar que desde el resto de España apenas nadie viaje ya a ver ópera a La Coruña.

lector de criticas 18/10/2012 0:20:00
cualquier semejanza con otras tres sobre el mismo espectáculo [no sé si función] es fruto de la casualidad


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