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Una Norma con garra: Oviedo quiere voces

Oviedo, 17/12/2011. Teatro Campoamor. Norma, tragedia lírica en dos actos con música de Vincenzo Bellini y libreto de Felice Romani, estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 26 de Diciembre de 1831. Versión semiescénica. Susana Gómez, disposición y movimiento escénicos (sic); Antonio López, espacio escénico; Alfonso Miranda, iluminación; Gabriela Salaverri, vestuario.Reparto: Sondra Radvanovsky (Norma); Dolora Zajick (Adalgisa); Aquiles Machado (Pollione); Carlo Colombara (Oroveso); Jon Plazaola (Flavio); Maribel Ortega (Clotilde). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Coro de la Ópera de Oviedo. Roberto Tolomelli, dirección musical. LXIV Temporada de Ópera de Oviedo 2011-2012
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Un triunfo con pocos precedentes en esta plaza. Los responsables tienen motivos para estar contentos, porque la Ópera de Oviedo consiguió con estas funciones de Norma -título complicado donde los haya- no solo el éxito que tanta falta les venía haciendo esta temporada, sino también el mayor éxito que hayan logado en unos cuantos años, y una de las mejores funciones de ópera del año en todo nuestro país. Casi nada.

Estas funciones dieron la razón a quienes pensamos que en la ópera la música es un factor fundamental. Inicialmente pensadas como concertantes, se acabaron ofreciendo en versión semiescénica -un término que cada vez va apareciendo más y más en las programaciones y siempre suele funcionar bien-, y con un reparto que incluía a algunas de las voces más importantes del panorama internacional actual. Nombres de reconocido prestigio, si bien, en general, no especialmente ligados a esta ópera ni a este estilo. El resultado: las mayores ovaciones que se hayan escuchado en el Teatro Campoamor en, por lo menos, diez años.

Fue un acierto la semiescenificación que planteó la ópera. Sencillísima, basada en un inteligente uso de la iluminación -de Alfonso Malanda- y un sencillo juego de alturas, la dirección escénica de Susana Gómez cuenta la historia con claridad, y aporta algún detalle ciertamente estético -sirva como ejemplo el inicio del segundo acto, con una Norma envuelta en tinieblas dispuesta a asesinar a sus hijos-. El vestuario -de Gabriela Salaverri- está a medio camino entre los trajes de noche y los trajes adecuados a la época en que transcurre la acción. Y, a pesar de que falten cosas -los hijos de Norma, por ejemplo, nunca llegan a pisar el escenario- el resultado es estético, y permite centrarse en el canto. Y cuando el canto tiene la calidad que se escuchó en estas funciones, no se necesita más para disfrutar.

 

Quizás a priori fuese algo sui generis el reparto vocal, aunque contase con algunas de las más rutilantes estrellas del panorama operístico actual. Sondra Radvanovsky debutaba el rol de la sacerdotisa, y, la verdad, lo tiene prácticamente todo para ser una de las más importantes intérpretes del rol de los últimos años: voz grande y spinto, con ese color tan personalísimo e inconfundible, y esa emisión por momentos un punto truculenta; pero con un dominio del instrumento absoluto, y una interiorización del rol impropia de un debut: afronta sin temor desde agudos en messa di voce -al más puro estilo Callas, un modelo que se nota que ha estudiado de cerca- hasta los fortissimi más percutientes que se puedan imaginar; y, a pesar de lo voluminoso de la voz, no se amilana a la hora de ejecutar canto de coloratura. Y, además, tiene algo todavía más importante: esa capacidad de hacer teatro con su propia voz, de entrar en el drama con la sola ayuda de la acentuación del canto. Si su 'Casta Diva' -aria peligrosa, que enseguida puede caer en la caricatura o en la copia descarada- ya tuvo su sello personal, y presagió algo importante, su largo recitativo inicial del segundo acto heló la sangre, y toda su larga escena final fue directamente estremecedora. Podrá reprochársele una dicción a veces poco clara, o el hecho de ser una Norma probablemente poco belcantista, pero es difícil encontrar a día de hoy no solo voces de esta calidad, sino intérpretes de este magnetismo e inteligencia. La rotunda y prolongada ovación que recibió al final -con buena parte del público en pie- fue esclarecedora. Está sin duda llamada a ser la Norma de su generación en los mejores teatros mundiales, y es una suerte que hayamos tenido el placer de asistir a su debut.

A su lado estuvo otra fuerza de la naturaleza como es la mezzosoprano Dolora Zajick, en el papel de Adalgisa. Una cantante de la que uno ya no sabe qué más destacar. Porque aunque empieza a notarse una cierta decadencia -después de más o menos 30 años de carrera gloriosa en los mejores teatros mundiales-, lo que permanece sigue siendo muy superior a la media. La voz es grande, carnosa y homogénea en todo el registro, y la cantante sabe plegarla a las sutilezas del belcanto cuando y como debe, sin renunciar a alardes que dejarían boquiabierto al más exigente de los aficionados -ese doble regulador al comienzo de su dúo con Pollione es sencillamente inigualable-. Sin ser tampoco una gran belcantista, se vio química clara con Radvanovsky, y los dúos entre ambas fueron de alto voltaje, y un claro ejemplo de trabajo en equipo entre dos cantantes de raza. El delirio del público tras cada uno de ellos está sobradamente justificado.

Aquiles Machado no lo tenía fácil al lado de estos dos colosos del canto. Sin tener una voz tan rotunda ni voluminosa como la de sus partenaires -algo por otra parte difícil-, y en un rol que, en principio, sobrepasa un poco sus características vocales naturales -que siguen siendo las de un tenor lírico puro-, le salvan la indiscutible belleza del timbre y la naturalidad del canto, que tiene cierta escuela. El agudo, por ejemplo, apareció esta noche segurísimo -pese a algún ocasional cambio de vocal bastante claro para facilitar la emisión-. El fraseo podría ser más ardoroso y menos monótono en ocasiones, pero el resultado general, a pesar de todo, sigue estando muy por encima de la mayoría de los Polliones existentes en la actualidad, por la honestidad del canto y la belleza del instrumento.

A Carlo Colombara, por las razones que sean, le he escuchado un buen número de Orovesos a lo largo de los años, sin que el de esta noche haya sido de los más afortunados, pues no pareció hallarse en las mejores condiciones vocales. A pesar de demostrar que conoce el rol, y ser sin duda alguna el más belcantista del reparto, en esta función impuso la nobleza de su canto, aunque sonó algo falto de rotundidad en ambos extremos de la tesitura, cosa que deslució el resultado final.

En el comprimariado, destacó la habitual eficacia de Jon Plazaola como Flavio, y estuvo muy correcta y en su sitio Maribel Ortega como Clotilde, si bien leer su repertorio habitual -aún siendo en teatros menores, canta el rol titular de esta ópera, Abigaille, Lady Macbeth, Suor Angelica…- causa algo de vértigo, a la vista de lo aquí escuchado.

Desigual el Coro de la Ópera de Oviedo, con las cuerdas femeninas mucho más implicadas y mejor empastadas que las masculinas -en este aspecto, el 'Non parti?' resultó francamente mejorable-. Hubo problemas en la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, por afinación y empaste -especialmente notorios en la cuerda-, aún cuando el solo de violoncello de la introducción al segundo acto estuvo estupendamente ejecutado.

En el foso, la versión de Roberto Tolomelli fue fallida, por elegir tempi exasperantemente lentos -posiblemente para ayudar en la medida de lo posible a las dos cantantes protagonistas a manejar sus voces-, en una lectura pesante, falta de nervio y tensión y pulso dramáticos. Aún así, se impuso la magia de las voces, pero es cierto que la batuta podría haberlo echado todo por tierra de no contar con este elenco excepcional.

El resultado final no dejó lugar a dudas, y hay que insistir porque me parece ciertamente importante: se trajeron voces de primer nivel, y el público ovetense -posiblemente hambriento de artistas de este calibre- respondió como se debía. El teatro estuvo lleno de público venido de los más variados rincones del país, y las ovaciones fueron entusiastas, merecidas y ensordecedoras. Y todo esto sin la menor necesidad de un konzept ni moderneces por el estilo. Voces de verdad y con personalidad, que parece que es lo que hace falta para que una ópera triunfe. Alguien debería tomar nota. Sigue sorprendiendo, eso sí, que en el interesante libro de mano figure el libreto íntegro solamente en castellano, prescindiendo del texto original, algo que, la verdad, no tiene mucho sentido.



Este artículo fue publicado el 17/01/2012

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