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Una ópera contra la pena de muerte

Viena, 10/10/2007. Theater an der Wien. Dead Man Walking, ópera en dos actos de Jake Heggie sobre un libreto de Terrence McNally basado en la novela homónima de la hermana Helen Prejean (estreno, San Francisco, 7 de octubre de 2002). Nikolaus Lehnhoff, director de escena. Raimund Bauer, decorados. Stephan von Wedel, vestuario. Elenco: Kristine Jepson (Hermana Helen Prejean), John Packard (Joseph De Rocher), Frederica von Stade (su madre, Mrs. Patrick De Rocher), Roberta Alexander (Hermana Rose), Peter Lobert (George Benton), Donna Ellen (Kitty Hart), Steffen Rössler (Owen Hart), Erik Arman (Howard Boucher), Rita-Lucia Schneider (Jade Boucher), Johannes von Duisburg (policía motorizado/carcelero), Steven Scheschareg (carcelero), Martin Mairinger (hermano mayor del condenado), Oscar Schöller (hermano menor del condenado), Ulla Pilz (Hermana Catherine), Akiko Mozumi (Hermana Lillianne), Mishiko Ogata (primera madre), Silvia Lambert (Mrs. Charlton). Coro de niños del Colegio Secundario de Música de Viena (dirección: Georg Kugi), Coro Arnold Schoenberg (dirección: Erwin Ortner) y Orquesta Sinfónica de Radio Austria. Sian Edwards, directora musical. Estreno austriaco. Coproducción con Opera del Estado de Sajonia de Dresde
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Jake Heggie, compositor y pianista norteamericano nacido en 1961, tiene en su haber un catálogo importante de obras de todo tipo: instrumentales, sinfónicas, ciclos de canciones y, por supuesto, varias óperas. Una de ellas es Dead Man Walking, un encargo del año 1996 de la Ópera de San Francisco, ciudad en que reside Heggie y en la que se estrenó el 7 de octubre del 2000.

Esta ópera se basa en el libro homónimo de la hermana Helen Prejean, una monja católica norteamericana que se convirtió en asesora espiritual de Patrick Sonnier (‘Joseph De Rocher’ en la ópera), un condenado a muerte por el asesinato de dos adolescentes. El best seller premiado sirvió de base para la película, igualmente del mismo nombre, realizada en 1996 bajo la dirección de Tim Robbins.

El argumento nos introduce en el pabellón de los condenados a muerte de una cárcel estadounidense. La hermana ‘Helen Prejean’, asistente social, mantiene un intercambio epistolario con ‘Joseph De Rocher’, un criminal condenado a muerte por violación y asesinato de dos jóvenes. El reo quiere conocerla. La religiosa, que no está segura de lo que debe hacer, termina consintiendo. Se presenta en el establecimiento penitenciario en el que se encuentra el condenado. Esta situación termina sumiéndola en una profunda depresión; comienza a dudar de su fe en Dios. Uno de los motivos de su desesperanza: el condenado no confiesa ni lamenta su crimen. En el transcurso de la obra, la monja no sólo se enfrenta con los padres de las víctimas sino también con la madre y los hermanos del asesino. A raíz del diálogo persistente con la religiosa, el criminal termina confesando haber perpetrado el crimen que hasta entonces le imputaba a su hermano. La ópera concluye con el ajusticiamiento de ‘Joseph De Rocher’ quien antes de morir pide perdón a los padres de las víctimas.

Escena final: Kristine Jepson y John Packard
Fotografía © by Dorothea Wimmer

Heggie eligió este tema por dos razones, por una parte porque denuncia la crueldad y futilidad de la pena de muerte y por otra, porque al tratarse de un tema tratado en una novela de éxito y en una película de cine reciente, el público se sentiría atraído.

El director artístico del Theater an der Wien optó por representar esta ópera por razones similares. Aprovechó la candencia del tema para la realización de un proyecto, en colaboración con estudiantes del ámbito escolar secundario, en que se denuncia la pena de muerte que se aplica en muchos países del mundo. Gracias a esta idea, mucho público joven vino a ver la ópera. Por otra parte, al tratarse de una obra compuesta en un lenguaje musical accesible para el gran público, pensó que serviría de contrapunto para otros proyectos, más herméticos, pertenecientes al teatro musical contemporáneo, cuya difusión constituye uno de los objetivos del programa del Theater an der Wien.

Escena del juicio: Frederica von Stade
Fotografía © by Dorothea Wimmer

En un comienzo, la ópera transmite cierta impresión de superficialidad dado que la introducción se pierde en escenas no realmente necesarias. Pero a medida que avanza, el tema se va enfocando y Dead Man Walking cobra trascendencia. Al entrar en contacto personal con el condenado, la hermana ‘Helen Prejean’ ingresa en ese mundo lúgubre de asesinato y venganza. Ella declara abiertamente que se opone a la pena de muerte y la ópera pone de manifiesto lo inhumano e indigno de esta forma de venganza pública. La mezzosoprano norteamericana Kristine Jepson realizó una labor eminente, como cantante y como actriz, en esta larga y exigente parte. Ella y el condenado ‘De Rocher’ ocupan el centro focal de la ópera. John Packard, quien cantó en el estreno mundial de la obra en San Francisco, resultó ser un cantante encomiable para esta difícil parte del condenado a muerte. ‘De Rocher’ es un personaje lúgubre, inasequible, que no sólo no reconoce su culpa sino que tampoco confiesa su crimen. No obstante en todo momento la hermana ‘Helen’ sostiene, con razón, que en cada ser humano, por culpable que fuere, también esconde elementos bondadosos. Nada es absolutamente bueno ni absolutamente malo y todo ser es redimible desde el punto de vista humano. Por esa razón se opone, con todo el peso de su autoridad de religiosa, a la pena de muerte. A pesar de esgrimir argumentos de peso, sus esfuerzos serán en vano: ‘De Rocher’ termina muriendo a consecuencia de una inyección letal.


Foto de familia previa a la ejecución: John Packard y Frederica von Stade
Fotografía © by Dorothea Wimmer

Además de presentar dos excelentes cantantes hasta la fecha no conocidos en Viena, esta producción posibilitó el regreso de dos cantantes que hace mucho que no actuaban en esta ciudad. La primera, Frederica von Stade, una estrella internacional celebrada en Austria como ‘Cherubino’ (Herbert von Karajan) y ‘Mélisande’ (Claudio Abbado), volvió, esta vez al Theater an der Wien, para cantar la parte de ‘Mrs. Patrick De Rocher’, madre del condenado. Se trató realmente de una cantante ideal para la parte y ello no sólo por la intensa emoción desplegada sino, a la vez, por la sencillez de su actuación (se trata de un personaje de origen humilde).

El otro reencuentro fue con Roberta Alexander que cantó la parte menos importante de la hermana ‘Rose’, un personaje que no obstante desempeña un papel importante de apoyo humano y espiritual a la por momentos totalmente desamparada hermana ‘Helen’.

Coro de condenados
Fotografía © by Dorothea Wimmer

El resto del elenco fue de sólido desempeño en una serie de personajes no trascendentes pero necesarios para el desarrollo de la obra, tales como hermanos de la víctima, otras religiosas colegas de la hermana ‘Helen’, carceleros y, sobre todo, los padres de las víctimas, que sólo parecen capaces de ventilar su rencor ante lo ocurrido y que no cejan en su deseo de venganza. También tiene una breve actuación el capellán de la cárcel que, con el transcurso del tiempo en esta función, se ha convertido en un personaje cínico que ha dejado de creer en la capacidad de redención de los condenados. En realidad, se trata de un muestrario de personajes de la vida cotidiana que no pueden ver más allá de lo que la sociedad les ha impuesto como norma.

La directora de orquesta británica Sian Edwards, que tiene en su haber una considerable carrera internacional, sobre todo si se tiene en cuenta las dificultades con se enfrenta una mujer en una función cuyo desempeño sigue siendo privativo de los hombres, realizó una loable labor musical y de coordinación entre orquesta y escenario. Siempre presente, logró en todo momento impulsar la acción y proporcionar la tensión dramática e intensidad necesarias. La Orquesta Sinfónica de la Radio dio lo mejor de sí.

Sian Edwards encontró un excelente complemento en la labor de Nikolaus Lehnhoff quien supo evitar efectos teatrales superficiales y lacrimosos para darle a todo este drama un hálito de objetividad. Los escuetos y logrados decorados de Raimund Bauer hicieron lo suyo para recrear el ambiente de este mundo tan triste y agobiante.

En cuanto a la música compuesta por Heggie, es preciso tener en cuenta que uno de los principales problemas con que se enfrentan los compositores de la actualidad, sobre todo en lo referente al teatro musical, es aquel del lenguaje musical que adoptan para expresarse. Si este lenguaje tiende a ser de vanguardia y muy abstracto, la gran mayoría del público elude el espectáculo. Y quienes asisten entienden esencialmente muy poco, simplemente por no estar preparados para ese tipo de dicción musical. Si, en cambio, el compositor utiliza un lenguaje más tradicional, corre el riesgo de ser tildado de superficial, trivial y aún burgués. Los compositores norteamericanos parecen tener menos cuestionamientos a este respecto que sus colegas europeos (o aun latinoamericanos) y se basan, a la hora de componer, en una tradición propia que estriba en gran parte en elementos musicales vernáculos.

Tal como señalara Heggie, en una conferencia de prensa que se celebró en el Theater an der Wien antes del estreno, para componer esta ópera utilizó todos los elementos musicales con los cuales creció en su país, desde aquellos tan típicos de la música norteamericana (como el Gospel, el rock, el jazz, y el spiritual, como aquellos elementos estilísticos pertenecientes a la música culta europea (mencionó a compositores tales como Ravel, Debussy, Bartok, etc...).

En definitiva, Jake Heggie reconoció la necesidad de volver a utilizar un lenguaje orientado hacia un público más amplio, menos preparado, y no componer para un público especializado y acostumbrado a escuchar música contemporánea. Trató, como dijo, de volver conquistar a un público para que asista a espectáculos actuales de teatro musical. Desde este punto de vista, no se le podrá reprochar a Heggie el no haber hecho lo posible para complacer al sector más general del público, aunque, corresponde destacar este aspecto, sin caer en lo trivial (salvo contados momentos). Su lenguaje musical es, en definitiva, extremadamente ecléctico. El resultado es una obra que le sienta bien al público sin por ello ser demasiado superficial.



Este artículo fue publicado el 05/11/2007

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