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Dalila Borodina

Bruselas, 21/03/2007. Palais des Beaux Arts. Samson et Dalila. Hoftheater, Weimar, 2 de diciembre de 1877 (en concierto); París, 23 de noviembre de 1892 (versión escénica). Libreto de Ferdinand Lemaire y música de C. Saint-Saëns. Intérpretes: Olga Borodina (Dalila), Carl Tanner (Samson), Jean-Philippe Lafont (Grand Prêtre de Dagon), Federico Sacchi (Abimélech), Chester Patton (Un viel Hébreux) y otros. Orquesta y coro (director: Piers Maxim) de La Monnaie. Dirección de orquesta: Kazushi Ono. Versión de concierto
imagen La obra maestra -mal que le pese a algunos- de Saint-Saëns nació en forma de concierto y sigue siendo el mejor modo en que luzcan sus cualidades y se ‘perdonen’ (si hace falta eso) sus ‘defectos’. Sobre todo si cuenta con dos grandes protagonistas, un buen conjunto de comprimarios (que salvo en dos casos son mucho más que eso), un excelente coro y orquesta bien dirigidos. La Monnaie decidió con gran tino no gastar dinero en nuevas puestas y dar tres funciones jugando la carta de un gran nombre y otro que destaca ya bastante. Se valió de su magnífico coro (en el mejor trabajo desde que lo prepara Maxim) y del más que buen nivel técnico de su orquesta.

La elección de Ono parecía inevitable, y su primer acto resultó por todo concepto magnífico: claro, es el más ‘oratorial’. Cuando a partir del segundo y en particular en el tercero hay más drama y sobre todo más fuego, las cosas no se le presentaron tan favorables y en particular en el cuadro final hubo ritmo vertiginoso, casi al borde del ruido, y pocas nueces. Pero al menos no cubrió a los artistas, aunque una ‘bacanal’ así poco tenía de arrebatador y sensual.

Y con sólo oir a su ‘Dalila’, a la que el público dirigió insistentes demostraciones de aprecio -más que merecidas- con cuotas de delirio al final (algo inusual para el un tanto abúlico público de la Monnaie, concretamente en lo que a ópera se refiere), lo hubiera tenido todo resuelto. Desde ‘Je viens célebrer la victoire’ y ‘Printemps qui commence’ fue difícil no entregarse al embrujo del color, la perfección y la seducción -ojos incluidos- de la gran Borodina, que llegó para mí a algo que creía imposible: superar a su propio recuerdo en Milán junto a Plácido Domingo. Si hasta llegó a conferir interés y buena dosis de erotismo a ese dúo más bien banal del tercer acto (y cantar con Lafont al lado no es fácil para nadie, vista una vez más la escuela de las notas abiertas y estridentes del barítono, ahora con la voz más bien ajada), no quieran ustedes saber lo que fue, no ya la célebre escena de la seducción de ‘Sansón’ sino la gran aria que abre el segundo acto precedida de su recitativo, donde al mismo tiempo que sentaba alta escuela de canto y articulación presentaba una ‘Dalila’ tan falsa, pérfida, calculadora como fascinante.

Algunos confunden la ‘aristocracia’ suprema de Borodina -la mejor mezzo de hoy en día, y punto- con ‘frialdad’: son quienes siempre lo han hecho con los grandes cantantes que eligen ser musicales, sacar ventaja de un timbre bello y homogéneo, sin afearlo ni quebrar jamás la línea de canto en aras de ‘expresividades’ por lo menos dudosas… En cambio, bastaría precisamente ese fragmento para echar por tierra esas ideas exóticas sobre la formidable mezzo rusa (que, además, está tan segura que no parece padecer del complejo ‘sopranil’ que aqueja, con resultados no siempre arrebatadores, a algunas de sus colegas).

Tanner no llegó a ese nivel pero, imagino que habiendo cantado Domingo ya su último ‘Sansón’ (con él nunca se sabe), no hay muchos que lo superen en canto correcto y sincero sin apelar a subterfugios, respiraciones o declamados más o menos ineficaces pero poco apropiados y mucho menos a un físico privilegiado (del que este cantante, que hasta ahora me había convencido sólo a medias, ciertamente no dispone). Cantar vestido con un smoking y sin descansar entre los dos últimos actos es también algo que hay que poner en su haber, así como emitir casi todos los agudos a tono y con poquísimo esfuerzo. No emitió falsetes con excusa de ‘escuela francesa’ y el timbre permaneció estable aunque menos esmaltado que lo que recordaba de otras ocasiones.

De Lafont ya he hablado y prefiero no volver a detenerme en el juicio negativo que siempre me ha merecido aunque, para mi sorpresa, esta vez me molestó menos que las dos últimas veces en que su estado vocal era mejor. Fue muy interesante Sacchi en el malvado ‘Abimélech’, e irregular Patton como 'viejo hebreo'.

No entiendo por qué Lafont tuvo que ser contratado para un resultado tan mediocre. El programa dice con gran soltura que ha interpretado el rol protagónico de Don Carlos en Salzburgo. No sé qué se entiende por ‘protagonista’: el infante es un tenor, y su padre, Felipe II, un bajo, del que nunca oí que fuera protagonista. Pero como da la casualidad de que presencié esa representación salzburguesa, debo hacer notar que, con la misma irregularidad que ahora -y no demasiada propiedad escénica tampoco- lo que cantaba este bajo sin demasiados graves ni emisión pareja, era ‘el monje/CarlosV’, un papel episódico pero importante, jamás protagónico. Me parece que, además de contrataciones innecesarias, ahora habrá que empezar a no confiar en las biografías de los programas.

Pero en fin, frente a semejante ‘Dalila’, esto se puede ‘perdonar’, aunque no olvidar.


Este artículo fue publicado el 29/03/2007

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