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Estación espacial Babilonia

Barcelona, 05/12/2005. Gran Teatre del Liceu. Semiramide (La Fenice, Venecia, 3 de febrero de 1823), libreto de G. Rossi y música de G. Rossini. Escenografía y vestuario: William Orlandi. Puesta en escena: Dieter Kaegi. Intérpretes: Darina Takova (Semiramide), Daniela Barcellona (Arsace), Ildar Abdrazakov (Assur), Juan Diego Florez (Idreno), Miguel Ángel Zapater (Oroe) y otros. Orquesta y coro (director: José Luis Basso) del Liceu. Dirección de orquesta: Riccardo Frizza
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No sé si once representaciones, con dos elencos, es un poco mucho para el adiós de Rossini a Italia. Que la partitura es valiosa, seguro. Que, como en ocasión de su exhumación milanesa en 1962 (y con toda la antifilología que se quiera deslumbró, tal vez precisamente por eso: en ese entonces no había ni hubieran sido muy apreciados -no lo son a veces del todo hoy- los tenores y bajos ‘rossinianos’ de ópera seria), dijera Massimo Mila, “la regina mostra le rughe”, no es del todo cierto, pero sí que se trata de una ópera ‘muy’ seria y que algunos cortes (sin llegar a los de aquella época) no le harían daño y le ayudarían a ganar un lugar seguro en el repertorio, sí.

Por ahora, me parece una ópera más bien de festival. O, mejor, de cuatro o cinco funciones en versión de concierto. Al menos, si nos atenemos a esta puesta ya destrozada en Pesaro y luego en Turín y que, imagino que por razones económicas, aún seguirá dando vueltas. Hubiera sido mejor para eso volver a la antigua de Pizzi que menciona Zedda en su artículo, o a la ‘arcaica’ de aquella reposición escalígera, donde nos hubiéramos quizás aburrido, pero no reído cuando la reina entra (“en los jardines colgantes” precisa el libreto y en la portada del programa hay una fotografía de las actuales ruinas, que no tienen mucho que ver con el ejercicio de esgrima a cargo del sector femenino del coro -excelente como cantantes y voluntariosas actrices, pero no siempre con la figura adecuada para el deporte en cuestión: las risas entre el público fueron evidentes en más de un momento como este, aunque no siempre por los mismos motivos).

Fotografía © 2005 by Antoni Bofill

Comparando las fotos del estreno pesarés, se ve que algunos turbantes absolutamente demenciales han desaparecido de la cabeza de los protagonistas masculinos, pero lamentablemente el dúo de ‘Assur’ y ‘Semiramide’ sigue siendo una civilizada conversación afilada de pareja desavenida de la alta burguesía en una cena a solas, el de ‘Assur’ y ‘Arsace’ se desarrolla durante una partida de cartas mientras al fondo otros jugadores realizan sus apuestas, los sacerdotes y ‘Oroe’ parecen salidos de una serie de ciencia ficción tipo Star Trek para la televisión, y el pobre ‘Arsace’ entra con sus regalos de duty free para su ‘Azema’, que jugarán un papel preponderante en su gran recitativo ‘Eccomi alfine in Babilonia’ (más bien debe haber confudido el avión) seguido del maravilloso ‘Ah, quel giorno ognor rammento’.

Fotografía © 2005 by Antoni Bofill

Uno puede legítimamente detestar (como es mi caso) las famosas konzept-regie, pero incluso esas, algunas veces, tienen un concepto. Esta es simple tontería que no evita que finalmente el cantante -y hace bien- disfrazado o penalizado se dedique a cantar lo mejor que puede, que es lo suyo. Y como se comprobó en esta ocasión, el respetable ‘pasa’ olímpicamente de la puesta y se dedica a escuchar y disfrutar. De otro modo no hubiera exigido la presencia de Florez después de sus dos arias, ni la de Barcellona tras su gran escena del segundo acto, ni la de Abdrazakov tras la terrible ‘escena de la locura’ de ‘Assur’ (que la última vez en el Liceu había despertado una tormenta de protestas…cuando la obra se daba para satisfacer a alguna diva y se olvidaba -más bien voluntariamente- del resto). Hizo bien el público en exigirlo e hicieron bien los cantantes -qué horror, qué antiteatral diría algún entendido del teatro lírico contemporáneo- en responder a los aplausos. Se los habían ganado en buena ley y a pesar de su indumentaria o de la marcación equivocada del personaje.

Fotografía © 2005 by Antoni Bofill

Seguramente, ‘Semiramide’ no es una heroína positiva, pero presentarla como una Gloria Swanson joven es absolutamente equivocado. De todos modos, no entiendo el porqué de los éxitos de Takova. Su ‘Bel raggio’ fue insignificante y en el resto estuvo correcta, con grandes aires de diva del cine mudo, una coloratura suficiente pero modesta, un agudo que se estrecha y se vuelve incoloro cuando tiene que llegar al extremo, y un centro y grave discretos. Cubre la función, pero no alcanza. Sobre todo cuando está al lado de algunos gigantes (a veces incluso en el sentido literal del término).

Fotografía © 2005 by Antoni Bofill

Uno podaría -y no se perdería nada en términos dramáticos- el personaje de ‘Idreno’, pero si la idea era absolutamente absurda con el gran Rockwell Blake (mi primer gran ‘Idreno’; sin él, el canto rossiniano hoy sería muy otra cosa), con Florez se parece mucho a un pecado. No sé si a este artista genial -a pesar de su juventud, cabe escribir el adjetivo- le interesará mucho examinar el Rossini ‘serio’ (La donna del lago es, por supuesto, ideal para él, y tal vez este ‘Idreno’, donde sin embargo no puede exhibir sus dotes de actor). En cualquier caso, en los pocos recitativos y concertantes y en sus dos dificilísimas arias sentó cátedra de decir, respirar, matizar; sus agilidades, además de precisas, fueron inspiradas y la voz sigue siendo un regalo del cielo por las cualidades tímbricas que es lo que no solemos tener en este repertorio. Simplemente memorable.

Barcellona es ‘Arsace’, incluso con esta puesta. La voz parecía ligeramente más clara que la última vez que la oí, pero se trata de una indudable mezzo, de medios poderosos y bellos, de dominio del canto de coloratura, de capacidad de matices y aunque todo lo que hizo fue sensacional (tal vez ‘Ah quel giorno’ tuviera un punto de interioridad algo excesiva por momentos), su gran escena del segundo acto con coro (‘In sì barbara sciagura’ seguida de la explosiva cabaletta ‘Tu ridesti il mio valore’) fue vertida de modo ejemplar y desató la ovación más intensa de la noche, y eso que no fue escasa en ellas.

Abdrazakov empezó algo rígido y con una coloratura muy mecánica y monótona, pero se fue soltando a medida que pasaba la velada y su segundo acto fue irreprochable. Y culminó, como debe, en esa auténtica fiesta (o pesadilla, según quien la cante) que es una de las mayores escenas para bajo que conozco, ‘Deh, ti ferma…ti placa…perdona’, que le valió un legítimo triunfo.

La ‘Azema’ de Sandra Pastrana fue correcta (mucho no se le pide), el ‘Mitrane’ de Eduardo Santamaría reveló una voz y una voluntad por el momento inferior a los resultados, y fue insuficiente Randall Jakobsch en ‘la sombra de Nino’ (amplificada correspondientemente; claro que cuando se amplifica, también se amplifican las imperfecciones).

En cuanto a Miguel Angel Zapater, aportó a ‘Oroe’ seguridad profesional, pero un timbre que jamás ha sido bello y da señales claras de fatiga con una emisión que, por fortuna, tuvo que utilizar más para el recitativo que para el canto.

La orquesta tuvo algún desajuste inicial en la célebre y difícil obertura, que Frizza dirigió bien. Diría que a veces es un tanto lúgubre, por más drama de que se trate, y que la admirable y difícil dosificación de los crescendi aún debe encontrar su justo punto, pero el joven director parece poseer talento y pericia suficientes como para lograrlo. Dirigir Rossini nunca ha sido fácil, pero Semiramide, por muchos y diversos motivos (comenzando por la duración), es de los huesos más duros de roer.

Como final: por la fecha puede verse que la función se daba en medio de uno de los puentes más ‘golosos’ (y el peor colocado, agregaría yo). Ni ese hecho, ni la duración (la obra terminó a la una de la mañana tras un día de trabajo normal pero víspera de fiesta) ahuyentó al público. El aforo no sé si era el cien o el noventa por ciento, pero no es fácil encontrar tanto público en una Semiramide: a menos que el público sepa que le darán algo que no encuentra todos los días, pese a puestas más o menos indigestas y caras. Para que quede bien claro que, en este como en otros casos, lo primero en que hay que ponerse a pensar para una ópera, es en la parte musical y vocal.



Este artículo fue publicado el 16/12/2005

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