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Fría belleza

París, 13/06/2012. Opéra (Palais Garnier). Hyppolite et Aricie (1 de octubre de 1733, Académie Royale de Musique, Palais Royal,Paris), libreto de Simon-Joseph Pellegrin y música de J-Ph. Rameau. Puesta en escena: Ivan Alexandre. Escenografía: Antoine Fontaine. Vestuario: Jean-Daniel Vuillermoz. Iluminación: Hervé Gary. Coreografía: Natalie Van Parijs. Intérpretes: Sarah Connolly (Phédre), Anne-Catherine Gillet (Aricie), Andre Hill (Diana), Jaël Azzaretti (L’Amour), Salomé Haller (Oenone), Marc Mauillon (Tishiphone) Aurélia Legay (La Grande-Prêtresse/Une chasseresse), Topi Lehtipuu (Hyppolite), Stéphane Degout (Thésée), François Lis (Jupiter/Pluton), Nicholas Mulroy (Première Parque), Aimery Lefévre (Arcas/ Deuxième Parque), Manuel Núñez Camelino (Un suivant/Mercure), Jérôme Varnier (Neptune/Troisième Parque) y Sydney Fierro (Un chasseur). Le Concert d’Astrée (maestro de coro: Xavier Ribes). Dirección: Emmanuelle Haïm
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Es importante que este título de Rameau retorne (después de casi veinte años) a su ‘casa madre’ en la versión, reelaborada por el mismo director de escena, estrenada en Toulouse y con un reparto parcialmente igual. La respuesta del público -en cantidad y en aplausos- fue muy buena. Si el espectáculo personalmente no me entusiasmó es porque, pese a los bellísimos trajes y los típicos telones de la época, como las pelucas y los movimientos del coro, pareció todo muy formal, muy bien hecho … y carente de toda vida. Los pocos momentos o ‘guiños’ a una estética más actual o ‘transgresora’ no pasaron de algunos gestos más bien ingenuos del Amor o de un cuadro infernal con la Furia principal con apariencia de ‘drag queen’ (se trata de un tenor, y cosechó muchos aplausos), pero tampoco se trata de eso. Y la originalidad de la presentación de las Parcas no evitó que ese cuadro, importante en sí mismo y que debería causar una fuerte impresión, quedara como un ‘cuadro vivo’ más (para colmo, la ubicación en la parte posterior del escenario penalizó la voz ya de por sí no muy caudalosa de Lis, que no fue en absoluto imponente y resultó mejor, pese a su escasa ‘majestad’, en el primer cuadro como Júpiter).

 

© 2012 by Agathe Poupeney/Opéra national de Paris


Lo que sí puede decirse es que lo que pasaba en escena se reflejaba bien en el foso de la orquesta. Haïm dirigió bien o muy bien, pero en ópera es claro que, aunque Rameau le vaya mejor que Haendel, se queda en la superficie: los ballets y ‘divertissements’, como los coros, salen muy brillantes, pero todo el espectáculo adolece de anemia y de falta de tensión. La que hay es la que aportan los artistas individuales, y aun así, hay situaciones inesperadas. Recuerdo todas las actuaciones de Lehtipuu como las de un tenor interesante, de voz no muy bella pero musical y excelente actor: aquí, aparte de que el grave exhibió molestias, no realizó una actuación digna de ese nombre aunque por el resto fue un manual de técnica y estilo. Gillet tiene una voz algo más grande, pero también con algo más de vibrato metálico en los agudos, y su Aricie fue un repertorio de gestos convencionales realizados, sin duda, con buen gusto. Hasta una cantante que suele dejar la ‘pureza’ musical a favor de la interpretación como Haller pareció desganada. La Diana de Hill tuvo problemas de timbre (muy opaco, en particular en centro y grave), de dicción y de emisión (la voz suena constantemente ‘atrás’); no ayudó tampoco el hecho de que los títulos aparecieran antes, después o nunca durante casi toda la primera parte porque no sólo en su caso el texto fue poco inteligible.

 

© 2012 by Agathe Poupeney/Opéra national de Paris

 

 

De los secundarios, las cortas intervenciones de Varnier fueron muy interesantes (en particular como Neptuno) y el doblete de Legay como sacerdotisa y cazadora resultó notable en todos los aspectos. Adorable y bien cantado resultó el Amor de la excelente Azzaretti y con posibilidades el tenor Manuel Núñez Camelino, también en doble papel y sobre todo como Mercurio.

 

© 2012 by Agathe Poupeney/Opéra national de Paris


Y una vez descontada la buena labor de coro y orquesta (el primero condenado a unas evoluciones o inmovilidades que hacía mucho no veía), nos quedan los dos principales valores de la reposición. Connolly ha sido siempre una maestra de la expresividad y el estilo aunque no tenga un timbre privilegiado: su Fedra marcó la diferencia con el resto y, no siendo francesa, se le entendió cada palabra. Si no brilló todavía más fue porque le salió un previsible y temible contrincante en Degout, un Teseo de muchísimos quilates, con el timbre ligeramente más oscuro (cosa positiva para la parte), una articulación ejemplar, una musicalidad que sólo tenía paralelo en la capacidad para decir el texto.

 

Con ellos dos la obra dejó su lejano y dorado marco para hacerse realmente presente.



Este artículo fue publicado el 25/06/2012

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