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“El final está en el principio”

Anton Bruckner: Sinfonía Nº 7 en mi mayor. Berliner Philharmoniker. Sergiu Celibidache, director. Jules Hammond, productor. Un DVD de 144 minutos de duración grabado en la Schauspielhaus de Berlín (Alemania), los días 31 de marzo y 1 de abril de 1992. EuroArts 2011408. Distribuidor en España: Ferysa
imagen Por fin, después de muchos años de espera, y coincidiendo con un 2012 en el que celebramos los cien años del nacimiento del director Sergiu Celibidache, se reedita uno de los mayores monumentos de la historia de la música grabada: la interpretación que la Berliner Philharmoniker ejecutó en 1992 de la Sinfonía Nº7 en mi mayor (1881-83, rev. 1885) de Anton Bruckner (1824-1896) bajo la dirección del maestro rumano.

Desde que conocí la versión que hoy nos ocupa, a través de una emisión televisiva alemana (la edición comercializada con anterioridad de este concierto fue lanzada al mercado por Sony en Laser Disc), la he considerado el registro bruckneriano por antonomasia, el ejemplo más completo y logrado de aproximación a lo que es la esencia musical del compositor austriaco. Si bien algunos (excelentes) registros del propio Celibidache con sus orquestas de Stuttgart y Munich (editados por Deutsche Grammophon y EMI) muestran unas cotas artísticas realmente destacables, cierto es que siempre quedaba ese resquicio para alcanzar el grado de lo sublime por la falta en dichas orquestas del sello de absoluta calidad que imprimen en Bruckner formaciones como la propia Berliner Philharmoniker o la Wiener Philharmoniker; en mi opinión, las más idóneas orquestas para este repertorio (como han demostrado a lo largo de la historia ilustres brucknerianos como Furtwängler, Böhm, Giulini, Barenboim, etc.)

Conscientes de la relevancia de esta edición, los responsables del sello EuroArts han tenido a bien incorporar como bonus un material audiovisual imprescindible para comprender lo que este concierto supuso: el documental Rückkehr nach 38 Jahren, dirigido por Wolgang Becker, que en sus 54 minutos de duración repasa la relación de Sergiu Celibidache con la orquesta berlinesa intercalando numerosas e interesentes imágenes de época con los ensayos del primer movimiento de la Séptima sinfonía; un ensayo que, de algún modo, nos muestra lo que aquel encuentro pudo suponer en su día para el joven Celibidache y la formación alemana.

Distintos músicos de la Berliner Philharmoniker cuentan en el documental de Becker sus recuerdos del director rumano en los años en que fue titular de la Filarmónica, entre 1945 y 1952; si bien el último concierto tendría lugar el 29 de noviembre de 1954, un día antes de la muerte de Furtwängler, tras 414 conciertos juntos. La llegada de un Celibidache recién salido de la academia se produjo de la mano de Hermann Bethmann, violinista de la orquesta, en pleno proceso de búsqueda de un director que ocupara una plaza para la que Celibidache, dicen, en condiciones ‘normales’ nunca hubiese sido elegido por su juventud e inexperiencia; si bien el exilio, muerte o proceso de desnazificación de las principales batutas hizo que la elección recayera en un joven muy cercano, de acusado carácter y gran temperamento artístico que enseguida sedujo a orquesta y público; procediendo a renovar un repertorio maniatado durante el régimen nazi, con importantes exclusiones de lo que se denominó ‘música degenerada’. Impagables muestras visuales de todo aquel periodo de posguerra recorren el documental, sobrecogiéndonos como siempre, por más veces que las hayamos contemplado: la orquesta tocando la Obertura Egmont entre las ruinas de vieja Philharmonie tras su destrucción el 30 de enero de 1944, el cadáver y entierro de Furtwängler, la capital alemana reducida a escombros, el reencuentro de la orquesta con su público en el Titania Palast, la gira británica de la Filarmónica, etc., etc., etc.

El excelente documental de Wolfgang Becker recorre los años de colaboración entre orquesta y director hasta su separación prácticamente definitiva, tras una tensión creciente entre los profesores más veteranos de la orquesta (que los jóvenes atriles dicen eran la mayoría, más del 60% de la plantilla), para los cuales el dominio al que aspiraba Celibidache, su forma de ensayar compás a compás, y su voluntad de ‘hacer rodar cabezas’ para renovar la formación fueron vistos como una injerencia intolerable en una orquesta que tiene la libertad y el poder de decisión de sus músicos como un principio fundamental. La llegada del mefistofélico Herbert von Karajan, desde una posición de prestigio internacional y unas dotes destacables para la (auto)promoción, decantó la elección (por encima de nombres como Keilberth, Böhm, o Jochum), marcando un distanciamiento de casi 38 años con Sergiu Celibidache...

...y tras todo ese tiempo, en marzo de 1992, el reencuentro en la Schauspielhaus berlinesa en el marco de un concierto organizado por el gobierno alemán en favor de los orfanatos rumanos (¡tiempos distintos los que se vivían en la dirección de aquella Alemania!) Fue un reencuentro de dos ‘conocidos en la distancia’, pues como confiesa Celibidache a los músicos berlineses, en una emotiva charla que con ellos mantiene al comenzar los ensayos, los ha seguido y escuchado todos esos años, reconociéndose orgulloso de sus logros: de su firmeza, competencia y rigor; del modo en que se han mantenido al margen de la mediocridad. Celibidache les dice a los profesores que ya no quedan rostros conocidos, pero que su orquesta desempeñó un rol crucial en su vida, marcando “mis primeras experiencias como ser humano y como músico”. Uno de los puntos de conflicto en sus años como titular había sido (ya) su forma de trabajar las partituras. Celibidache se reconoce ante los músicos berlineses como un “fanático de los ensayos”, algo que en apenas unos minutos iban a experimentar en sus propias carnes, con un trabajo sobre el comienzo del ‘Allegro moderato’ de la sinfonía bruckneriana que es para ver una y otra vez, una y otra vez, hasta imbuirse de una forma de comprender el sentido, nacimiento y el desarrollo de la música a todas luces única.

El trabajo de orquesta y director sobre este primer movimiento muestra un indudable deseo de seducción mutua, un respeto profundo, la confrontación de dos entidades con una personalidad acusada y firme. Ello no eximirá el que Celibidache plantee su concepción orquestal hasta el límite de la provocación, reconociendo que la Berliner Philharmoniker es quizás la orquesta más virtuosa del planeta, pero que la música sinfónica no es virtuosismo, sino escucha (línea ésta sobre la que incidía Claudio Abbado en aquellos sus primeros años como titular en Berlín). Entre sus cargas de profundidad, Celibidache les dice a los profesores que hay orquestas que nunca han tocado Bruckner, incluso a pesar de programar ciclos con sus sinfonías cada año, pues Bruckner depende de una cierta sonoridad, de una plenitud musical que reconoce no ha vuelto a escuchar desde Furtwängler (léase entre líneas...)

Y a esa plenitud sonora es a lo que aspira (y creo que logra con creces) la interpretación que orquesta y director plantean juntos, ya desde el primer trémolo del ‘Allegro moderato’, para el cual Celibidache busca el ambiente adecuado a través del color, algo que afirma no se puede conseguir individualmente sino como sinergia de una pluralidad, a través de concebir el sonido de cada sección como un todo de personalidades, un "trémolo de pluralidad", dice. Así, el conjunto muestra un lirismo muy controlado, rehuyendo en toda la interpretación el sentimentalismo, buscando la densidad: en este comienzo un cantabile infinito que se entrevé como una bruma en lontano, emergiendo de la nada, adquiriendo un cuerpo impactante desde las cuerdas.

La duración de los movimientos es, respectivamente, de 28:17, 31:25, 12:47 y 18:44 minutos; por encima incluso de la lectura con Munich para la EMI, de ‘tan sólo’ 79:50 minutos, por ¡¡¡91:13!!! de esta versión berlinesa, algo inaudito. Sin embargo, estas duraciones, semejante demora en los tempi, no resulta plomiza, sino una progresión de aplastante lógica y belleza. La sonoridad de cada sección es un canto a la personalidad del músico, a su función en el conjunto, al encuentro y sinergia de cada atril hacia el todo. “Dirijan conmigo”, les había pedido a los berliners en los ensayos Celibidache, “una orquesta no está hecha de músicos. La forman 120 directores o ninguno”. Así pues, un concepto de dirección descentralizada, a través de intérpretes que se escuchan, que se dan el tono, que apuntalan la estructura, que se engarzan dándose la entrada por medio de una interpretación que es tan intelectual como emocional. Escuchar el concierto en su integridad es comprobar cómo los músicos vivencian lo que Celibidache les ha demandado con anterioridad: que disfruten de cada pasaje, que se sumerjan en la música aún antes de sus entradas, pues sólo así cuando ejecuten sus compases serán parte de ese todo... Disfrutar de la inmensa belleza que deparan los dos primeros movimientos no es, para Celibidache, más que un camino para llegar a la verdad, que es lo que debe unir al colectivo. No se trataría, de este modo, tan sólo de notas, sino de sentido en una totalidad (“La nota es correcta, pero hay que llegar a ella de otro modo”). Para ello, es fundamental, además del atril y la sección como sinergia de personalidades, el encuentro de éstas en los puntos nodales, y su fluidez como un todo. Es sintomática la petición en los ensayos al primer trompa de que entre “en arco ascendente”, algo que provoca las risas del implicado y del resto de la orquesta, pero que adquiere todo su sentido si comprendemos desde qué articulación de cuerda llegamos a ese momento y cómo en ese nodo la forma de entrar en el conjunto de los metales marca una continuidad y un sentido global.

Así pues, uno de los grandes logros de esta Séptima de inmensa belleza y verdad sonora es que una orquesta de rutilante calidad técnica disfruta del concepto y disfruta escuchándose, siendo parte de una interpretación que no desfallece en ningún momento, a pesar de llevar pasajes al extremo de una lentitud y extatismo difíciles de describir en palabras, como todo el final del ‘Adagio’, uno de los momentos más sublimes en la historia de la música grabada, al punto de que el realizador Rodney Greenberg cambia por completo de plano y se vuelca en una suerte de evanescencia recorriendo la Schauspielhaus en busca de la luz, entre las miradas lejanas de unos espectadores que parecen conformar un teatro del mundo en torno a Celibidache... En este movimiento, el director rumano muestra igualmente su personalidad y criterio a la hora de conformar ‘su’ realización de la partitura, pues partiendo de la edición Haas, utiliza la percusión en los clímax al modo de la versión Nowak, dándole mayor énfasis y contundencia, así como anticipando algunos de los aspectos dinámicos del ‘Bewegt’ conclusivo.

Los dos movimientos finales marcan un agudísimo contraste con los dos primeros, pues desde su ambiente de sereno refinamiento y espiritualidad, la Berliner Philharmoniker es capaz de emerger hacia un pulso poderoso y firme (‘Scherzo’), así como extremadamente progresivo, estructural y profundo (‘Finale’), con unos metales apabullantes conduciendo el desarrollo de la sinfonía hacia una coda final apoteósica que es perfecta consecuencia de su fluir en cuatro movimientos; perfecto logro de lo que Celibidache había pedido a los músicos en el ensayo: que el final sea consecuencia inevitable del principio... Quizás tan sólo así expuesta se acabe de comprender esta sinfonía tan ‘bipolar’ cuando se escucha de esta forma, con esta contundencia, refinamiento, densidad y capacidad para hacer contrastar dos bloques tan distintos alcanzando una unidad inquebrantable. Así, al menos, pareció entenderlo el público berlinés, que premió la ejecución con una ovación impresionante. Sin embargo, y a pesar de semejante éxito, Celibidache nunca más volvería a dirigir a la que fuera su orquesta. ¿Acaso se encontró, 37 años después, con problemas similares por su forma de trabajar...?

Por lo que a la calidad de imagen se refiere, ésta es, en general, aceptable; en color NTSC y con una ratio de 4:3 para el documental y 16:9 para el concierto. Este último punto es un tanto problemático, pues si bien la imagen se amolda más adecuadamente a los actuales televisores, no se respeta el encuadre original de la filmación (4:3), desnaturalizando el plano de algún modo. La edición del master ha procedido a ampliar la zona intermedia, recortando las franjas superior e inferior, lo cual afecta principalmente a la figura de Celibidache en primeros planos (recortada) y a la armonía y composición del plano en las tomas generales. Se comprende el objetivo de la edición, pero quizás hubiese sido preferible respetar la ratio original (por otra parte, tan habitual en otros DVDs). Este procedimiento, al ampliar una sección de la cinta, carga de más grano al DVD, de menor resolución, por lo cual la edición en Blu-ray es la que mejor solventa este defecto (edición igualmente disponible en EuroArts para esta Séptima sinfonía). La realización del concierto es realmente bella y generosa a la hora de mostrarnos a los dos grandes protagonistas de la velada: orquesta y director en su reencuentro.

El sonido es notable, sin mayores pegas, muy amplio y robusto, generoso en graves y bien definido. La edición del DVD tan sólo vuelve a tener como pega (por lo que al mercado hispanohablante se refiere) la ausencia de subtítulos en castellano, teniéndonos que conformar con inglés y alemán (lengua del documental). Ello no será una pega en lo que al concierto se refiere, verdadero meollo de una edición, de un monumento discográfico llamado a perdurar entre los ejemplos más sublimes de aquello a lo que puede llegar el ser humano en estado de gracia.

Este DVD ha sido enviado para su recensión por EuroArts

Este artículo fue publicado el 16/08/2012

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