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Comienza el festival

Valencia, 01/06/2008. Palau de les Arts. Giacomo Puccini y Franco Alfano: Turandot, drama lírico en tres actos. Libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni a partir de la obra homónima de Carlo Gozzi. Estreno: Milán, Teatro alla Scala, 25 de abril de 1926. Dirección escénica: Chen Kaige. Escenografía: Liu King. Vestuario: Chen Tong Xun. Iluminación: Albert Faura. Maria Guleghina (Turandot), Marco Berti (Calaf), Alexia Voulgaridou (Liù), Alexánder Tsimbaliuk (Timur), Fabio Previati (Ping), Vicenç Esteve (Pang), Roger Padullés (Pong), Javier Agulló (Emperador Altoum / Voz del Príncipe de Persia), Ventseslav Anastasov (Mandarín). Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Zubin Metha.
imagen Carmen dio inicio a la segunda temporada del Palau de les Arts y Turandot al primer Festival del Mediterráneo. En ambos casos la “originalidad” de la apuesta, una vez asegurado el relumbrón mediático de las batutas (Maazel y Metha respectivamente) y el excelente hacer de orquesta y coro (caritos pero eficientes), se confió a la dirección escénica de cineastas que hacían su debut en el mundo operístico. Del trabajo un tanto decepcionante de Saura ya hablamos en su momento. Con Turandot el turno le ha tocado a Chen Kaige. Se ve que en el cauce del Turia se piensa que España para los españoles y China para los chinos, no importa que esas Españas y Chinas sean de ficción. Además, el premiado director de Adiós a mi concubina, méritos aparte, no deja de aportar un punto de glamour exótico al conjunto y, por lo demás, coloca a Les Arts en la estela de una propuesta que ya pusiera en marcha otro director de cine, Zang Yimou, con su Turandot estrenada en la Ciudad Prohibida hace diez años.

Desde luego, no se puede negar la espectacularidad de la nueva puesta. Pero, por las declaraciones realizadas a la prensa durante los ensayos, esperábamos alcanzar niveles de interpretación más profundos, sin duda inducidos por las palabras de Chen Kaige en el sentido de que iba a intentar revelar las razones de la forma de actuar de la princesa de hielo. Algo que, de alguna forma, es como desvelar por qué el lobo se quiere comer a Caperucita. El planteamiento del director se destapaba en una entrevista concedida a David Cuesta, que se publicó con el libro editado por el propio Palau: “debía encontrar un motivo por el cual Turandot se comporta así. Por eso la hago aparecer en el acto I dos veces y no una como marca el libreto. Me he dado cuenta de su importancia. Puede ser una joven feliz y curiosa que siempre se esconde bajo un manto negro, que anda por la calle, se mezcla entre la gente. Por eso, cuando la multitud se reúne ante palacio ella también está allí…”. Más adelante Chen Kaige ve en ella a una “niña vulnerable” que reclama piedad a su padre cuando Calaf resuelve los tres enigmas y a “una víctima de una maldición” que la obliga a casarse sin amor. Y cuando conoce el amor quiere vivirlo libremente, por eso al final “bajamos una especie de telón transparente que divide el escenario. La gente de palacio seguirá con su vida y costumbres, sin cambio alguno, mientras que ellos [Turandot y Calaf] saldrán por ese telón en busca de libertad”

Pues bien, en esta suerte de humanización, Turandot no gana nada. Entre otras cosas porque la pobre ha de seguir cantando lo que tiene que cantar. Además, estos rasgos que pretenden desarquetipar pasaron bastante desapercibidos entre el lujo visual y el carácter implacable de la dirección musical.



Fotografía © 2008 by Palau de les Arts de Valencia

Respecto a lo escénico, estoy seguro de que se me escaparían varios mensajes fruto de mi desconocimiento de los códigos culturales chinos: el pueblo haciendo una especie de ola o agitando unas banderitas triangulares de distintos colores e inscripciones según la ocasión, acciones un tanto ridículas a nuestros ojos, tendrían que hacer referencias a elementos que ignoro. También hay varios momentos que parecen concebidos más para el primer plano cinematográfico que para el plano general que plantea la ópera. Por otra parte, no logro evitar la sensación de gran restaurante chino que me transmitió el decorado del primer acto, por muy realista que éste quisiera ser. Y soy de la opinión de que la iluminación podía haber sido más rica o haber caminado más de la mano del libreto y de la partitura.

La simetría, quizá una muestra de lo codificado de la vida palaciega o de lo implacable del destino, dominó lo escénico. El esplendor y el misterio (relativo) se extendía con la apertura de una escalera central que subía, podemos suponer, hasta la misma luna y que Turandot, probablemente para no verse vedetizada, apenas recorrió. Bellísima la luna-gong y tierno el detalle de los tres ministros columpiándose en el momento en el que su mente se traslada a tiempos y lugares mejores (aunque esta es una de las ocasiones en las que la iluminación podía haber resultado más imaginativa). Muy ordenados resultaron los movimientos de masas, quizá demasiado: una pizca de espontaneidad les habría dado más credibilidad. El efecto del viento ondeando algunos de los vestidos habría sido más hermoso si hubiera afectado a más que a unos pocos. El vestuario, por cierto, más fantástico que realista, fue sin duda atractivo, aunque un poco excesivo en el caso de la protagonista, sobre todo al final (no sé cuántas ocasiones se cambió la ropa, pero fueron muchas). Otro detalle curioso: el verdugo para realizar su faena con el Príncipe de Persia exhibió una gran aguja, como una suerte de chaira acabada en punta.



Fotografía © 2008 by Palau de les Arts de Valencia

Igual de despiadada que la acción del verdugo fue la dirección de Metha, reciente doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia (lo que le granjeó otra posibilidad de estar con la reina Doña Sofía). Grandilocuente y como demasiado suelta o chillona, de trazos un poco bastos, en el primer acto y bastante mejor sujeta y expresiva en los otros dos, pero sin llegar a sacarle todo el jugo a los pentagramas. No sé si es una especie de incompatibilidad personal, pero no consigo que este director me emocione. Una ligera pátina de aburrimiento, que a veces se me antoja simple demagogia sonora, envuelve sus interpretaciones. Y desde luego en este caso no debe atribuirse el hecho a su desinterés o al poco conocimiento de la partitura, de la que el mercado discográfico ofrece aún una versión que podríamos calificar de digna (Decca, 1973). Que conste que en este punto mi opinión no coincide con la del público, que aplaudió a rabiar al maestro, quizá como a nadie se le ha vitoreado en el Palau de les Arts hasta ahora (al menos que yo haya visto).

También es cierto que el reparto vocal tampoco ayudó mucho, sin que, de todas formas, nadie desmereciera especialmente. Un elenco como el de su grabación de los setenta, Metha ya no lo va a encontrar, y eso que la Sutherland como Turandot no convencía mucho. Pero, igual que ocurre con Carmen, ¿de dónde se saca ahora una Turandot fetén?, ¿de dónde una Carmen?



Fotografía © 2008 by Palau de les Arts de Valencia

Lo intentaba Maria Guleghina por vez primera en su carrera. No le faltó arrojo y seguridad en un registro agudo emitido con suficiente limpieza, mientras que su centro en su grave, carnosos, de generosa emisión, podían haber resultado más flexibles. A buen seguro su caracterización dramática será más completa en próximos tratamientos del rol. También Marco Berti se mostró potente, pero abusando de portamenti, y con un timbre todavía noble aunque con fraseos de gusto dudoso. Su Calaf fue más veterano que apasionado. Metha le sirvió en bandeja los aplausos no muy ortodoxamente en 'Nessun dorma'. Alexia Voulgaridou fue una Liù de pathos contenido, atractiva en lo tímbrico y delicada en sus regulaciones dinámicas, mientras que el Timur Alexánder Tsimbaliuk tuvo un acabado rotundo, comunicativo, oscuro y lleno. Bien el trío ministerial y otra vez sobresalientes el coro y la orquesta.

A saber lo que cuesta, pero ya tenemos festival en Valencia. Su arranque ha sido, como diría Eduardo Mendoza, medio punto por encima de espectacular y tres por debajo de inmarcesible.


Este artículo fue publicado el 16/06/2008

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