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Ah, il passato perchè, perchè v’accusa?

Londres, 20/11/2004. The Royal Opera House, Covent Garden. Giacomo Puccini, La rondine. Nicolas Joël, dirección escénica. Ezio Frigerio, escenografía. Franca Squarciapino, vestuario. Vinicio Cheli, iluminación. Victoria Nava (Yvette / Voz), Jacqueline Miura (Bianca), Kurt Streit (Prunier), Angela Gheorghiu (Magda de Civry), Annamaria dell’Oste (Lisette), Eirian James (Suzy), Robert Lloyd (Rambaldo Fernandez), James Edwards (Gobin), Jonathan May (Périchaud), Jared Holt (Crébillon), Jonas Kaufmann (Ruggero Lastouc), Deborah Peake-Jones (Georgette), Glenys Groves (Gabriella), Dervla Ramsay (Lolette), Jonathan Fisher (Raboniuer), Elliot Goldie (Joven), John Bernays (Maître d’hôtel). The Royal Opera House Orchestra & Chorus. Emmanuel Villaume, dirección musical. Ocupación: 100%
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Pasa a veces en la ópera, al menos me pasa a mí y a muchos amigos míos, que uno se queda suspendido en el teatro, casi sin atreverse a respirar. En esos momentos la tensión sólo se libera saliendo de la sala, aplaudiendo o simplemente cambiando de número musical, pues son momentos de gran intensidad—como los que describía ayer mismo Alfredo López-Vivié en Mundoclasico.com a propósito del concierto de Christian Thielemann en Barcelona. A mí me había sucedido por última vez en el trío final de La forza del destino, hacía más o menos un mes. Y para recordar la vez anterior tengo que pensar en Barbara Bonney y Karita Mattila al principio de Arabella la pasada temporada. De nuevo ha sucedido ¡y dos veces en una misma noche!

Que conste que estas cosas no pueden pasar sólo porque un cantante sea magnífico, sino porque la comunión entre ese cantante (o esos, si es un dúo o un trío) y el foso es total. Y la comunión entre la soprano Angela Gheorghiu, con el leve acompañamiento a ‘Che il bel sogno di Doretta’ ponía la piel de gallina. Era ella en su máximo nivel: la voz corría bien emitida, el timbre sonaba ligeramente mórbido y nostálgico, la unidad de color era total y el savoir dire impecable. Tercera vez que la veo este año en Covent Garden (‘Amelia’ en Simon Boccanegra, ‘Margherite’ en Faust fueron las dos primeras) y segundo triunfo indiscutible atronador tras el prescindible Faust.

El segundo momento ‘sin respiración’ de la noche vino también de la mano de Gheorghiu, secundada esta vez por el tenor Jonas Kaufmann y por la batuta de Emmanuel Villaume. Fue en el dúo final del tercer acto cuando ella, ex prostituta, se arrepiente de haber seducido al tenor y decide romper con él, según le dice, para que el pasado de ella no acabe salpicándolo (¿no les suena a Traviata?). Toda la escena estuvo montada con una delicadeza absoluta, a la que contribuyó en el último minuto la entrada en escena de ‘Rambaldo’ (el protector de la protagonista en sus años locos), quien sin cantar, sólo con su presencia, marcó la llegada del remordimiento, del pasado acusador.

¿Y se redujo la noche a dos momentos mágicos? No, realmente no. Todo lo demás estuvo fantástico, quizá con un punto débil anecdótico de Annamaria dell’Oste, de voz excesivamente temblona en su papel de sirvienta de ‘Magda’. La orquesta estuvo siempre plena, firme y flexible bajo la batuta de Villaume; la escenografía, sin aportar grandes novedades, estuvo en su punto, con bellísimos decorados de Frigerio y un adecuado vestuario de Squarciapino. Los secundarios brillaron, como es usual en la casa, y destacaron Kurt Streit como ‘Prunier’ y Robert Lloyd como ‘Rambaldo’, ambos demostrando cuán estupendos cantantes son.

Una noche preciosa, con una ópera igualmente bella.



Este artículo fue publicado el 26/11/2004

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Fotografía © 2004 by Catherine Ashmore

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