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La soledad de los números primos

Viena, 23/05/2009. Staatsoper. Eugenio Onegin (Moscú, Teatro del Conservatorio, 19 de marzo de 1879), libreto de K. Silovski y P. I. Chaicovsqui, música de P. I. Chaicovsqui. Dirección escénica: Falk Richter. Escenografía: Katrin Hoffmann. Vestuario: Martin Kraemer. Coreografia: Ron Howell. Intérpretes: Simon Keenlyside (Onegin), Marius Brenciu (Lenski), Tamar Iveri (Tatiana), Elisabeth Kulman (Olga), Ain Anger (Gremin), Aura Twarowska (Larina), Margareta Hintermeier (Filipievna) y otros. Coro (dirigido por Thomas Lang) y Orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Seiji Ozawa.
imagen Supongo que alguien habrá leído la terrible (por dura) novela de Giordano. No pude evitar tenerla presente todo el tiempo mientras seguía el desastre -más bien general- que significa conformarse con una segura rutina como sustituto de la felicidad ante la clarísima imposibilidad de que la manzana añorada caiga en la mano justa en el momento apropiado. Larina es al principio lo que, con más suerte social y mayor costo personal, es su soñadora hija Tatiana al final. La orquesta secunda y expresa los deseos secretos, la aspiración a la felicidad, pero al mismo tiempo revela que están condenados al fracaso. Incluso cuando el protagonista intenta volver atrás las agujas del reloj reconociendo su error o intentando creer en él para salvarse el tema de la carta de Tatiana cantado por él es la prueba final de que la dicha no es seguramente para casi nadie, pero mucho menos para ejemplos extremos y marginales, se llamen Lenski o Eugenio, Olga o Tatiana, y sólo se disfraza en módicas cuotas para los que han sabido no buscar imposibles, incluso el tardíamente enamorado Gremin, que está a leguas de saber que si su mujer lo aprecia y le es fiel y por él -y otros motivos que no analizaremos- renuncia a su última posibilidad, no lo ama para nada y no es el hombre de su vida.

Cuanto más se escuchan y se ven estas ‘escenas líricas’, más tremendas, verdaderas, profundas, definitivas se presentan. Ni hay que gastarse en psicoanalizar al autor y ver por qué no ha dado a su ‘antihéroe’ un aria de la importancia de los demás (el cruel y racional ‘arioso’ que casi cierra el acto primero no vibra -justamente- con la fiebre de Tatiana y su carta, con la despedida de la vida de Lenski o la declaración de amor maduro de Gremin). El maldito y marginal y marginalizado ‘romántico’ o ‘dandy’ es, sin embargo, una figura frágil y admirable, pero hay que encontrar quien la interprete. No son pocos los buenos o muy buenos Onegin. Hace muchos años Ozawa tuvo la suerte, aquí mismo, de presentar en esta obra a Freni y Ghiaurov con un excelente barítono, Brendel. Ahora, en la que para mí es su mejor actuación en el podio lírico, de una variedad, sutileza y equilibrio casi milagrosos (claro que la orquesta lo ayudó, y cómo), tuvo la suerte de contar con el primer Eugenio de ese talento mayúsculo en el canto y en la escena que responde al nombre de Keenlyside. Es tan fácil saber qué y quién es de veras un gran cantante que parece que mucha gente lo toma como natural y no lo reconoce, y se pone a buscar lo imposible en la imperfección. Había que ver las pequeñas frases en aparte en la escena de la fiesta, los gestos cuando decide dar una lección a su amigo por haberlo arrastrado a ese lugar de mediocres, para comprender que nunca es un agudo el que decide las cosas (por cierto, lucieron lozanos y espléndidos cuando los tuvo que dar -para ejemplo, el que cierra la ópera), las modulaciones cuando le suelta el sermón a Tatiana intentando no humillarla (primera vez que oigo al público aplaudir en este punto)….Y no sólo se oyó cada palabra (lamenté no saber ruso) en el gran concertante del segundo acto, sino que el breve dúo del duelo fue cantado, dicho y actuado de forma simplemente memorable.



© 2009 by Wiener Staatsoper GmbH / Axel Zeininger

Brenciu debutaba (al tener que sustituir Vargas a Villazón en Werther) y su Lenski fue honorable, pero de aliento corto (literalmente; le costaron sus maravillosas y largas frases que inician y van puntuando el concertante, mejor le salió el aria). Iveri estuvo mucho mejor aquí que en Verdi, aunque el timbre es demasiado oscuro para el primer acto y la figura y el comportamiento nunca ideales se prestaban más para el final. Cantó con gusto y fuerza y fue muy aplaudida. Anger es muy considerado aquí, un cantante imponente de aspecto, de buen volumen y voz sonora, pero el grave no es particularmente redondo ni bello. Tuvimos mucha suerte con la Olga de Kulman, y las dos veteranas también contribuyeron de gran manera: si Hintermeier tiene hoy por hoy un timbre menos lozano y menos caudal, su buen hacer y decir la pusieron por encima de la más voluminosa voz de Twarowska, una Larina impresionante pero de agudo fijo y con algún vibrato excesivo. Alexander Kaimbacher cantó sin pena ni gloria los cuplés de Monsieur Triquet (tuve que llegar a la segunda estrofa para darme cuenta de que esa lengua tan rara era francés).

Y el coro fue otro puntal (me gustaría decir lo mismo de los bailarines, pero en el tercer acto no bailaron y en los otros, entre la coreografía y la puesta en escena que oscilaba entre el koljós soviético y una discoteca supongo que en una ciudad de provincia de la Rusia actual, francamente….).

Richter fue abucheado en la primera serie de representaciones. Ciertamente hubo detalles ridículos como los anotados (o que Triquet fuera una especie de cantante pop en decadencia), y la nieve eterna con las parejas abrazadas que se dejan resultó cargante y de un simbolismo tan trasnochado como simplista, pero acertó -donde pudo contar con un gran intérprete como Keenlyside- en el aspecto de ‘relaciones humanas’. Y en particular el tercer acto fue en este aspecto un gran acierto. Pero seguramente, si no hubieran estado Ozawa y Keenlyside, mi ‘tolerancia’ se habría acercado a los números negativos.


Este artículo fue publicado el 03/06/2009

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