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Historias Beecham

Santiago de Compostela, 09/02/2006. Auditorio de Galicia. Ilya Gringolts, violín. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Manuel Balboa: Saturnal (Meditación melancólica para orquesta); Robert Schumann: Concierto para violín y orquesta en Re menor; Jean Sibelius; Sinfonía nº 4 en La menor, op. 63. Ocupación: 60%
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Hace ahora justamente un año, el 27 de enero de 2005, el inglés Paul Daniel se presentó con la Real Filharmonía de Galicia. No he tenido necesidad de revisar mi comentario de aquel concierto para recordar muy vivamente el grado de compenetración con la orquesta que entonces alcanzó Daniel. Porque eso no fuera flor de un día apostó Oriol Roch, director técnico de la Filharmonía, cuando al presentar la corriente temporada anunció que la orquesta pretendía mantener con Paul Daniel "una relación de largo recorrido". Y que esa relación ya está dando sus frutos quedó bien a las claras en el concierto de esta noche.

La elección del programa es un ejemplo de esos frutos, con tres obras que no podrían estar más alejadas de lo que se podría considerar un cartel con gancho popular. Por más que el pintor, escritor y compositor Manuel Balboa (1958-2004) es un autor respetado en Galicia y especialmente querido en Santiago, tanto que su Saturnal fue encargado y estrenado por la Real Filharmonía en su concierto inaugural el 29 de febrero de 1996, de modo que su inclusión en el programa de hoy, a pocos días de cumplirse el décimo aniversario, está más que justificada. Daniel acertó a dar el carácter lúgubre e introspectivo a estos apenas cinco minutos de música.

El veinteañero violinista ruso Ilya Gringolts (Leningrado, 1982) es un instrumentista que está en la cresta de la ola: no es sólo que haya actuado en los teatros y salas más célebres del mundo y con los directores y orquestas de mayor relumbrón, sino que a su tierna edad tiene ya tres compactos en su haber nada menos que con Deutsche Grammophon (además de alguno otro previamente grabado para el sello sueco BIS), lo cual no es ninguna broma, habida cuenta de cómo está hoy en día la industria discográfica.

En todo esto ha tenido mucho que ver su maestro, el grandísimo Itzhak Perlman. Pero resulta que la manera de tocar de Gringolts no podría ser más distinta de la de su mentor: Perlman apoya y sujeta el instrumento en el cuerpo de forma firme y natural, y empuña el arco con una seguridad pasmosa, de modo que su sonido es amplio y poderoso; Gringolts, por el contrario, agacha el brazo izquierdo, el violín se le baja y detrás de él todo el cuerpo, de modo que el brazo derecho tiene que ir en su busca, con el lógico resultado de un sonido de menor entidad, bonito desde luego, pero tirando a blandengue.

Lo cual no ayuda mucho para dar el Concierto de Schumann, obra necesitada como pocas de un apostolado más convincente. Gringolts destacó sobre todo por una forma muy natural de abordar las partes más líricas de la pieza, y así el tiempo lento le salió estupendamente; no tanto el primero, en el que parecía no acabar de encontrar su lugar -aunque tal vez eso haya que achacarlo al autor- por más que daba todas las notas y afinaba con cuidado; y casi tanto en el último, en el que se movió más a gusto. Daniel se tomó muy en serio el acompañamiento, sin intentar disimular las flaquezas de la partitura.

Una de las innumerables historias que nutren el anecdotario de Sir Thomas Beecham refiere cierta ocasión en que el Baronet y la Royal Philharmonic Orchestra iban a dar un concierto en la remota localidad escocesa de Inverness. El teatro, a rebosar; en cartel, la Quinta sinfonía de Chaicovsqui. Al salir a escena, el maestro, ni corto ni perezoso, se dirige al estupefacto público con estas palabras: "Damas y caballeros, sé muy bien de la gran afición a la música que hay en Inverness y del profundo conocimiento del repertorio que tiene su público; por eso he pensado que ustedes agradecerán que no les aburra con otra Quinta de Chaicovsqui, de modo que en su lugar vamos a tocar la Cuarta sinfonía de Sibelius".

Esta noche Paul Daniel hizo lo mismo, pero al revés: consciente de que la Cuarta de Sibelius es una rara avis en las salas de concierto, Daniel pidió excusas por no conocer la lengua gallega y con su inglés académico (y su saber estar, que el sistema educativo británico pone mucho acento en enseñar a hablar en público -que se lo digan a los espectadores de la Last Night de los últimos Proms londinenses-), así como con la inestimable traducción del violonchelista Carlos García, durante nada menos que un cuarto de hora se deshizo en comentarios y explicaciones de la obra, combinando sabiamente el análisis de la partitura con el contexto vital de Sibelius, y todo ello aderezado con ejemplos prácticos a cargo de la propia Filharmonía.

Ovación cerrada, reveladora de que Daniel había conseguido también la complicidad del público, quien escuchó la obra en un silencio de los que se palpan. No había para menos: Daniel se lanzó de cabeza al abismo inicial -ayudado por una cuerda grave que no me cansaré de alabar, hoy además ingeniosamente resaltada al haberse situado los contrabajos a la izquierda y a casi un metro de altura por encima de los violines- y expuso la sinfonía en toda su crudeza, aunque sin ninguna exageración: auténtico y sibeliano frío cálido.

Las llamadas del metal en el primer tiempo fueron dolientes pero no amenazadoras, y los violines sonaron glacialmente empastados; el supuesto optimismo del segundo tiempo salió convenientemente frenado; ni atisbo de Mahler en el terrible tiempo lento, como debe ser, porque los desgarros de Sibelius son siempre íntimos aunque suenen con la orquesta a todo vapor; e interrogante con mayúsculas para la conclusión, tal como había adelantado el mismo Daniel. De la orquesta, contagiada del concepto rocoso de la batuta, no puedo dejar de destacar también las intervenciones de los primeros atriles de la madera, ni el magnífico pianissimo de las trompas al finalizar el tercer movimiento.

Ningún interrogante en los aplausos del público, cuyo sentido fue más que evidente: queremos que Paul Daniel vuelva la próxima temporada; y a ser posible, para dar más de un programa.



Este artículo fue publicado el 16/02/2006

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