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¡A la basura con ellos!

Madrid, 18/10/2010. Teatro Real. Rise and Fall of the City of Mahagonny, ópera de Kurt Weill, con libreto de Bertolt Brecht traducido al ingles por Michael Feingold. Alex Ollé y Carlus Padrissa (La Fura dels Baus), dirección escénica; Alfons Flores, escenografía; Lluc Castells, figurines; Urs Schönenbaum, iluminación. Reparto: Michael Köning (Jim MacIntrye); Measha Brueggergosmann (Jenny Smith); Jane Henschel (Leocadia Begbick); Sir Willard White (Trinity Moses); Donald Kaasch (Fatty, the bookkeper); John Easterlin (Jack O’Brien / Toby Higgins); Otto Katzamaier (Bank-Account Bill); Steven Humes (Alaska-Wolf Joe); Rosella Cerioni, Esther González, Pilar Moráguez, Carolina Muñoz, Iria Rajal, Miriam Valado (Seis Chicas de Mahagonny). Coro Intermezzo. Orquesta del Teatro Real. Pablo Herás-Casado, dirección musical
imagen De problemas previos a la hora de decidirse a montar Mahagonny.

Controvertidas fueron las representaciones que ofreció el Teatro Real de Rise and Fall of the City of Mahagonny, de Kurt Weill y con texto original de Bertolt Brecht -aquí se ofreció en la traducción inglesa de Michael Feingold- pero hay que felicitar a quien haya tenido la idea de traer esta ópera refrescante, interesantísima y necesaria, en una apuesta ciertamente arriesgada por la ampliación de repertorio en el coliseo madrileño.

Cierto es que una parte del público se enfadó, ya sea por la propuesta escénica o por la adecuación o no de esta ópera a los criterios de una temporada de ópera como la de este teatro. Era frecuente encontrar en el vestíbulo comentarios como “nos han colado un musical”, de gente que debería informarse previamente sobre la ópera que va a presenciar: si uno espera ver Traviata y se encuentra con Mahagonny puede sentir cierto desconcierto más o menos comprensible -pero, ojo, también podría ocurrir algo así ante otras obras que nadie duda que sean óperas…- pero en ningún caso Mahagonny ha de considerarse un musical. No es menos cierto que otra parte muy amplia del público disfrutó visiblemente del espectáculo, rió y aplaudió con complicidad; y es por esto por lo que es interesante programar apuestas como esta de vez en cuando. Son riesgos que, en mi modesta opinión, hay que correr.

El triunfo del lenguaje furero

Por si no era suficiente con programar un título infrecuente como este, se apostó por el controvertido conjunto catalán La Fura dels Baus -que, en materia operística, suman aciertos plenos y fracasos notables casi por igual- para la puesta en escena. Y esta vez hay que considerar el montaje como un triunfo importante, porque, a partir de una economía de medios que recuerda a los comienzos de la compañía -huyendo de forma drástica de los avances tecnológicos de los que han hecho alarde otras veces, y que aquí sólo se ven traducidos en las proyecciones de mensajes que sugiere el texto original- han sabido contar la historia con claridad, leer entre líneas y aportar ideas novedosas de innegable interés, que enriquecen la narración. Podrá haber quien se escandalice, pero prácticamente todo lo que se ve aparece sugerido en mayor o menor medida en el texto. Dicen al comienzo de la ópera los tres fundadores de la ciudad de Mahagonny que: “We’re only building Mahagonny because the world is so rotten” -“Construimos Mahagonny porque el mundo está podrido”-.

En vista a esto, la idea de fundar Mahagonny en un gran vertedero de basura me parece sencillamente genial. En este vertedero transcurre toda la acción, y la mayoría de los personajes son auténticos despojos humanos, desde el trío de fundadores -aquí, mendigos de la peor calaña- hasta las prostitutas, que irrumpen como andrajosas muertas de hambre y no dudan en prostituirse para tener ya no algo que llevarse a la boca, sino algo que ponerse encima. Son retazos de una sociedad podrida que intentan inútilmente levantarse en un lugar que está igualmente podrido. A la ciudad van llegando más despojos humanos, deseosos de darse a la mala vida: empresarios de dudosa fiabilidad, turistas… Y así, va creciendo la ciudad, construida con basura sobre la basura por unos seres salidos literalmente de entre la basura.



Leocadia Begbick, que aquí toma las riendas desde el comienzo por encima de sus dos compañeros, envuelve a las prostitutas en papel de regalo antes de entregarlas a los hombres y organiza su supuesto paraíso fiscal llenando el vertedero de basura más y más: cubatas, botellas de cristal y tumbonas rotas…

El caos escénico del polvoriento escenario es progresivo, y en otro momento del texto, el leñador, Jimmy proclama: “I don’t like this shithole” –“no me gusta este antro de mierda”-. También en esta producción tiene amplio sentido este verso, porque lo que se ve en ese momento es demoledor: todos los personajes están sumergidos en una basura que crece y crece, y parece normal que a Jimmy, en un instante de lucidez, le asfixie el lugar donde se encuentra, por muchos placeres que se le proporcionen.

Hay que destacar la imponente y a la vez sencilla escenografía de Alfons Flores -que ya tiene experiencia en crear arte a partir de la basura en el terreno operístico, tal y como se aprecia en algunas escenografías anteriores suyas para espectáculos de Calixto Bieito-.



Alex Ollé y Carlus Padrissa en la dirección de escena saben manejar a coro, bailarines, cantantes y figurantes con maestría, creando seres vivos y auténticos, en un montaje en el que pasan cosas a cada instante, y que siempre está planteado con grandísima plasticidad. Lo interesante es que saben cómo hacer que el espectador fije su atención donde está lo importante a cada momento, sin que la saturación permita perder los detalles fundamentales de la narración. Además, saben cómo hacer humor irónico e inteligente: la escena de la ingesta colectiva de comida es asquerosamente grotesca en el buen sentido -aunque tal vez el eructo final sobre…- la del combate de boxeo -que remite directamente a las parodias del mundo del wrestling- es divertidísima y la orgía coral del segundo acto -que escandalizó a parte del público, que abandonó la sala- es de una plasticidad e ironía absolutamente geniales: esta forma de reírse del sexo mostrándolo como algo casi coreográfico y banal, parece bastante cercana a la forma de humor crítico que buscaban Brecht y Weill [ver escena en youtube]. Y la orgía está en el texto, así que no parece que haya razón lógica para escandalizarse: se han visto escenas de sexo bastante más explícito y fuera de contexto en muchos montajes operísticos que perfectamente podrían escandalizar más que esta…

Siguiendo con la ironía, el juicio final a los habitantes de Mahagonny, que no deja de ser una farsa circense de intereses creados, se ha situado precisamente en la pista de un circo, donde los fundadores de la ciudad asumen los roles principales del espectáculo de esta índole: Trinity Moses es el domador de leones, Fatty el jefe de los payasos y Leocadia la jefa de pista, mientras el resto de la ciudad se amontona a mirar el espectáculo. Otra idea brillante, que es además el culmen del variopinto trabajo de figurines que ha diseñado Lluc Castells: los hay para todos los gustos, desde trajes de ejecutivo, hasta vestimentas de madame de burdel o de payaso, pasando por unos originales diseños color carne para simular -parodiándolos de manera consciente- los diversos desnudos de las prostitutas: porque realmente no se ve ni uno, por más que haya quien quiera ver escándalo donde no lo hay.



Queda por comentar la visualmente hermosísima escena final, con el vertedero-ciudad progresivamente en llamas mientras el escenario se llena de todos los personajes –solistas, coro, figurantes- portando las pancartas reivindicativas, al tiempo que se va llenando de humo que lo cubre todo [ver escena en youtube]. Es el momento más plástico del montaje, cierra el espectáculo con un fuerte impacto visual y supone uno de los mayores aciertos en el trabajo de iluminación de Urs Schönebaum, variada y sugerente en general.

Pasando al reparto, habría que hacer un par de consideraciones antes de hablar de cuestiones puramente musicales. Por una parte, resulta evidente que todos los cantantes han sido escogidos de acuerdo a los personajes que les toca interpretar: la adecuación física de todos y cada uno es asombrosa hasta los más mínimos detalles. Por otra, hay que destacar el gran trabajo actoral general: se nota que comparten y creen esta propuesta escénica, y se vuelcan en ella para hacerla lo más verídica posible; como personajes, todos transmiten una pasmosa sensación de realidad en lo que se está viendo, por extraño que sea lo que haya que realizar. Y es este gran trabajo actoral con los cantantes lo que termina de redondear el éxito de un montaje que lleva algunas cosas al límite de forma efectiva e inteligente.



¿Y qué pasa con la música?

En lo vocal puede que no hubiera grandes voces, pero todos supieron suplir sus carencias con algo que los hizo idóneos a este montaje. Más allá de cómo puedan funcionar en otros repertorios más habituales que, por supuesto, todos frecuentan, la verdad es que fueron bastante adecuados a lo que pide esta obra. Michael Köning canta con una voz ciertamente ingrata en cuanto al timbre, y de color más bien feo, aunque tiene suficiente volumen, todas las notas -asume sin problemas su complicada escena inicial del tercer acto- y su presencia fuerte y medio desaliñada es perfecta para el leñador Jim.

Measha Brueggergosmann decepcionó en lo vocal, por un timbre hermoso pero de proyección ciertamente escasa y una tendencia a colocar la voz atrás que no parece muy aconsejable, pero fue una Jenny exquisita en lo escénico: presencia sensualísima, y maneras escénicas de auténtica prostituta. Se marca un número de barra americana sensacional -parece que lo lleve haciendo toda su vida- mientras canta “In this world you must make your own bed” y sabe aportar la sensualidad exacta a su dúo de despedida de Jimmy en el tercer acto. Sinceramente, no se me pasa por la cabeza otra cantante con esta capacidad para hacer tan creíble este rol en este montaje, por muchos defectos vocales que tenga. El público la ovacionó al final.



Curiosamente, lo más interesante fueron los secundarios. Sensacional el trío de fundadores de Mahagonny, que, aunque tienen pocas líneas que cantar, saben hacerlo con maestría, y, de nuevo, crear personajes escénicamente brutales. Así, el veteranísimo Sir Willard White aporta su imponente presencia escénica y su aún rotunda voz de verdadero bajo a Trinity Moses -enorme en todos los sentidos en la escena del combate de boxeo- mientras que Jane Henschel hace toda una creación escénica de una Leocadia Begbick rebosante de carácter, que se erige como el hilo conductor de la propuesta, y consigue una justa ovación al final; en este tipo de roles, aún tiene mucho que decir. También se luce Donald Kaasch como Fatty Bookkeper, construyendo un personaje activo y socarrón y demostrando una especie de segunda juventud muy interesante entregado a este tipo de roles de tenor de carácter, que le quedan mejor que otro tipo de repertorio que cantaba en el pasado.

Los tres amigos de Jimmy -respectivamente John Easterlin, Otto Katzameier y Steven Humes- además de estar divertidísimos en escena, mostraron curiosamente las voces más puramente operísticas de todo el reparto: instrumentos sanos, hermosos y bien proyectados e impostados; especialmente reseñable Easterlin, al que me gustaría escuchar en algo más comprometido para corroborar esta buena impresión.

Totalmente impecable, y entre lo mejor del montaje, el trabajo del Coro Intermezzo, por afinación, presencia, empaste y cuadratura. Además, salieron con bien del exigente movimiento escénico, largo y complejo. También el cuerpo de baile estuvo acertadísimo en su extensísima y exigente intervención, contribuyendo mucho al éxito plástico de la propuesta.

La Orquesta del Teatro Real (Sinfónica de Madrid) es uno de esos conjuntos que rinden de distinta manera según quien esté en el foso. Es por esto que, si esta tarde estuvieron soberbios, fue gracias al magnífico trabajo del joven Pablo Heras-Casado (Granada, 1977) que se tomó muy en serio una obra que muchos tildan erróneamente de menor y fácil: hubo el swing necesario cuando tuvo que haberlo, pero también tensión dramática requerida en los momentos precisos; supo además dibujar de manera clara todo el sinfonismo presente en una partitura que, en otras manos, podría haber caído en una lectura mucho más banal. Afortunadamente no fue el caso y, con él, la música de Weill brilló en todo su esplendor: la escena final, por ejemplo, estuvo leída de manera imponente. Procuró que los cantantes estuvieran lo más cómodos posible, e intentó no taparles -tarea que no era fácil y que sin embargo casi siempre logró-. Para él fue -merecidamente- la gran ovación de la noche. Con razón está haciendo esa gran carrera internacional.

Al final, hubo una clara división de opiniones ante un espectáculo donde el canto, la música y el teatro fueron un todo casi indivisible que funcionó, pese a sus más y sus menos -sobre todo por lo que respecta a la parte vocal-. Una parte del público no entendió el espectáculo y abandonó la sala; otra parte no pareció conectar con él, pero a pesar de todo decidió quedarse, como queriendo ver hasta dónde podía llegar la cosa; una tercera parte, por último, aplaudió con ganas a todos los participantes y se divirtió, aunque también hubo un localizado pero sonoro abucheo para Köning desde los pisos altos.

Personalmente, creo que estamos hablando de una producción muy trabajada, que dignificó e hizo justicia a la obra, y que podrá llegar a ser una de las cumbres visuales de esta ópera -se editará un dvd en alta definición, a partir de una transmisión del estreno, que llegó en directo a los cines de medio mundo-. Una función de éxito quizá más teatral que musical, pero ciertamente muy interesante y refrescante.


Este artículo fue publicado el 05/11/2010

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