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Duelo de temperamentos para sibaritas operísticos

A Coruña, 16/09/2011. Palacio de la Ópera. Gala Lírica. Obras de Verdi, Donizetti, Rossini, Berlioz, Cilea, Bizet, Berio y Rota. Majella Cullagh, soprano. Daniela Barcellona, mezzosoprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Marcello Panni, dirección orquestal. LIX Festival de Ópera de A Coruña
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La tradicional gala lírica que se suele incluir cada año en el Festival de Ópera de A Coruña trajo en la presente edición a dos cantantes tan distintas como, en principio, interesantes: la soprano irlandesa Majella Cullagh, conocida sobre todo por sus múltiples y celebradas grabaciones para el sello Ópera Rara, y la mezzosoprano Daniela Barcellona, que tantas alegrías ha dado al público coruñés, cinco años después de su última actuación en la ciudad. Ambas cantantes abordaron un repertorio centrado en la ópera del siglo XIX, incluyendo fragmentos de títulos de bastante infrecuente programación, como la Alzira de Verdi, Le Siège de Corinthe de Rossini o la Maria di Rohan de Donizetti, entre otras.

Un programa para verdaderos sibaritas, a cargo de dos solistas, como digo, bien distintas, pero cada una con un cierto interés y, quizá, también con unas ciertas carencias o aspectos a mejorar. Así, de Majella Cullagh sorprendió su pulcritud técnica, mostrándose buena conocedora del estilo, y capaz de filar, trinar y picar sin el mayor problema. Dejó momentos que la declaran como una cantante de raza en las grandes escenas de Maria di Rohan -absolutamente impecable a nivel técnico- o Adelaide di Borgogna -en una versión de mucho más empaque que las de algunas colegas más reputadas que abordan el rol en estos tiempos-.

El timbre no es ni demasiado hermoso -hay alguna veladura ocasional en el centro- ni muy personal -de hecho, resulta casi inevitable no pensar en Beverlly Sills al escucharla-, e incluso se la puede acusar de una cierta frialdad en la ejecución -más aún cuando ha de compartir escenario con una cantante de temperamento casi volcánico como es Daniela Barcellona- pero es una cantante muy musical, de emisión en general muy limpia, y con todas las notas seguras y en su sitio, cuyo mayor defecto es una proyección ciertamente escasa, algo que hace que muchas veces la voz se pierda en la inmensidad del Palacio de la Ópera o quede sepultada por la orquesta. Una lástima, porque hubiera dado mucho más juego en un teatro más pequeño, y de contar con una voz de mayor enjundia estaríamos hablando probablemente de una de las belcantistas más importantes de su generación, porque es, insisto, impecable como cantante, a pesar de que alguna elección desacertada -la escena de Alzira- pueda pedir a priori un instrumento mucho más spinto que el suyo.

Prueba de su gran técnica, dejó para las propinas el difícil Bolero de Elena en I Vespri Siciliani, solventado con suma brillantez, aún cuando no ascendió al agudo opcional final, en contra de mi pronóstico mientras la escuchaba. Con todo, el público, más dado a apreciar voces más poderosas, se mostró algo frío con ella en los aplausos, a mi modo de entender, bastante injustamente.

Algo más complejo es el caso de una Daniela Barcellona que posiblemente siga siendo el máximo exponente actual en su cuerda cuando de cantar Rossini se trata, por el poderoso volumen, la facilidad para la coloratura y el fácil ascenso al registro agudo, casi impropio de una cantante de su tesitura; además de cantar con sumo ardor y expresividad en el decir. De Rossini cantó una selección de grandes escenas de personajes que ya había interpretado íntegramente en la ciudad años atrás, tales como el Malcom de La Donna del Lago o el Ottone de Adelaide di Borgogna, así como un dúo de Arsace y su madre en Semiramide.

Es cierto que, en los años transcurridos desde su última visita a la ciudad -si no cuento mal, cuatro y medio- la voz ha perdido algo de potencia y algo de brillo en los extremos -especialmente en el grave, ya algo áfono y prefabricado-, aunque el material sigue impactando lo suficiente como para ganarse a pulso las fuertes ovaciones que recibe. Pese a todo, parece que empieza a coquetear con un repertorio más dramático, donde no brilla a la misma altura. Si en las páginas de La Damnation de Faust -bastante ajena a su temperamento- o La Favorite le jugó malas pasadas la relativa falta de homogeneidad del timbre, tampoco la Habanera de Carmen, que ofreció como bis y en la que mostró tanto dificultades con el temperamento como con la medida, le quedó especialmente brillante. Pero su momento más conflictivo fue en la escena de la Principessa de Adriana Lecouvreur, un papel que está en las antípodas de lo que es ella, y que la dejó en evidencia. Una lástima, porque es una cantante que, ciñéndose al belcanto, podría seguir dando muchas alegrías, pero parece que sus planes van más bien por otros derroteros -debutará próximamente la Eboli de Don Carlo…-. Veremos.

Por la amplia diversidad de materiales y temperamentos que existe entre ambas cantantes, los dúos (Adelaide di Borgogna, Semiramide y Cuentos de Hoffmann) quedaron algo descompensados, siempre a favor de la cantante italiana.

En cuanto a la dirección de Marcello Panni, podría haber sido más dinámica en algún momento, pero supo cantar y respirar con las cantantes, ayudándolas a dar lo mejor de sí y evitando algún descalabro -¡cómo ayudó a Barcellona en Adriana Lecouvreur!-. La Sinfónica de Galicia respondió con corrección, pese a algún desfase ocasional de los metales. Mejor en los fragmentos puramente orquestales, como la revisión de Luciano Berio de La Rittirata di Madrid de Boccherini -una relectura de corte raveliano- o el Adagietto de L’Arlesiénne, de Bizet. Pese a todo, el mejor momento instrumental fue la suite de ballet de Il Gattopardo, de Nino Rota, que se ofreció en la segunda parte para conmemorar el centenario del nacimiento del compositor italiano: una música que Panni demostró disfrutar y entender a la perfección, y en la que la orquesta sonó a las mil maravillas. También el público celebró la inclusión de esta música en los atriles, algo que me lleva a sugerir la programación en próximas ediciones de esa obra maestra operística de Rota que es Il Capello di Paglia di Firenze: estoy convencido de que sería una agradable sorpresa para muchos. Quién sabe, quizá algún día…

Aplausos entusiastas para Barcellona, algo más tibios para Cullagh, y cariñosa respuesta para la orquesta y el maestro durante estas tres horas de gala lírica, en las que más de uno se impacientó ante lo infrecuente del repertorio, y respiró tranquilo cuando, ya en los bises, comenzó a sonar la música de Carmen. Porque, como indicó aliviada una oyente sentada una fila más abajo que yo, esa sí que se la sabía. Sin embargo, los más curiosos -o los más freaks del género- seguro que estábamos encantados con el programa, por poder escuchar en vivo páginas tan interesantes como poco programadas en recitales de este formato, que suelen inclinarse hacia lo más trillado. Si es que no se puede contentar siempre a todos…



Este artículo fue publicado el 28/09/2011

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