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Lo abundante, lo sobrio y lo escaso

La Coruña, 18/05/2006. Palacio de la Ópera. ‘L’Incoronazione di Poppea’, drama musical en un prólogo y tres actos de Claudio Monteverdi, sobre un libreto de Giovanni Francesco Businello. Edición a cargo de Alberto Zedda para la Casa Ricordi. Producción del Teatro de La Zarzuela, de Madrid, 1999. Director de escena, Ariel García Valdés. Escenografía y vestuario, Jean Pierre Vergier. Reparto: Mariana Pizzolato (Poppea); Agustín Prunnell (Nerone); Cecilia Díaz (Ottavia); José Mª Lo Monaco (Ottone); Stefano Palatchi (Seneca); Alessandra Marianelli (Drusilla); Clara Mouriz (Fortuna, Pallade, Vencre); Olatz Saitúa ((Virtu, Damigella, Seconde Amore); SabinaWilleit (Amore, Valletto); Raquel Pierott (Nutrice, Famigliare di Seneca, Terzo Amore); Chiara Chialli (Arnalta); Filippo AQdami (Lucano, Famigliare di Seneca, Primo Soldato, Secondo Tribuno); Julio Morales (Liberto, Secondo Soldato, Primo Tribuno); Ugo Guagliardo (Mercurio, Primo Console, Littore); Borja Quiza (Secondo Console, Familiare di Seneca). Orquesta Sinfónica de Galicia. Director musical, Alberto Zedda. Festival Mozart, 2006. Aforo, 1800 localidades. Ocupación 75/80%
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Corren tiempos de abundancia material, poco propicios para apreciar la virtud de la sobriedad, que en estas circunstancias suele confundirse además con tristeza o carestía frente a sus tres posibles significados, a saber: cualidad de sobrio, es decir, templado, moderado; que carece de adornos superfluos; o, dicho de una persona, que no está borracha. En la primera ópera de la edición 2006 del Festival Mozart de La Coruña, hubo muestra suficiente de las tres como para hacernos buena idea de su exacta traducción teatral y musical.

Sobriedad: la del maestro Alberto Zedda, tanto en su condición de autor de la edición crítica de la ópera como en la de director musical. Saber podar las partes sobrantes de una ópera de más de cinco horas de duración, dejándola en unas proporciones perfectamente aceptables para los espectadores del s. XXI, requiere reconstruir lo más fidedignamente posible una obra sin someterse a los estrechos límites de la pura filología musical. Lo que ha logrado Zedda en esta Poppea es transmitirnos a nuestras actuales costumbres auditivas (con lo que tienen de ya arraigada evolución de gustos y costumbres), de forma perfectamente comprensible al tiempo que auténtica, un espectáculo del XVII. Nada menos. En el mismo sentido, su dirección de la ópera hizo resaltar todos sus valores musicales y los de los cantantes, dando a todos estos la pauta de una dirección segura y rica en matices y, como en él es costumbre, contagiando y transmitiendo su energía y entusiasmo.

Agustín Prunnell y Mariana Pizzolato
Fotografía © 2006 by Festival Mozart

Los caracteres y situaciones, toda la variedad de sentimientos y pasiones retratados por la música de Monteverdi fueron expuestos por Zedda, tanto en su dirección orquestal como en su siempre acertada labor de concertación de los cantantes, de forma magistral, también según en él es costumbre. En definitiva, la Poppea es la plasmación en la escena de las luchas del poder frente a la idea, del amor sensual frente al deber conyugal, de las intrigas frente a la razón de Estado. Bravo, maestro.

De los cantantes, Mariana Pizzolato, Prunnel, Palatchi, Díaz y Marianelli fueron la traducción de sus directores: espléndidos musicalmente, empequeñecidos por la dirección escénica o por encima de ella cuando la música tiraba irremediablemente de la escena. Algo más irregulares los comprimarios. La Sinfónica de Galicia, como en las grandes ocasiones, siguiendo a las alturas a Zedda.

Fotografía © 2006 by Festival Mozart

Tristeza: la escenografía. No hay que olvidar que Poppea y su edición están pensadas para el teatro y, por su concepción y tristeza de colorido, la arquitectura teatral no ayudó en nada a la buena marcha de una representación cercana a las cuatro horas de duración. Otra cosa hubiera sido en una versión, aún más corta, para concierto.

Carestía: la dirección de actores. Los movimientos escénicos, bien fueran individuales, de pequeños o grandes grupos, fueron también excesivamente escasos para una representación operística.



Este artículo fue publicado el 09/06/2006

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