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"We live and let live"

Milán, 05/06/2012. Teatro alla Scala. Peter Grimes (Londres, Sadler’s Wells, 7 de junio de 1945). Libreto de Montagu Slater sobre el poema ‘The Borough’ de George Crabble y música de B. Britten. Puesta en escena: Richard Jones. Escenografía y vestuario: Stewart Lang. Luces: Mimi Jordan Sherin. Coreografía: Sarah Fahie. Intérpretes: John Graham-Hall (Peter), Susan Gritton (Ellen), Christopher Purves (Balstrode), Felicity Palmer (Auntie), Peter Hoare (Bob), Catherine Wyn-Rogers (Mrs.Sedley), George Von Bergen (Ned) y otros. Orquesta y coro (director: Bruno Casoni) del Teatro. Dirección: Robin Ticciati
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Habría que poner un signo de interrogación en la frase que pronuncia Balstrode en la primera escena en el pub de Auntie. Porque lo que hacen los personajes (incluso los ‘buenos’ o ‘mejores’) de este sórdido y mezquino pueblo marinero es lo contrario: ni viven ni dejan vivir (porque no hacen lo primero, no permiten lo segundo). El mazazo que es esta ópera (la segunda guerra mundial no había aún acabado del todo, faltaban Hiroshima y Nagasaki) se hace aún más fuerte con un espectáculo como este. La nueva concepción de Jones está a la altura de sus más grandes trabajos. Sólo la escena final, con una aterrorizada Ellen calcando casi el juramento -esta vez de silencio y complicidad- que se exige a Grimes en el principio es de las que no se olvidan fácilmente (y que uno quisiera olvidar). Para no hablar de la caracterización del aprendiz (un Francesco Malvuccio que no quiere su destino y no confía ni en Ellen) o de las dos ‘sobrinas’ (magníficas creaciones artísticas de Ida Falk Winland y Simona Mihai) que llevan consigo una niña (de color) que intenta siempre copiar la conducta de su madre. Los interiores son siniestros y hasta se mueven, y del mar sólo quedan esas gaviotas hostiles que van girando con los decorados y que hacen recordar a la escena final de Los pájaros de Hitchcock.

A semejante enfoque, convenientemente ‘actualizado’ de época (aunque resulta más bien intemporal), correspondía el nervioso, tenso hasta la exasperación, que de la partitura hace Ticciati, un director que no me había convencido en Mozart en Salzburgo, pero que aquí se manifestó adecuadísimo y obtuvo de la orquesta una respuesta ejemplar: los profesores de la Scala cuando se sienten entendidos y respetados son capaces de lo mejor. No hay que hablar del legendario coro ni del trabajo de Casoni; sí que hay que destacar en cambio que, cuando existe una idea escénica clara y convincente, consigue actuar de modo sobresaliente.

© 2012 by Brescia y Amisano/Teatro alla Scala

 

Como es sabido, aunque hay protagonistas, no hay partes secundarias (salvo por la cantidad de intervenciones) en esta obra. Si digo que todos estuvieron más que bien, no puedo menos que nombrar la fantástica Auntie de la Palmer (que aquí, antes que unirse a los linchadores, desaparece de la escena), la perversa y neurótica Sedley de Wyn-Rogers, que ha hecho de este papel tan poco agradecido una de sus especialidades, la magnífica voz de Von Bergen en el más atendible de los Keene que he visto -tan difícil de ubicar exactamente en esta mezquina comunidad- o el repulsivo (y por lo mismo magnífico) Boles de Hoare. Pero hay que tener una palabra para el timorato reverendo de Christophe Gillet o el Hobson claramente fascista de Stephen Richardson, cuyos "Peter Grimes!" iniciales sentaron la tónica dominante del espectáculo y volvieron a traer a la memoria los "Radamès!" de Ramfis, no por casualidad. Voz muy interesante, y caracterización fascinante, la de Daniel Okulitch como Swallow.

© 2012 by Brescia y Amisano/Teatro alla Scala

 

De este museo de horrores (salvando a Auntie, y quizá las sobrinas, quizás, y Keene) destacaron los tres principales, ninguno de ellos totalmente ‘inocente’, ni siquiera el martirizado por diferente Grimes. Aquí es otro ejemplo de neurosis obsesionado por conseguir respeto, aceptación y la única forma que cree posible para lograrlos (y en eso no se equivoca): el dinero. La relación con el aprendiz es difícil y violenta, y es claro que no acepta ni consejos ni reconvenciones (la bofetada a Ellen), más que cuando no le queda más remedio en medio del terror que se apodera de él.

No es extraño que este consejo le venga de un Balstrode que, siempre práctico y realista, comprende que ya nadie puede hacer nada por él, que es su peor enemigo y le sugiere casi sin piedad -el texto hablado fue dicho por Purves de un modo que hiela la sangre; mi 'casi’ es una resistencia a la brutalidad de la situación- hundir la nave (y, naturalmente, hundirse con ella).

© 2012 by Brescia y Amisano/Teatro alla Scala

 

Excelente Purves como he dicho, interesante la Ellen de Gritton aunque su registro agudo parece resentido de modo definitivo, y terminemos con el Peter de Graham-Hall. Es la segunda vez que lo veo hacerse cargo de un protagonista de Britten casi a último momento (la anterior fue en Muerte en Venecia, donde debía encabezar el segundo reparto y terminó cantando todas las muchas y seguidas funciones). Aquí ha cantado siete veces con poco intervalo y ha sentado cátedra de musicalidad, técnica y de una interpretación alucinada. Ciertamente su voz (de no mucho volumen, de poco color, lo que hace de él un comprimario de lujo en papeles como el Basilio mozartiano o alguno de los personajes straussianos) es más adecuada para el ‘decadente’ Aschenbach que para el brusco Peter (y se notó en la escena con el aprendiz, que le requirió un esfuerzo del que salió airoso, y era la sexta representación), pero ante semejante actuación sólo cabe descubrirse. Como ante esta obra fundamental del arte lírico.



Este artículo fue publicado el 12/06/2012

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