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Estreno de Pélleas en el Mariinski

San Petersburgo, 14/04/2012. Teatro Mariinski. Pelléas et Mélisande, drama lírico en cinco actos de Claude Debussy sobre el poema homónimo de Maurice Maeterlink. Daniel Kramer, director de escena. Giles Cadle, decorados. Michael Krass, vestuario. Elenco: Vladimir Moroz (Pelléas), Irina Mataeva (Mélisande), Yevgeni Ulanov (Golaud), Alexander Kiselev (Arkel), Zlata Bulicheva (Geneviéve), Platon Cherkasov (Yniold), Nikolai Kamenski (Doctor). Coro (dirigido por Andrei Petrenko) y Orquesta del Teatro Mariinski. Christian Knapp (?), director musical. Temporada 229 del Teatro Mariinski
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Me pregunto qué problema tendría el régimen soviético con Debussy, si sería acaso demasiado decadente, demasiado moderno, o es simple casualidad que esta fuera la primer ocasión en que se hacía Pelléas et Mélisande en el Teatro Mariinski. La ópera se presentó en otro teatro de San Petersburgo -entonces Petrogrado- en 1915, pero hasta el pasado 13 de abril de 2012, cuando se estrenó esta nueva producción del Mariinski, había estado ausente del principal teatro de ópera de la ciudad.

No es extraño por tanto que este estreno se convirtiera en uno de los acontecimientos de la temporada y que la ópera se representara incluso en sesión de matinée, que es a la que asistí yo el pasado 14 de abril, sólo unas horas después del estreno. En principio estaba anunciado que sería el propio Gergiev quien dirigiría esta matinée, finalmente quedó en manos de -creo, porque no se hizo ningún anuncio y yo estaba lejos del foso- Christian Knapp, lo que fue una cierta decepción. Y no es que Knapp me desagradara como director, hizo una buena versión de la partitura, nada amanerada, y tenía el aliciente de que nunca lo había escuchado dirigir, pero Gergiev siempre tiene mucho que decir, y sobre todo me interesaba escucharlo en una ópera como esta, que se aleja del estilo de música que suele hacer, mucho más enérgica y grandiosa.

Los cantantes tampoco eran los del estreno, pero fueron igualmente satisfactorios. Los tres protagonistas resultaron interesantes, aunque por diferentes motivos. Irina Mataeva cantó y actuó muy bien en un papel que no es nada fácil ya que tiene que mostrarse simultáneamente como una persona real, con sentimientos, y como un arquetipo simbolista. Desde su primera aparición, Mataeva llenó el escenario con su presencia y todas sus intervenciones fueron impecables, acaso demasiado humanas, pero impecables. Fue además la cantante a la que más se le notó la evolución a lo largo de la ópera.

Su marido, Yevgeni Ulanov, también mostró perfectamente su paso de enamorado intrigado por su esposa a marido tremendamente celoso, además de sus difíciles relaciones familiares. Como en el caso de Mataeva, el director escénico optó por remarcar su faceta realista y resultó incluso demasiado violento en los momentos finales. Como cantante fue muy lírico en el primer acto y progresivamente más descuidado y agresivo. Su pronunciación del francés fue algo más correcta que la de Mataeva y Moroz, lo que se agradecía, ya que no siempre era fácil seguir el texto dados los errores de pronunciación de los otros cantantes protagonistas.

Vladimir Moroz quedó un poco más desdibujado, ya que tenía una voz menos potente que Ulanov y el Mariinski es un teatro bastante grande. Actoralmente, Kramer tampoco aclaró bien su rol: a veces se portaba como un enamorado, otras veces parecía importarle más lo que pensara su hermano que Melisande, y tampoco como tío de Yniold acabó de definirse. Vocalmente es un barítono sensible, con una voz que corre bien y un fraseo correcto.

Alexander Kiselev (Arkel) tiene pocas intervenciones vocales de lucimiento y tampoco dramáticamente resultó favorecido por la dirección escénica de Kramer, mientras Zlata Bulicheva (Geneviéve) se convirtió en un personaje importante de la acción y se lució en sus intervenciones. Me dejó encantada Platon Cherkasov (Yniold), quien actuó y cantó como un auténtico profesional y no como un simple niño que completa la acción.

Escena de Pelléas et Mélisande (con otros cantantes)

© 2012 by Teatro Mariinski

La dirección escénica del norteamericano Daniel Kramer resultó muy convincente en lo relativo a dirección de actores. Todos los personajes, sin excepción, resultaron reales y creíbles, algo nada fácil en una ópera donde lo simbólico o metafórico es tan importante. Kramer quiere narrar una historia y lo sabe hacer. Hay una evidente evolución de la acción y cada momento se apoya y justifica por el anterior. Especialmente impactantes me resultaron los dos últimos actos, con la violencia de Golaud, que nunca había percibido tan claramente como en esta ocasión.

En los aspectos plásticos, Kramer no logró la misma coherencia. Algunos elementos estaban bien definidos -el pozo, la torre donde Mélisande está encerrada, incluso el bosque a pesar de su excesivo simbolismo- pero en otros momentos el entorno no ayudaba a los personajes e incluso se hacía aburrido o monótono. Las partes que transcurren en el palacio eran excesivamente esquemáticas y todo quedaba fiado a los cantantes-actores y se me asemejó demasiado el bosque inicial, cuando Golaud conoce a Mélisande, a los exteriores del castillo en los actos siguientes. De hecho, sólo percibí dos tipos de espacio, con pequeñas variantes entre ellos, los interiores del palacio y los exteriores, cuando según el libreto debían mostrarse muchas más posibilidades y todas ellas tenían su propio sentido y simbolismo.

En resumen, el Mariinski me ha permitido disfrutar de una versión muy correcta de Pelléas et Mélisande, algunos de cuyos elementos creo que ya han quedado incorporados a mi visión de la obra, especialmente la violencia de Golaud en los dos últimos actos y la muerte final de Mélisande, momentos ambos que estuvieron cargados de emoción. ¿He quedado totalmente satisfecha? Pues no, me hubiera gustado una versión que escénicamente aprovechará mejor el simbolismo de los diferentes espacios geográficos, que no se centrara sólo en los personajes, sino también en su entorno.



Este artículo fue publicado el 03/05/2012

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